Neruda: El Poema De Lo Real Carlos Marzal
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711 septiembre 2009 Cuadernos Hispanoamericanos Edita Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación. Agencia Española de Cooperación Internacional para ei Desarrollo Ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación Miguel Ángel Moratinos Secretaria de Estado para la Cooperación Internacional Soraya Rodríguez Ramos Secretaria General de la Agencia Española de Cooperación Internacional Elena Madrazo Hegewisch Director de Relaciones Culturales y Científicas Antonio Nicolau Martí Jefa del Departamento de Cooperación y Promoción Cultural Exterior Mercedes de Castro Jefe del Servicio Publicaciones de la Agencia Española de Cooperación Internacional Antonio Papell Esta Resista fue fundada en el año 1948 y ha sido dirigida sucesivamente por Pedro Lain Entralgo. Luis Rosales. José Antonio Maravall. Félix Grande y Blas Matamoro. Director: Benjamín Prado Redactor Jefe: Juan Malpartida Cuadernos Hispanoamericanos: Avda. Reyes Católicos, 4. 28040, Madrid. Tlfno 91 583 83 99. Fax: 91 583 83 10/11/13. Subscripciones: 91 582 79 45 e- mail: [email protected] Secretaria de Redacción: Ma Antonia Jiménez Suscripciones: María del Carmen Fernández Poyato e-mail: [email protected] Imprime: Gráficas Varona, S.A. c/ Newton, Parcela 55. Polígono «El Montalvo». 37008 Salamanca Diseño: Cristina Vengara Depósito Legal: M. 3875/1958 - ISSN: 0011-250 X - ÑIPO: 502-09-002-7 Catálogo General de Publicaciones Oficiales http://publicaciones.administracion.es Los índices de la revista pueden consultarse en el HAPI (Hispanic American Periodical Index), en la MLA Bibliography y en el Catálogo de la Biblioteca 711 índice El oficio de escribir Gonzalo Rojas: Winnipeg y más Winnipeg 7 Raúl Zurita: El poema imperecedero 11 Carlos Marzal: Neruda, el poema de lo real 17 Teresa Rosen vi nge: El barco de los pintores 35 Mesa revuelta Juan Cruz: Jorge Edwards abriendo una naranja 43 Benjamín Prado: Pablo Neruda, el habitante de la casa inventada 47 Manel Risques y Ricard Vinyes: El exilio circular 65 Jaime Ferrer: La misión de amor de Pablo Neruda 69 Punto de vista María Campillo: Chile en el corazón 77 Mercedes Serna Arnaiz: Martí y Neruda unidos por la República española 87 José Ramón López García: Las travesías del exilio en Arturo Serrano Plaja 97 Julio Gálvez: ¿Qué fue del Winnipeg? 109 Entrevista Teresa Sebastián: Elicura Chihuailaf 125 Biblioteca Rafael Saravia: Dos poemarios de Jesús Munárriz 139 Rafael Espejo: Poesía para ver en la poesía para oír 143 Antonio J. Iriarte: En busca del boxeador polaco 152 Isabel de Armas: Damas en juego 155 Milagros Sánchez Arnosi: México decapitado 162 Julio Neira: De la Málaga editora 164 El oficio 1 de escribir J Winnipeg y más Winnipeg Gonzalo Rojas Raro el maleficio de la guerra, todavía te roe el corazón. No fuiste al frente como Apollinaire ni a la segunda atómica horren da, la tuya es la otra, la del millón de muertos que nos cambió el respiro y el pellejo a todos los que hablamos español de norte a sur de las estrellas. Ahí quedó intacta mi mocedad que sigue sien do mi cantera. Escribo poco y mal, por lo que pido se me exima en la ocasión. ¿Qué voy a hablar del Winnipeg si yo no vine con el Winnipeg ni me asomé a Valparaíso aquella vez? Me faltó plata, algo así como diez pesos. Pero de todos modos fui y estaré yendo todavía. Por otra parte ni Ovidio supo lo que supe yo desde mis infan cias espartanas en el remoto sur de Chile entre el oleaje y el grisú. Cum subit illius tristissima noctis imago. Cómo decirlo de una vez, no es que haya vivido en los exilios desde el tristísimo 26 de mi niñez: soy exilio y sigo siendo exilio y he perdido mi tiempo mirando aullantes las gaviotas. El otro día hablé por el teléfono con José Ricardo Morales: -Aló, José Ricar do, ¿cómo va la fiesta? -Andando, andando en los 99 que es buen puerto, Gonzalo. -También yo entraré pronto en ellos como el viejo Sábato de Santos Lugares de Bs. As. No pasa nada, hombre, le respondí. Rió, los dos reímos como cuando apostábamos a escribir el Mundo. El sí que vino en ese Winnipeg que no llegaba nunca con su capote de soldado por manta de dormir y el oficio del teatro en el corazón. Había actuado en el Buho de Max Aub y aquí fue el pri mero que montó esas dos obras a teatro lleno como se dice Liga zón, de Valle Inclán, y La Guarda Cuidadosa de Cervantes. Me parece estar viendo la vieja sala del Imperio a media maña na y ese público único de poetas mayores y menores; Huidobro por ahí, algún pintor atrapado; de Rokha, ausente por esas fechas el otro Pablo que seguro hizo el Winnipeg para la eternidad. Hasta ahijóse Ricardo el austero pero ¿cómo voy a olvidar a esa Eloísa, su novia casi mía o algo así, que nos deslumhró a todos? Alguna vez la habré pintado en un poema que debiera rea parecer aquí tan espigada ojos castaños como entonces. De repen te suelo dar con ella en Buenos Aires. ¡Eloísa, Eloísa, la que vino de Lérida! Favor no le pidan nunca a un poeta que rescate fechas muertas por memorable que haya sido esa guerra; déjenlo que arda y nada más. El que no ardió y quiso congelarlo todo fue ese Churchill 100 kilos, antes claro del Nobel que le dieron por inso lente: -«La vida de un marinero inglés vale inmensamente más que todo lo que hoy se ventila en España». ¿Impertinencia o imbecilidad? El mundo era un villorrio como lo sigue siendo con toda la fan farria y el horror, y cada noche volaban los trompazos y los bala zos al lado afuera de los periódicos conforme al vaivén de las noti cias de la guerra. Fuera de aquí'irrumpió áspero Huidobro con un poema letra grande en la Opinión, el diario de Rossetti mientras el Imparcial de los pitucos quemaba incienso feo de misa fea en loor del Führer y la aviación de Mussolini. Escribo poco y mal, pero el seso me dice que lo recuerdo todo. Por ejemplo recuerdo el 17 número rey de los abismos y de mi dinastía que todavía va conmigo quiéranlo o no, con mi nariz, con mis orejas que no oyeron a Lenin aquel octubre, pero al gran Trotzki sí; a Mandelstam, a la Tsvietáieva, a la Ajmátova única y últimamente a Joseph Brodsky. No sé ruso, Dostoievski era ruso. «Los cosacos y el Espíritu Santo» decía León Bloy. Qué décadas, mi Dios, desde los 20 a los 40 del otro siglo. A quien vela todo se le revela. Volvamos al Winnipeg. Por ahí andará Castedo, el flaco Castedo a medio ver con su único ojo después de esa mutilación, que creyó en mí y hasta me dio traba jo mientras él armaba como apir la historia del país con don Fran cisco Encina. ¡15 tomos! ¿cómo se hace? Lo invité a Concepción cuando los cinco encuentros internacionales entre el 50 y el 60. Lo hizo bien. Vivió montado en su jeep y amó la Patria Grande como la suya propia. Salud, Leopoldo mío, de repente nos vemos y me das trabajo otra vez. Pienso en Juan Alberto que fue químico como todos esos Morales, los de la dinastía de Valencia, pero mi Juan Alberto ¿nadie te dijo que no murieras? Por otra parte no faltó la guitarra de Albor Maruenda con sus 20 años mágicos. Esa vez lo llevé Atacama adentro a encender un concierto en Vallenar en una sala oscura, municipal y espesa. Todo iba bien y ladró el perro. El perro pavoroso y descarado que nos ladrará siempre en mitad de la música. Le amarramos el hocico y el concierto siguió. El que lloró fue el perro. ¡Cosas! ¿A quien más veo por ahí entre los pajueranos olor a aceite de Winnipeg? ¡Pajueranos!, así se les dice en el Chile silves tre a los de afuera. Ordenemos las figuras. A Darío Carmona que era como mi hermano sevillano veo que me vendió bellísimos los libros en la Lope de Vega calle Estado 31 me parece. Ahí había de todo pero de todo bueno, mejor que en El Árbol del mismísimo Eyzaguirre, Jaime Eyzaguirre, y además Eyzaguirre estaba con Franco. Otro librero cumbre, príncipe de ediciones inhallables, fue Mauricio Amster, maestro de la gracia y el rigor. Jamás hubo pulso más estricto. ¡Editores iberos! Lástima de imantación de Buenos Aires, venían y se iban al Obelisco como pasó con Losada, con Gonza lo Losada. De repente hubo un Jesús Gomara por ahí, mercader de libros en Concepción de Chile que se fue a pique en el Bío Bío y nunca más volvió. Me quedan dos pintores que Dios guarde: José Balmes con sus diez años que seguro corrió veloz por los tablones a la siga del sol, y esa grande mujer: la Roser Bru, que todavía pinta para nosotros la hermosura. Setenta años sin madre, navegación y estragos, ¿entonces todo fue un instante? No escribo más, me duele el corazón, no escribo más; que siga otro. No es cosa de tormenta ni nostalgia. El mito es otro, yo mismo soy el mito de ese barco. El Winnipeg soy yo con mis desnudos y mis muertos, ¡a mi no me desguaza nadie!. ¿Y si cambio la prosa de este informe entre clínico y náutico, y me callo por fin y pinto en verso el ejercicio libre de marchar de un horizonte a otro? Ahí va terrestre el ejercicio; léanlo o preferiblemente tírenlo. UNO Y SUS PIES Uno y sus pies, sus veloces pies que no pararon nunca de nadar en el oleaje cinematográfico de Homero a Buñuel, con todo lo pedregoso que es el Hado.