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EL ETERNO FEMENINO

Fernando Márquez Eterno Femenino.qxd 2/2/09 12:45 Página 6

Colección Abyectos, dirigida por Luis Cayo Pérez Bueno Título original: El eterno femenino Diseño gráfico: G. Gauger

Primera edición: febrero del 2009 ElCobre Ediciones, 2009 c/ Folgueroles, 7 , bajos 2 ª - 08022 Barcelona Maquetación: TGA Depósito legal: B. xx.xxx - 20097 ISBN: 978-84-96501-xx-x Impreso en España

Colección promovida por

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados. Eterno Femenino.qxd 2/2/09 12:45 Página 7

EL ETERNO FEMENINO Fernando Márquez

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Índice

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Mary Ann 17

Complementos 93

Antología sumarísima 225 Eterno Femenino.qxd 2/2/09 12:45 Página 10 Eterno Femenino.qxd 2/2/09 12:45 Página 11

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Esther Peñas

Aunque todavía escasas en lo numérico, las obras que van ataviando la colección «Abyectos», apadrinada por el Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (Cermi) y cobijada en El Cobre Edi- ciones, se están convirtiendo en una delicada recom- pensa para el lector hostil a lo anodino. Desde su pri- mer título, con la firma de Marcel Jouhandeau, se han asentado en sus selectos butacones Kipling, Léon Bloy, Chesterton —por partida doble—, John Donne, Shelley y Dover, formando el club de las obras extrañas y bri- llantes. Deliciosamente «abyectas». Cuando Luis Cayo Pérez Bueno, el director de la co- lección, coincidió conmigo en la posibilidad de incluir en este notorio inventario a alguien patrio, coincidimos en dos nombres que tienen mucho en común: Leopoldo Panero y Fernando Márquez «El Zurdo». Réprobos y malditos, pero sobresalientes e inclasificables ambos, al primero lo descartamos por la facilidad de arribar a sus textos, profusamente reeditados. Del segundo estuvi- mos hablando largo y tendido. Quede, pues, en estas lí- neas, concentrado mi agradecimiento a mis dos admi- rados: a Luis Cayo, por el encargo de este volumen y su sostenida confianza; a Fernando, por la disposición y su virtuosismo para con la selección.

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En este libro, uno puede disfrutar de una novela, quizás la novela de Fernando, Mary Ann, así como de un copioso y seductor compendio de textos que, a modo de marginalia, rescatan escritos aparecidos, entre 1982 y 2006, en distintas publicaciones (ABC, O Ma- rambo, El corazón del bosque —quizás el más sedicio- so y fascinante de los fanzines que vio la luz en nuestro país—, Amarillo Metropol, Discobarsa y Casatomada), fragmentos de otras novelas suyas (—Fe Jones, Todos los chicos y chicas y La canción del amor), piezas leídas en RNE, Radio 5, durante su colaboración con el pe- riodista Carlos Tena, entre 1989 y 1992, así como muestras de su lírica al servicio de la música (letras de canciones para La Mode, Kiki D’Akí o Vainica Doble, entre otros). Tratar de sintetizar el estilo, las inquietudes, las fo- bias y filias de Fernando Márquez «El Zurdo» (Ma- drid, 1957) es tarea tan compleja como inútil, porque ¿para qué reducir una realidad plural? ¿Por qué ilumi- nar un ángulo del escenario si sobre las tablas suceden, simultáneamente, otras perspectivas que completan y enriquecen? ¿Cómo diseccionar una tormenta en todo su esplendor orientando el bisturí hacia el espejismo del relámpago? Discípulo de las ambigüedades y desertor convenci- do de lo obvio, mentar su nombre es conjurar a Cirlot (él me regaló el Diccionario de los ismos, todo un sal- voconducto), a Hannibal Lecter (esa sofisticación por lo delicado, por lo bello, por lo educado en tiempos de coz y exabrupto), a Céline (el Céline febril y refinado de Viaje al fin de la noche) y a Ayn Rand (doy fe de que, de haberle conocido, Rand sabría que al menos alguien,

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Fernando, encarna sus ideales, los comprende, los glo- sa). Pero la esencia literaria de Fernando también con- cita a las Vainica Doble —él las rinde el merecido ho- menaje que restituye la injusticia a las que se vieron sometidas en los últimos tiempos-, a Mina, a Patty Pra- vo (otra »alma prava» del Infierno que describiese Dante), a Décima Víctima, Ilegales… Fernando Már- quez es Kill Bill en estado puro. Y mucho más. Pero ge- nuino. En él no hay pastiche, ni copia ni reproducción. Es todo una personal degustación del límite. Cuando leí por vez primera Mary Ann pensé que otro mundo era posible, si se me permite la «perver- sión» de la frase pueril y nada bondadosa. La protago- nista, una talidomídica con poderes mentales, con un solo brazo (como una única ala tenía el ángel caído Abezetibú), se erguía de entre sí misma para enfundar- se el papel que exigía por derecho propio: el de heroína. Me quedé perpleja. Más allá de la Marvel, una historia así era inadmisible. Pero ahí estaba Mary Ann, «lo mental no quita lo pedestre», un ser insólito por encima de las personas «convencionales» (quienes «malgastan sus cinco sentidos en ser uno entre los seres sin ros- tros»), que no soporta la conmiseración y que tiene «una expresión dulcísima a pesar de ese rictus que le cruza media cara bajándole un párpado y subiéndole un extremo del labio». En ella se hacía cierta la querencia por la gente sincera «que ríe y llora», que odia «las máscaras de piedad». En una sociedad —hablamos de 1979-1980, cuando se escribió— que «no admite mutaciones» (ahora aún le cuesta), Mary Ann irrumpe, y es la suya una historia de humor, y de amor, y de vida. Mary Ann

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como el reflejo de la Garbo, ambas conformando al dios Jano, el de los dos rostros, el de las dos mitades; Mary Ann exprimiendo cada instante, condensando cuanto merezca la pena, siendo; la Garbo como mito conformado, la Garbo humana parapetada en su pro- pia construcción, única y perfecta, aunque inalcanza- ble. El hombre moderno ya no las respeta. Por eso «después de la Greta vino el diluvio de lágrimas y du- das». El hombre moderno teme a sujetos como Mary Ann, que les recuerdan que son libres, y huye de seres como la Garbo, que les propone el mito. El hombre moderno se ríe de todo y pierde entonces lo sagrado. Mary Ann es una novela punk a capítulos, excitante, sugerente, voluptuosa, incorrecta toda ella. Por tanto, casi treinta años después, late. Su protagonista es «la voluntad hecha mujer». De los complementos o marginalia, recalcar que re- tratan a un Fernando agitado, efusivo, gozoso y siem- pre vehemente. «Pueden pasar casi dos siglos sin ti y volver a las andadas.» Las andadas de «El Zurdo» son lo oportuno, lo contumaz, lo revoltoso. Se agradecen textos más íntimos (¿alguno de los que aquí se presen- tan no lo es?), como la carta que le escribiese Cecilia, y la introspección que provoca, su pequeño ensayo sobre la cantante —breve sí, pero tan lúcido y acertado que a ver quién se atreve a no calificarlo así, de ensayo ur- gente-, el texto dedicado a su querida Olga Barrio («el agua/ separando el aceite/ de esta balsa conversa/ que corrompe utopías») o la paráfrasis de la exquisita can- ción de Rodrigo, «María y Amaranta». Lo extraordinario de estos textos es que, una vez que el lector se adentra en ellos, va descubriendo diferentes

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ramificaciones argumentales que deparan otros nom- bres, ecos de otras pistas listas para ser seguidas, guiños hacia un universo tan vasto como lúcido, resonancias de hermanamientos a priori insólitos ante los que Fer- nando siempre encuentra un punto en común, un pasa- dizo comunicante. Eso hace de estas lecturas un mosai- co de erudiciones, fascinaciones, entusiasmos... un crisol renovado sobre el que volver y no cansarse. Y ello con la desfachatez de quien no teme a nada ni le preocupa que alguien se sienta incómodo, porque no busca la recompensa necia del halago sino una lealtad hacia sus convicciones, que pueden o no ser las nuestras, pero a las que respeta, y eso hace que se las respete. Su jornal es la búsqueda insaciable de la verdad, aunque ésta magulle. No le estremecen tampoco las cicatrices. Pero más allá del valor literario, Fernando Márquez «El Zurdo» es, en sí mismo, un personaje fascinante. Blanco continuo de sospechas, desacorde en los menti- deros de los interesantes, se le ha confinado al ostracis- mo y desterrado al lazareto del silencio público, negán- dole todo lo que él ha aportado a la cultura de este país. Las palabras suenan rimbombantes, pero son ajusta- das. Sin él, la tan exprimida «movida» no hubiera sido. O hubiese sido otra cosa. A él se debe el honor, junto a Carlos Berlanga, Alaska o Enrique Sierra, de prender la bengala de esa explosión artística que surgió a finales de los setenta y que duró hasta que Mecano «profesio- nalizó» la música. Él, pues, es uno de los padres de la criatura, si bien nunca quiso sacar los réditos que de la misma otros succionaron sin arte ni parte. Dibujante, músico, letrista, pero también un agita- dor intelectual. Aprovecha cualquier medio para per-

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turbar. Sus palabras, escritas o proferidas de viva voz, desconciertan. Inquietan. Mas ni siquiera se le concedió la distinción pública de ser una de las mentes más ab- yectas —por la combustión intelectual— y lúcidas. Tan distintas. Fueron otros, licenciados en universidades francesas, quienes recogieron esa prerrogativa —no con falta de talento, pero en ocasiones sí con falta de convicción. Bueno, y qué. Él siempre huyó de los zarci- llos. Se le ha tildado tan de cualquier cosa que quizás el lector, adentrándose en estas páginas, quede desolado no sabiendo qué pensar. Que piense; ése es el mejor re- galo que le podemos hacer. Pensar por nuestra cuenta y discurrir con lo propuesto. Que ustedes lo disfruten.

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Mary Ann

«La monstruosidad es un mito inventado por las buenas gentes para explicar el raro atractivo de los otros.» Paráfrasis sobre una cita de WILDE

«El carruaje es la patente que autoriza a la mujer a las máximas extravagancias.» BALZAC Eterno Femenino.qxd 2/2/09 12:45 Página 18

Notas de posible interés

El capítulo III fue publicado previamente, con algunas muti- laciones, en la revista Zikkurat SF a fines de 1981 bajo el tí- tulo de «Wild Side Story».

El capítulo I fue publicado previamente, también «aligera- do», en la revista La Luna de Madrid en la primavera de 1984. Poco después quedó segundo en un concurso de cuen- tos organizado por la citada revista.

[Escrito entre noviembre de 1979 y marzo de 1980. Revisado y corregido en septiembre de 1983. Primera edición, Ediciones Libertarias, 1985. Vuelto a revisar y corregir para la presente edición en otoño de 2008.]

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I

Mary Ann es una chica adorable aunque algo extraña. —Buenas, querría un jersey... Es para mi novia. —¿Qué talla tiene? —Pues... —Aproximadamente. —Uh, como usted... Un poco más... esbelta. —¿Qué le parece éste? Pura lana virgen. ¿Le gusta el color? —Sí, de color está bien... pero... —¿Qué? —Le sobra algo. —¿Algo? —Una manga. —¿Una m...? Oh, comprendo... Su novia es... Lo siento. —Pero también le falta algo. —Claro, es una indelicadeza regalarle un jersey con dos mangas si sólo puede usar una... Pobre chica. —¿No tendría este mismo modelo pero con una sola manga y, a la altura del nacimiento de la otra, una ma- noplita? ... No hace falta que tenga dedos. —¿Cómo... cómo dice? —Es que a Mary Ann no le gusta mostrar su mano palmeada. Dice que resulta antiestético.

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—¿Pero... esa... esa mano... dónde la t..? —Le nace del hombro. Sólo la utiliza para saludar y despedirse. —AAAAAAAH!!! Sí, es difícil regalarle algo a Mary Ann... Aunque quizás un poncho: así ocultaría su mano palmeada sin necesidad de quitar mangas y añadir manoplas. —Señorita, ya está. Me llevo un poncho. Así ahorra- remos problemas. A fin de cuentas, el poncho ocultará todo lo que ella desee ocultar. Aunque a mí no me gus- ta que oculte nada: es una chica tan maravillosa... Me parece que en la cartera tengo una foto de cuando... —AAAAAAAH!!! -Esta dependienta es algo histéri- ca. Me empieza a cargar. —Bueno, no sé dónde la he metido. Ande, envuélva- me un poncho mono y no la molesto más... Está páli- da... ¿Le ocurre algo? Nunca he soportado a las dependientas que biz- quean y emiten sonidos guturales cuando les hablo un rato de Mary Ann. Si fuese un poco susceptible, me iría sin llevarme el poncho.

Mary Ann tiene una expresión dulcísima a pesar de ese rictus que le cruza media cara bajándole un párpado y subiéndole un extremo del labio. Pero cuando no se ex- cita se le nota menos. Además —qué caramba— eso le hace el ojo derecho más grande. Y no es que Mary Ann tenga ojirris de Valderrama, al contrario: su ojo normal parece que se lo ha prestado la Sarandon. El otro me recuerda a un primer plano de cierto co- mic truculento de los que censuraron en USA durante los 50...

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Mary Ann

Pero qué pasa. Nunca me han gustado esas bellezas perfectas, de muñeca, sin vida, sin chispa. Mary Ann tie- ne un rostro alegre, diverso, lleno de matices opuestos: eso de que le hagan una foto y le pregunten con cierta ti- midez: «Señorita, eh... ¿le cojo el lado izquierdo?»; o aquel conocido que me encontró en el parque paseando a Mary Ann en su sillita de ruedas y, al ver los shorts de los que no salía ni un mal muslo y la mano palmeada — era verano y mi amada lucía una bonita t/shirt de Mrs. Bates «alive» en satén violeta—, no se le ocurrió otra cosa que soltar: «El rostro de tu amiga es perfecto»... Y va Mary Ann y vuelve la cara para saludarlo, complaci- da por el requiebro... Pobre hombre, qué apuros pasó... no dijo nada más... me hizo una seña ininteligible con una mano y huyó disparado ante el pasmo de los hipo- pótamos, que se echaban el aliento en ese preciso instan- te... Luego, en el pub, lo que nos pudimos reír... Era re- cordar el apuro del tipo y llorar a carcajadas. Y, cuando Mary Ann ríe hasta saltársele las lágri- mas, su expresión es... inenarrable.

Mary Ann posee alguna otra peculiaridad, como usar unas pequeñas gafas dodecagonales cuando hojea his- torietas ilustradas por Jack Kirby, o el color de su piel —lo más blanco que se ha visto cubriendo un cuerpo femenino. Me fascina ese color. Es como el que lograba la Garbo tras horas de make-up, pero aquí, hala, al na- tural... Y el color de sus ojos. Tan grises. Como brumas de otoño. Yo más de una vez le he dicho a Mary Ann que por qué no se dedica al cine: con esa planta podría ser... un monstruo de la pantalla.

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Y Mary Ann canta. Su ilusión hubiera sido tocar la gui- tarra como los grandes bluesmen, pero el mundo del rock es tan sexista... Las mujeres —you know what I mean— no encuentran salida como instrumentistas. Así que se dedicó a cantar. En veladas de amigos, fies- tas privadas, alguna jam en clubs... No puedo olvidar cierta velada en una cava de Argüelles: salió vestida de María Antonieta, con un enorme polisón bajo el cual iba la silla y, sobre los hombros —bueno, sobre el hom- bro y la mano palmeada—, una cazadora de cuero; los que no la conocían se creyeron que andaba y cuando, en un mal movimiento, se le desprendió el polisón y se cayó de la silla, hubo hasta desmayos. Y es que el show de Mary Ann cuando canta es fuerte de verdad.

Mary Ann me ayuda bastante en la elaboración de mis panfletos filofascistas. Esto resulta, de vez en vez, bas- tante ingrato para ella. Una tarde, en una manifesta- ción de minusválidos —ella no se siente impedida en absoluto pero dice que hay que guardar las aparien- cias—, un poliomielítico troskista la intentó agredir con las muletas porque había leído un articulo suyo so- bre eugenesia en los casos de deficientes mentales por herencia. El trosko, entre muletazo y muletazo, nos ser- moneó sobre la necesidad de solidarizarnos con todos los deficientes aduciendo que lo mental no quita lo pe- destre. Mary Ann se encorajinó y le gritó que deficien- tes lo serían sus muertos, que ella sólo era algo especial pero perfectamente capaz de valerse por sí misma y que, si yo la acompañaba, era por llevar dos años de noviazgo y por no dar demasiado cante una tía sin pier- nas y con una mano palmeada a la altura del hombro

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izquierdo levitando por Madrid. Porque eso fue lo que hizo: levitar. En medio de la manifestación. Varios am- putados se pensaron que era la Virgen de Lourdes y prorrumpieron en ensordecedor griterío tirando sus bastones al aire —uno de ellos, por cierto, descerebró a una anciana.

Y es que Mary Ann tiene un poder mental extraordina- rio: levita, lee el pensamiento salvo festivos y vísperas, y hasta mueve objetos. Sobre esta última propiedad, re- cuerdo cierto sucedido: hace meses, en un mitin, se nos acercó un joven de punta en blanco —bueno, mejor en azul—, pelo engomado y Lucky Strike en los labios, y quiso que le firmase uno de mis panfletos; a mí me pa- reció excesivo y le dije que la labor la compartía con mi novia —a quien le presenté— y que, de firmar alguien algo, firmaríamos los dos; entonces, el joven se puso muy tieso y me contestó con impertinencia que nunca pensó encontrarme del —único— brazo con una cria- tura tan monstruosa; ahí fue Troya... Mary Ann miró fijamente cierto símbolo que colgaba en una de las pa- redes, lo lanzó contra nuestro defraudado admirador y se lo clavó. No quieran saber: parecía un san Sebastián, el po- bre.

Mary Ann es la voluntad hecha mujer. Eso de tener una supermente como la suya es fabuloso. Cuando prepara- mos la comida, resulta todo un espectáculo ver la dan- za de los cuchillos pelando patatas y cebollas a un tiem- po, mientras ella repasa las notas para cierto artículo que enviar a La Linterna, revista de cine. O, a la hora

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de voltear la tortilla, nunca he conocido a nadie que lo haga con tanta limpieza. Yo, en cambio, sigo sin salir de mi modesto lomo encebollado con soya y mis hue- vos revueltos —de bastante mal ver: como que, el pri- mer día que los hice, Mary Ann, que cuando se pone cáustica es de pegarse un tiro, sentenció «más que re- vueltos parecen devueltos», y ya la conversación tomó un giro escatológico hasta quedarnos sin comer y darle al siamés Rasputín los dichosos huevos. Pero no impor- ta esta limitación culinaria: una vez al mes nos vamos de picnic al híper y nos compramos dos carritos llenos hasta los topes de conservas, especias, salsas, carne congelada y zumos tropicales, y con ello tenemos para distraernos a la hora del parte.

Hay tardes en las cuales Mary Ann se pasa horas junto a la ventana arreglándose telequinéticamente las uñas. Al tenerlas sólo en una extremidad —la mano palmea- da es completamente palmeada—, puede dedicar más tiempo al cuidado de sus cutículas que las chicas, diga- mos, convencionales. Yo, en esas tardes, me dedico a escribir cosas sesudas. Al rato de viajar por lejanas ga- laxias del pensamiento me encuentro con el perfil de mi compañera soplando sus uñas para que se sequen y me siento feliz de vivir con ella. Inmensamente feliz. Y la casa me parece menos asimétrica, redimida en su des- equilibrio de líneas por la enorme atracción ejercida por esta mujer que se recorta serenísima, superior, ante la ventana. Y, de puntillas, danzando sobre la raída al- fombra, me dirijo a la cocina y preparo una taza de té. Y pienso que, si Mary Ann, sin perder un ápice de su imán, tuviese otro brazo y dos piernas y borrase su ric-

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Mary Ann

tus, sería demasiado hermosa para ser convivida por un tipo como yo. Me haría perder la razón, me mataría en- tre espasmos de felicidad, disolvería mi identidad como hacían las mujeres más bellas en sus tratos con los hé- roes arturianos. Y, pensando en ello, un escalofrío misógino me deja el lomo touché mientras endulzo las tazas de Horni- mans y me siento a gusto de que todo sea así, sin as- pirar a más. Porque más, en mi caso —y conste que nunca he sido conformista—, significaría mi total auto- destrucción frente a ese ser sublime que le da a la ace- tona en el cuarto vecino. —Toma. No está muy caliente.

Mary Ann sonríe y pasa su mano por mis labios. Tras una fortísima lucha interior, desecho la idea de comer- me su deliciosa extremidad, porque la dejaría sin ocu- pación con que matar estas maravillosas tardes en las cuales el tiempo pasa de puntillas, como atrezzistas en un film de Lelouch. La levanto de su silla y la recuesto entre los pufs. Su maravillosa mano parece cubrir toda mi cabeza. No la cubre: la violenta. La acaricia, la soba hasta el paroxis- mo: mesa mis greñas, magnetiza mis sienes, pellizca mis orejas, camina por mi long and winding nose, me baja los párpados, me los sube, me tira las lentillas, me ras- ca el occipucio, me rodea el cuello, trepa hasta mi boca y su corazón e índice piden licencia para entrar... y en- tran, como lenguas finísimas, adorables, hipnóticas. Y soy suyo. Es ella quien está sobre mí. Ágil, culebreando, ini- ciando el más insólito strip-tease que ojos humanos han

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tenido ocasión de contemplar en esta época mediocre sin duendes ni ninfas ni héroes ni mons... Me acuerdo de los mitos femeninos que rodearon mi infancia: la Medea de los argonautas, la Gorgona —hermosa pero con un pequeño defecto capilar—, Madame Hydra —aquel personaje de la Marvel que ocultaba la mitad de su rostro por seguir manteniendo su orgullo— , la Mujer Pantera creada por un tal Moreau y, ya de mayor, las heroínas de Brian de Palma —Carrie, las sia- mesas o la misma chica de The Fury—, el transexual de Cambio de sexo, la Greta Gustafsson oculta al mundo y «redescubierta» ahora en unas afrentosas fotos, la pa- ralítica que hacía Kim Darby en cierto episodio de «Ba- retta» —su hermano era Paul Williams, el cisne ena- no—, una deliciosa francesita manca que conocí en Gandía... Mucho más atractivas que esas poupées life- size, las cuales, por haber sido paridas, algunos creen que son seres humanos, cuando, de existir una sub-hu- manidad, lo serían precisamente estas muñecas y mu- ñecos de cabeza vacía y cuerpo «atrayente», una atrac- ción transitoria, elemental, aborrecible a la primera indigestión. Siempre he poseído una intuición especial para distinguir a los patitos feos, a las larvas de diosas que el Destino lastró con algún defecto o carencia para que nunca se muestren en su plenitud. Porque ese día todos los hombres moriremos o per- deremos nuestras identidades en la mayor enajenación que imaginarse pueda. Como es lógico, en el instante en que mi imaginación elabora párrafos tan elevados como el precedente, mi soma se halla atareadísimo bajo el más hermoso peso que existe: Mary Ann. Es seguir el itinerario que marcan

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sus blancas superficies, es dejar que su melena caoba me llene la cara impidiéndome casi respirar, es levantar con el pulgar y el índice su barbilla y descubrir en su rostro una ausencia de complejos tal que ni el rictus puede em- pañarla, es descubrir que la línea divisoria entre un dis- minuido físico y un «normal» son el desprecio de éste y las inhibiciones de aquél, trabas puestas al desarrollo psi- cológico de seres pensantes, muchos de ellos superiores mentalmente a la media, precisamente por gozar de una cadena natural que sólo pueden romper con la voluntad. Una voluntad como la de Mary Ann, fuera de serie. Y habrá quien piense que esto es literatura barata, populis- mo innoble, babeos demócrata-cretinos... Si supiesen que la persona que más odia toda esta compasión excre- menticia, que más se identifica con los gritos de Nietzs- che, que más repugna los blandos razonamientos en tor- no a los minusválidos, que llegó a escribir a favor de la eutanasia para los casos de deficiencias mentales irrecu- perables es esta Mary Ann, dura, rebosando poder men- tal, lúcida, superior a tanto monigote sin seso ni volun- tad, de los que malgastan sus cinco sentidos en ser uno más entre los seres sin rostro que sostienen, levantan o derriban su propia casa bajo el látigo de algún señor ba- jito y gordinflón al que temen porque demostró, al me- nos, tener más «rostro» —y cojones y narices y lo que sea— que ellos. No sé quién dijo que cada pueblo tiene el gobernante que se merece, pero esto es demasiado. —¿Demasiado...? Yo no encuentro que sea suficien- te... Vas a tener que tomar extracto de cantárida, mon cherie. Vuelvo. La contemplo. Hace rato que se desprendió de toda su ropa: el kimono de seda sin mangas cubre la

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mesita de ébano con su violeta chillón; la camiseta azul ha quedado colgada del flexo; los shorts, al lado nues- tro, entre los cojines de skay; lo mismo que el pañuelo que acostumbra a llevar al cuello. Su torso es esbelto, tan elástico como el de una bailarina. Y es que los ejer- cicios de ballet —en cuanto a movimientos de cintura, y cervicales— son para ella su habitual modo de loco- moción cuando no tiene la silla al alcance y no desea disponer de su facultad levitatoria. Sus pechos son pe- queños, en perfecta armonía con la gracilidad del torso, y duros como los de una quinceañera. Quién diría que Mary Ann ha vivido treinta años plenos, ha visitado media Europa, ha tenido unos veinte amantes, ha co- nocido a figuras del rock y del cine —pasó un verano con Greta Gustafsson: algún día les hablaré de aquel verano—, ha escrito mucho —casi siempre en publica- ciones amateur y alguna colaboración esporádica en re- vistas de cine y literatura— y es el mito supremo para un pequeño círculo de admiradores entre los dieciocho y los veinticinco años que venderían su alma por estar en mi pellejo. Sigo con el dedo la curva de su cuello, el borde de su clavícula hasta llegar a la mano palmeada. Es una ex- tremidad diminuta: se adivinan los dedos bajo la mem- brana de cartílago pero no hay uñas ni impresiones di- gitales aunque en su palma se pueden leer algunas líneas. —Me gustaría leerte esta mano. Se la beso. Es una mano extraña pero caliente, inclu- so algo sudorosa, que me reconoce y estima. Y siempre se agita al despedirse o al darme la bienvenida. Yo amo a esta pequeña y cariñosa mano, sin más cometido que

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Mary Ann

la amabilidad. La busco, al volver de alguna parte lleno de líos y al borde del stress, y hay veces que me emo- ciono como un imbécil al vería moverse, lejana, tras el balcón.

Mary Ann se pasa —las noches que vamos al Griffith o a la Filmo a devorar algún maratón de cine brutal, te- rrorífico o guarrendongo: Hopper, De Palma, Castle o Whale— mascando chewing—gum no sugar de hierba- buena. Y, cuando algún alegre descuartizador hace al- bondiguillas con la sesada de una mujer de la vida, ella me come a besos de aroma campestre y picante sabor, entre globos de chicle y alaridos disfrazados de carcaja- das del público profano en las artes del cronicón de los usos y hobbies de las bajas gentes del Deep South. Mary Ann es una gran aficionada a este cine serie b de los últimos años, lleno de sangre, miembros desperdi- gados, paisajes sacados de alguna viñeta de Creepy, campesinos y otros miembros del enésimo estado en pleno síndrome Hyde, entes ultraterrenos con el mismo síndrome —con lo que se demuestra la baja extracción social y moral del turismo galáctico que nos visita últi- mamente—, sierras más o menos mecánicas y otros utensilios de alta cocina, y toda clase de animales de pé- sima compañía. Siempre que se halla inspirada, mi no- via monta unos cirios impresionantes en los momentos de mayor tensión fílmica. Como cierta vez que, en plena proyección de The Texas Chain Saw Massacre, cuando la cámara se pasea por la casa de los hermanos matarifes y el de fondo se clava en las menin- ges del espectador, no se le ocurre otra cosa a mi queri- da Mary Ann que proyectar telequinéticamente sus

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amuletos y colgantes de pelo de mapache así como el murciélago disecado delante de un pluscuamescandalo- so grupito de macarras. Justo cuando la pantalla se lle- na de plumas y huesos, los macarras contemplan ho- rrorizados cómo unos ovnis de suave tacto y animal origen y un diminuto ratón volador de alas desplegadas les golpean en las mejillas intentando introducirse en sus abiertas bocas. El alarido se debió oír hasta en el bayou.

Mary Ann tiene una especial antipatía por el inválido obeso de la citada película. Dice que, de pequeña, co- noció a muchos como él. Son seres comodones, abyec- tos, que intentan atraer a los «normales» moviendo sus más bajos instintos de compasión, comportándose como bebés, pero bebés —grotesco— de veinte tonela- das, tarados y varados, que unen a sus deficiencias físi- cas un patológico comportamiento que los idiotiza y también idiotiza a quienes los tratan. Son inválidos egoístas, caprichosos, neurópatas: si, al menos, tuvie- sen la clase de Bette Davis cuando le da al grand guig- nol, se les perdonaría todo, pero qué va, encima son mediocres y monótonos, justo como el gordo de la pe- lícula. Una de las razones por las que le cae tan bien Tope Hopper es ese reírse de los convencionales senti- mientos a demostrar —a demostrar, no a llevar den- tro— ante los indefensos, como niños y deficientes físi- cos, cuando muchos de estos seres son tan odiosos que la repugnancia que inspiran es superior con mucho a cualquier veta de compasión. Y que esto lo grite, rezu- mando desprecio, una persona mucho más marcada que casi todos ellos pero con la cabeza en su sitio pese

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Mary Ann

a todo, me demuestra que hasta en los indefensos hay profundas diferencias: los que son como Mary Ann tie- nen muy poco de indefensos —»Hasta en eso somos de- ficientes», dice ella, y sigue traduciendo a Evola.

Mary Ann gusta de las largas tardes de otoño rodando por veredas cubiertas de hojas de plátano oriental. Y de reposar su divino coco sobre mis manos, que juegan a piloto de la silla, la eterna silla a la que debe aferrarse por miedo a la opinión de una sociedad que no admite mutaciones. En estas salidas suele cubrir el rostro con unas grandes gafas ahumadas y un pañuelo ocultando su boca. Con lo que recuerda a la Greta Gustafsson que ella conoció, en increíbles circunstancias, violando su retiro nórdico. Llega incluso, en ocasiones, a encasque- tarse un sombrerito de terciopelo negro que parece ha- ber salido de alguna estampa de modas de los años 30. Los escasos paseantes que gustan de mascar soledades como quien le da al tabaco sienten un repeluzno de emoción al contemplar esa fantasmal imagen de la sue- ca rediviva. A medida que oscurece, vamos internán- donos más y más en el parque hasta aislarnos por completo en algún rincón, bajo un árbol o junto al es- tanque. Entonces, saco a mi Greta de la silla y la depo- sito en el suelo entre apasionados tornillazos. Ella se quita las gafas y lo mira todo con una expresión hela- da, reduciendo al mínimo la intensidad de su rictus, como si juzgase lo que ve: el estanque, el palacio de cristal, los cisnes bobos, la hierba, los árboles a medio tonsurar... Y, paralelo a su expresión, un aura indefini- ble de «metros cuadrados», de sobres echados en el bu- zón de cierta casa lindante con la Castellana, de cami-

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natas por El Viso, de citas fallidas junto a Rocamar, de singles prestados por la propia autora... Precisamente la portada de uno de estos singles parece fundirse con el instante que estamos viviendo ahora en el parque. Sí, puede que sea el sombrero; o el pañuelo de seda, desenrollado y cayendo por su regazo, donde apoyo mi cabeza; o las ropas holgadas y de color chillón... Nos hemos tirado por el parque hasta bien entrada la noche. Cuando llegamos a nuestro expresionista cu- chitril son más de las once. Hemos comprado unos pla- tos preparados en el chino de la esquina y también una monumental botella de sidra. Es lo más fuerte que be- bemos. No somos dados al alcohol: a mí no me gusta y Mary Ann abandonó el incipiente hábito ante el des- cangayante panorama de «beber sola». Decía haber conseguido no depender de nada ni nadie para ahora echarlo todo a rodar por unas copas. Así que ponemos la sidra a enfriar y destapamos las guarraditas orienta- les dispuestos a llenar el buche tras una de las tardes más maravillosas de nuestra vida en común.

Mary Ann hay noches que se torna melancólica y me cuenta anécdotas de sus andanzas y vagabundeos por Europa. Mira más allá de la pared y yo sé que echa de menos algún extraordinario amante de lejano recuerdo. Los cojines y mantas de colores no son suficientes para amortiguar la profunda nostalgia que emborracha a mi diosa particular. A veces me pregunto qué sería de mí si, de repente, viniese a Mierdrid uno de sus galanes forá- neos. —Malcolm McLaren era un gilipollas. Me tenía ce- los y alejó de mí a... ¿Pero qué te pasa?

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—Echas de menos Londres, ¿verdad? —Echo, de menos Europa... Si vieras: hay tanta gen- te lúcida. —Ya. —Oh, tienes celos. Celos de todo un continente. —Mejor, de algunos sujetos de ese continente.

Hay tardes de invierno en las que nos dedicamos a tras- humar por los pasillos y escaleras de las nuevas líneas del Metro. Aprovechando el escaso tránsito, llenamos estos ultramodernos espacios, aún no hollados por la brocha del pegacarteles ni por el spray del hacedor de grafitis, con delirios paranormales como invertir el cur- so de las escaleras mecánicas o jugar con la ilumina- ción, sin olvidar happenings más serios: un jueves, en la estación de República Argentina, Mary Ann dislocó por completo los controles automáticos de taquilla, ha- ciéndolos girar frenéticamente durante una media hora; en otra ocasión nos pusimos a mendigar en uno de los rincones más ocultos de la Avenida de América, para lo cual Mary Ann se había cubierto todita de harapos que permitían lucir bastantes centímetros de su blanquísi- ma piel, provocando en el sorprendido transeúnte sub- terráneo una singular mezcla de horror, compasión y deseo... Un ceñido bikini dejaba libres los muñones de sus muslos al tiempo que sus pechos de bailarina aso- maban mimosamente por una camiseta destrozada... la mano palmeada no cesaba de moverse mientras que su más afortunada compañera escribía en enormes trozos de cartón una folletinesca trola que para sí quisiera al- gún telenovelista mejicano... finalmente, la mitad per-

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fecta de su rostro miraba con altanería a los compasi- vos que se acercaban y el lado marcado por el rictus im- ploraba perrunamente, con una expresión tan distinta que, en realidad, parecían dos rostros confundidos en el de aquella increíble pedigüeña... Yo colocaba los carto- nes en fila sobre el suelo, a medida que ella los iba lle- nando de embustes cuasi pánicos, y rogaba a quienes pasaban «ayudasen a mi pobre hermana, embarazada de dos meses de resultas de un atropello por cinco des- almados en saliendo del cementerio de la Almudena...» En el momento de mayor expectación, cuando nos ro- deaba una treintena de atónitos caritativos, apareció un vigilante jurado... Mary Ann, poco amiga de dar expli- caciones de sus actos a nadie, salió levitando a la velo- cidad de la luz conmigo agarrado de su gentil cuello... Lo último que vi y oí, antes de llegar a casa, fue una in- terminable sucesión de desmayos y alaridos de terror. Y es que salir del Metro sin las extremidades correspon- dientes, cubierta de jirones de ropa, con una sobrecoge- dora mueca recorriéndole el perfil, medio ahogando a un joven «pariente», y todo ello por los aires, no es pro- pio de una chica por muy dada al limosneo que sea.

Pero Mary Ann no es siempre tan atrevida. Estos happe- nings sólo los montamos cuando alguna oscura fase lunar nos despierta atávicos modos de combatir la monotonía de diciembre. Otras tardes de frío y lluvia paseamos por el casco viejo: ella, embutida en gruesas pieles, bufanda y gorros de lana, medio oculta en la silla—trineo; y yo, em- pujando lentamente, atento a sus menores indicaciones, jugando a ser el mayordomo de quien necesita mucha me- nos ayuda que cualquiera de nosotros, los «normales».

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—Me gusta cómo se tambalea este armatoste al pa- sar por el empedrado. —Yo lo notaría algo incómodo. Me haría polvo la rabadilla. —Es que tu rabadilla no es humana sino un resto de pasadas especies. Hay que ver el susto que me pegué la primera vez que hicimos el amor y te acaricié la espal- da... Por un momento pensé que eras el demonio. —¿El demonio? —Un amante con rabo solamente puede ser demonio o eslabón perdido de simios sudamericanos. —Que yo sepa, no hay ningún sudaca en mi familia. —Alguno habrá, aunque sea en el neolítico. —Dejemos de especular sobre mi parentela... ¿De veras te gusta este traqueteo...? Al cabo de un rato, tie- nes que acabar molida. —Como carezco de piernas, mi equilibrio es mucho menor y los meneos de mi pompis en la silla, mucho más bruscos, ¿no? —Más o menos. —¿Y no te parece sensual? —Me está bien empleado por preocuparme por tu confort y bienestar. —Vamos, no te enfurruñes... Admito que una hora de empedrado puede cambiar la sensualidad por una cierta molestia. Pero como la calle no es tan larga y el pub que buscamos... Sí, allí está, en la esquina. En efecto, en estas tardes de casco viejo recalamos siempre en algún pub mal iluminado y casi vacío don- de, tras un par de ponches con miel y coñac, repasamos el material recogido para el próximo panfleto o escribi- mos alguna canción que luego será interpretada por

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uno de los tres grupos de nueva ola a los que provee- mos habitualmente de material. Si el pub tiene piano, Mary Ann se sentirá como en casa e incluso puede que se anime a tocar algunas piezas clásicas de esas que pa- recen estar a punto de reunir, redivivos, a Billie Holli- day del brazo de Eddie G. Robinson. Después, se toca y se canta el «The End» de Morrison, Conrad y Coppo- la, o algo similar. El tío de la barra intenta seguir las evoluciones de esa mano sobre el teclado, que suena como... Mary Ann me hace una seña para que le pise de vez en cuando el pedal de resonancia y eleva su maravi- llosa voz salmodiando las palabras de Morrison como un clímax imposible de ser descrito en folios y Olivetti. Los cuatro gatos del pub no beben, no hablan, no mue- ven un músculo... Pasa un cuarto de hora. Se acabó. Mary Ann abandona el piano. Una cosa cheposa y bar- buda se le acerca, con lágrimas en los ojos. —¿Vivís juntos? —Sí. —Toma mi teléfono. Si alguna vez te quedas sola y necesitas un fan competamente idiotizado por ti, lláma- me. Hace veinte minutos yo tenía varias amigas y un «plan» serio: ahora sólo hay alguien en mi sesera, tú. No entiendo cómo este tipo tuvo la potra de ser tu com- pañero.. No parece ni sobrehumano ni arcan-gélico... Tras enjuagar sus pucheros en una servilleta y dar- nos repetidas veces la mano, el barbudo sale del pub como una bala. Miro a Mary Ann: aún con la expre- sión de asombro en sus ojos, está a punto de llorar. —Diantre de tío loco... Pues no se ha enamorado de mí. —Estás en un error de cálculo, querida.

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—¿Hmm? —TODO EL PUB se ha enamorado de ti. Salgamos de aquí antes de que suceda algo gordo. Barbudo, espera sentado. El día que yo deje sola a mi compañera seremos todos sobrehumanos y arcangé- licos. Y tendré que luchar a brazo partido para evitar que me la birle algún querubín.

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II

Soy una mujer mayor, digamos vieja. Setenta y cinco años a mis espaldas. A veces me acaricio la columna y recuerdo las crestas de los saurios que disecaban en Hollywood para los turistas curiosos. Todo son huesos y salientes. Y toco la arena con los pechos. Es reconfor- tante sentir la tibieza de la arena íntima en los pezones, casi insensibles ya. Y el agua ruidosa, armando escán- dalo por escapar de la soledad a que he sometido mi vida y paisajes. Un pequeño cangrejo baila al compás de algún ritmo privado, ajeno a mi presencia. Quizás sea muy joven este cangrejo. Sí, tiene aspecto de teddy boy. Yo ya era vieja cuando surgieron los teddy boys. Y ahora regre- san, tras un paréntesis de pacifismo y falsas esperan- zas... y yo estoy más vieja. Los viejos no podemos hablar con los jóvenes, sean cangrejos o no. Y yo no puedo hablar con los viejos porque no me siento vieja. Son viejos los ignorantes, los conformistas, los que juegan a aumentar su edad men- tal, a superintegrarse en una madurez errónea que aca- ba por consumirlos en un delirio senil. Yo soy vieja y arrastro los pechos pero mi mente no se conforma, no asume este proceso. Quiero sentir hasta el último grano de arena calentando mi piel. Quiero ahogar al Tiempo

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en un cúmulo de obscenidades. Ser una nueva Maude menos poética, más procaz. A veces tomo el sol completamente desnuda, en in- genuo afán exhibicionista, a la disposición de cual- quier paparazzi tonto. Quiero que el mundo sueñe conmigo, se masturbe conmigo —mejor por mí: yo ya no estoy para...—, sienta conmigo. No puedo sopor- tar esa distancia entre yo hace cuarenta años y ahora. La idiotez del mito me está haciendo difícil el diálogo con mi propio pasado. Las trampas del mundo me es- tán haciendo caer en la trampa de la senilidad. Y la anestesia, que empieza a cubrirme como un traje ho- rrible, esclerotiza mis sentimientos. Y me encuentro ridícula desnuda al sol. Si por lo menos estuviera Mary Ann... Era una mu- chacha inteligente, joven, bonita, tan bonita como yo. Mirándola me recordaba a mí misma hace mil años: ese orgullo, esa voluntad, esa especie de principio masculi- no en su carácter, esa ausencia de complejos... En oca- siones era mayor que yo. O puede que ambas fuésemos una. Mitad y mitad, la ex actriz comida por los días y el retiro, y la joven dama de compañía comida por la talidomida y el rechazo de una sociedad que no admite monstruos rebeldes a la compasión. Me miro las manos: manchas en la piel, uñas ralas, un montón de huesos... Soy la radiografía de mi pasa- do. Ah, el sol. Entorno los ojos. Dejo que el achaparra- do teddy boy se pasee por mi cuerpo como por una an- tiquísima montaña. Noto sus pellizcos: ¿debo tomarlos como una proposición? Un flirt con un cangrejo, a mis años. Creo que debo ir pensando en suicidarme: antes la muerte que sentirme vieja.

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Recojo la toalla y me cubro con el albornoz. No es cuestión de pudor: al fin y al cabo, estoy sola. Pero siempre he creído que el camino de la playa hasta casa ha de hacerse con cierta distinción. Y una en esto es muy conservadora, qué caramba: el nudismo fuera de la arena, para las jovencitas. Por una vereda es de pési- mo gusto ir arrastrando los pechos.

Mary Ann llegó a mi vida en un bote a motor. Venía de Londres, huyendo de un manager marica que la intentó tirar al Támesis en varias ocasiones por haberle «roba- do» el novio, un guitarrista de punk. Hay gente que se mete con el punk. Yo recuerdo la tarde que asistí a un concierto futurista en el 26, creo que fue en Nueva York, y aquello sí que era ruidoso... y violento: cuando el público empezó a patear, los músicos desalojaron la sala a golpes de bate. Las letras eran parecidas a las de los punks: ciudades, humo, coches, violencia, a veces nihilismo, a veces esperanza... Y la música: ruidos, la «melodía» del progreso. Los punks llevan el pelo corto y visten de oscuro. Algunos se cuelgan la svástica. Los futuristas alababan la guerra y despreciaban a la mujer. Las mujeres punk toman roles «de hombre». Y hay gen- te que se mete con el punk...

Mary Ann me pidió trabajo. Yo la vi levitar: sin brazos sujetando su silla, alegremente accionaba su única ex- tremidad, mientras la mano palmípeda se sacudía con intermitencias y de sus shorts no asomaba nada... En realidad, a pesar de sus facultades telequinéticas, no era muy útil para llevar una casa: sus conocimientos culi- narios, más bien limitados; bastante descuidada en

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cuanto toca a limpieza; y sus ideas de bricolage, nulas. Bueno, sabia escribir a máquina «sin dedos» con relati- va rapidez, era culta y tenía una amena conversación. Así que le ofrecí trabajo como dama de compañía.

Pasó a mi lado un mes. Luego regresó a su país prome- tiéndome que volvería. Aún la espero: tal vez flote en el Támesis o yo la resulte aburrida... Fue un mes muy den- so. Repasamos mis viejas películas, recorrimos la costa en el bote, nos perdimos tres días en un espeso bosque, hablamos de arte y política, nos pusimos tontas con las confituras de la aldea vecina, yo hice el amor por últi- ma vez... También oímos mucha música, de todos los tiempos: yo descubrí a un extraño ser llamado Eno y ella al bueno de Frathing, el contrabajista seguidor de Hulme. Frathing, aquellos discos de los 30, pasado el alu- vión vorticista, cuando los punks de la segunda década —hoy todos muertos en sus camas— pasaron a servir a los estados totalitarios... Y veíamos películas moder- nas, como ésa de los gamberros con bombín y un ojo pintado. No recuerdo el título: ¿algo relacionado con una fruta?

En la cocina hay cada vez más cebollas. No sé quién las trae pero es absurdo: yo no suelo comer cebollas. Las intento aprovechar en sopa, en salsas, a ver si me las quito de encima. Nada: al día siguiente hay un nuevo montón. Supongo que el exceso de cebollas no debe ser bueno para el organismo pero me da pena tirarlas. Qui- zás las macere con aceite y las guarde en la despensa: así las podría utilizar como condimento.

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Aún no las he aborrecido, aunque me intriga esa eter- na provisión. A Mary Ann no le hacían demasiada gracia: prefería la canela. Echaba canela en casi todos los platos. A veces lograba resultados geniales; en cambio, otras, me- jor olvidarlo —los arenques con canela y bearnesa no se los recomiendo ni a mi peor enemigo, que quizá sea quien me manda las cebollas. Debo ir pensando en la forma de suicidio. Nada de sangre, por supuesto: no soporto el do- lor físico. Lo más fácil es la sobredosis de somníferos. Pero es tan vulgar... Y, la verdad, haberme retirado del mundo para acabar de un modo tan «urbano»... He de pensar en algo curioso, algo que el público pueda comen- tar: no voy a dejar que los paparazzi se salgan con la suya... «La ex Divina ha sido hallada muerta de asco y barbitúricos en su playa privada»... Los potingues sedan- tes están bien para chicas como Marilyn, de asfalto y ple- xiglás, pero yo soy más chic, casi kultur, y mi suicidio ha de resultar sublime o escatológico, nunca decepcionante. Algún rasgo de humor, sin caer en lo abiertamente cómi- co: soy una actriz, no un clown. Mi vida y mi muerte han de estar orladas por el misterio y el charme. Ojalá estuviera Mary Ann: a ella se le ocurriría algo divertido, chocante. Toda mi existencia y mi carrera han sido un continuo epatar. Debo seguir apurando la capacidad de sorpresa del público... Esas fotos de pa- parazzi creen haber acabado conmigo... Ilusos. Vaya, estoy llorando. A mis setenta y cinco años... Igual que una cría. Serán las cebollas. O serán los re- cuerdos. O Mary Ann. Qué dulce muchacha, tan páli- da, tan serena... Lo pasamos très bien juntas... Ay, me corté. Esto de pelar cebollas es una pesadez. Puede que, si me atraco de cebollas, palme de una vez. Una muerte

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bastante curiosa. En cierto modo, aséptica. No me van a acusar de gula por morir tragando cebollas: la cebo- lla no guarda demasiada relación con el apetito, es más bien un aditamento, un toque de sabor... Morir así es como hacerlo por indigestión de perejil o comino. Sí, me voy a hacer una sopa con todas estas cebollas.

Mary Ann me despertaba algunas mañanas entre batinti- nes de estruendo. Levitaba por el conducto de la chimenea y se presentaba ante mí como un ahumado Papá Noel. Su regalo consistía en una rama de hierbabuena que traía prendida entre los dientes y, después, un beso. Lo de la hierbabuena era un poco manía: pasaba las horas mas- cando ramitas para «matar el aliento». Una noche me confesó que le horrorizaba besar a alguien teniendo mal aliento. Nunca me dijo el motivo de esta preocupación. Una singular relación se estaba trabando entre am- bas. Ella me expresaba de mil distintas formas su admi- ración, aunque jamás tocó el tema de mi retiro y siem- pre mostró una gran discreción sobre tales años, como temiendo pulsar una tecla disonante. Yo, sin embargo, no tuve tanta consideración con ella y la sometí a cons- tantes interrogatorios sobre su historia y las razones de su malformación. Debo admitir que no saqué nada en claro: se escudaba en tópicos, en la talidomida, pero el origen de sus poderes mentales... eso no conseguí sacár- selo. Siempre acababa derivando la charla a temas im- personales e incluso me llegó a imponer silencio recos- tando sus veintisiete veranos sobre mi curiosidad, embriagándome en el delirio de la Juventud y la Belleza. Una tarde se me ocurrió disfrazarla de Margarita Gautier. Desde el primer día me fijé en el parecido de

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nuestros rostros, así que, tras estudiar juntas varios pri- meros planos de mi caracterización en Camille, empecé la transformación. Introduje algunas variantes, como echarle parte de la melena sobre el lado «imperfecto», y creo que exageré un poco en el maquillaje al no tener en cuenta su palidez natural, mucho más marcada que la mía —al fin y al cabo yo era una sonrosada mucha- cha nórdica. De cualquier modo, el efecto fue inquie- tante. Quizás por narcisismo, pero el último brote de pasión y sensualidad lo sentí al contemplar a «mi do- ble» estática, fría, más serena que de costumbre, como asumiendo hasta lo más hondo su disfraz. Yo, saco de huesos, hembra fósil, me estaba viendo en un cuerpo atroz y, sin embargo, resplandeciente de atractivos. Fue un goce narcisista, cierto: saber que, aunque la natura- leza «me» hubiese marcado con horribles rictus y muti- laciones, «yo» iba a seguir siendo bella... No lo pude evitar: abracé aquel cuerpo maltratado, aquellos muño- nes, aquella absurda mano palmípeda, y besé a mi ima- gen sin espejo completamente borracha de plenitud, de saber que Mary Ann era la plenitud, que yo en mi ju- ventud fui ella, más que ella, sin mancha ni defecto. Por un momento me puse en el pellejo de mis admiradores y, admirándome, la admiré a ella. Caímos sobre la al- fombra: en pocos minutos, la fiebre de aquel infantil y ególatra deseo nos arrancó las ropas. Durante una hora nos amamos hasta el agotamiento. Mi boca, mis ojos, mis manos recorrieron a Mary Ann con un frenesí de teenager. Mis ajadas mejillas se dejaron acariciar por la insólita extremidad sin sentido pero capaz de expresar los más sutiles afectos. Mis dedos se deslizaron por el torso suave y elástico, perfecto en sí mismo, sólo nubla-

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do por la carencia de lo que, gracias a la mente, no ne- cesitaba... Mi lengua cruzó y requetecruzó al otro lado del espejo, perdiéndose en fantásticas plantaciones de hierbabuena, en brillos de rosa casi blanco, en umbrías ocultas entre muñones... El común sudor y todas las co- munes secreciones de placer empaparon la alfombra y, a su vez, el sueño nos empapó a nosotras: cuando abrimos los ojos, habían pasado cerca de ocho horas. Poco tiempo después de aquello, Mary Ann se fue. En justicia, tuvo muchas razones para hacerlo. Y todas relacionadas con lo mismo: defender su identidad de la pasión que podía nacer entre nosotras —¿o debo decir entre mí misma? Yo llegué a necesitarla, a precisar de su compañía, pero en todo momento acechaba la som- bra del común parecido, de mis pasiones narcisistas, de intentar utilizarla en mi irracional batalla contra el Tiempo: si ella hubiese tenido otro rostro...

La sopa ya debe de estar. Le he echado todas las cebo- llas. Si me tomo los tres litros de un tirón, quizás re- viente de un colapso. O quizás sólo consiga un dolor de estómago. Bueno, por probar... Antes de mi última comida pasaré estas notas a lim- pio. Son una confesión original: no todos los dias se suicida un mito del cine a base de sopa de cebollas y... no sé si añadir unos cuantos valium. Vaya, no estoy se- gura. Esto de suicidarse es un arte complicadísimo. Y me empieza a doler la cabeza. Me voy a tumbar un rato y luego decido si sopa, valium o qué. Pero ahora tengo que echarme. Estoy cansada. Muy cansada. Soñaré conmigo. Con Mary Ann.

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III

—Malcolm, puta barata... ¿DÓNDE ESTÁ ELLA? El club de los punkys enanos está a rebosar. Piso ca- bezas y cojones buscando a esa maricona de McLaren. Las mesas de juguete vuelan al compás del pogo baila- do por dos groupies de cabeza reducida —»pinhead girls», en el original. Debo esquivarlas o alguna podría destrozarme una rodilla. En la barra, de medio metro de altura, el barman sin fémures prepara un combinado terrorista, de esos con los que atenta diariamente con- tra el estómago de la pasma disfrazada de canalla del East End. Me dirijo a él. —¿Has visto a McLaren? —No, todavía no ha aparecido. Y ojalá no lo haga: desde que anda buscando gente para su banda de freaks tengo a la clientela revolucionada. Llevo doce sillas ro- tas en lo que va de semana. —Es que estos enanos son muy espitosos. —Pues que se calmen o cierro el tinglado y me voy a París, que allí seguro que necesitan un Toulouse—Lau- trec para algún concurso de televisión. —En París se hacen más cosas aparte de andar a la caza de dobles de Toulouse—Lautrec. —Me importa un coño de arzobispo. Mi especiali- dad es Toulouse—Lautrec.

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Dejo al barman con su manía y me siento en un ta- burete microbiano en espera de que aparezca Malcolm. Pensar en el placer que me producirá abrirle la cabeza a patadas me levanta el ánimo. Me bebo las cervezas de la mesa vecina, aprovechando que sus dos ocupantes se andan haciendo la lobotomía con hojas de afeitar: algún problema de «¿no te gusta mi cara, ein?» o parecido. —Pepito... ¡Hey! El barman me hace una seria. La maricona mayor del Imperio británico hace su entrada triunfal en el pub. No me levanto al instante: primero apuro la segunda; acto seguido, parto el casco contra la frente de Cocoli- so, el cabezón más borracho de Londres, y me planto frente a Malcolm. —Ho—hola, Pepito... —¿DÓNDE ESTÁ ELLA? —¿De quién hablas, Pepito? Voy a estampar el casco de cerveza contra la jeta de la maricona pero noto un cierto peso en : cinco enanos y un poliomielítico se me han colgado de la manga. —No lo hagas, Pepito. Desde que lanzó al Podrido tiene mucha influencia. Las ruinas humanas tienen razón. Si le parto el mo- rro a esta cabrona, lo mismo la propia Reina se lanza a mi captura: no hay nada más asqueroso que un mana- ger under metido a nuevo rico... De cualquier forma, tengo que hacerle largar. —¿No sabes dónde está Mary Ann, querido?... SI TÚ LA HAS ECHADO DE LONDRES!! He abandonado el casco. Me limito a apretarle el ga- ñote con fuerza. Se va poniendo azul.

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—Malcolm, deberías verte en el espejo. Este make— up natural te favorece mucho más que todos los polvos y cremas del continente. Todos los enanos, pinheads y caos reptantes ríen mi gracia, pendientes del desenlace. Están hartos del ase- dio a que les somete esta loca para formar su maldito combo de disminuidos físicos. —Ella... ya no está... en la... ciuddd... ad... ni... en... la... isillg... —¿Dónde ha ido? La lengua del putón está a punto de tocar el suelo. Los mongólicos de las gillettes se sienten tentados a practicar la cirugía con tan desarrollado apéndice. —Especie de Calígula, me estás hartando. Dime dónde ha ido Mary Ann o tus futuros pupilos van a ha- cer hot dogs con tu lengua. —Y con la picha... Queremos la picha de McLaren colgada junto a la bandera. —Gabba, gabba, yeh... Gabba, gabba, yeh... —Uno de los enanos remeda un pasodoble. —La lengua y la picha... Sopa de rabo de manager: le venderemos la receta a Campbell. La Mari Malcolm empieza a sudar. Parece un semá- foro: de azul a verde y luego a violeta. —NO SÉ DÓNDE SE HA IDOOOOO!!!! Le doy una manga de hostias para quitarle la histe- ria y lo echo a patadas del pub. Sí, es sincero: el hijopu- ta ha arrojado a Mary Ann del país y con ello habrá quedado satisfecho. Me siento muy triste. Golpeo mi cabeza contra los restos de una silla hasta hacerla serrín mientras que Cocoliso, siempre consolador, vomita so- bre mi codo izquierdo.

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El barman se acerca, comprensivo, y, tras limpiarme la plasta de la cazadora, me sirve uno de sus combina- dos terroristas para hacerme reaccionar. Me lo bebo de un trago y la catatonia me ataca por tres minutos, al tiempo que mis tripas agonizan en pleno baño de nítri- co. Oh, cómo echo de menos a Mary Ann: es la tía más cojonuda que he conocido. —Lo siento, boy. Ese Malcolm es un mal bicho. Es la Dama Negra, la ex motorista que perdió la pierna y el ojo izquierdos en un terrible accidente. —Estuve por ella en más de una ocasión. Esperaba una insinuación para tirármela. Pero tú eras su tipo. Fi- delidad, así se llama lo suyo. Fue mujer de un solo hom- bre: tú. Nadie más la supo complacer. La Dama está a punto de cumplir los cuarenta. Es be- lla pero muy lesbiana. A pesar de ello, una buena amiga. Y eso que yo no soporto a las lesbianas. Pero ésta es es- pecial: antes del accidente estaba enamoradísima de un tío, un gilipollas de Chelsea; después, cuando estuvo en el hospital, él no la visitó una sola vez —por lo visto, no podía con los defectos físicos; al volver a la calle, la Dama estaba física pero también moralmente destroza- da; y empezó a comportarse como un tío, liándose con putillas teen del Soho, dirigiendo una escuadra de skin- heads neonazis, pero acabó pasando de todo y se refu- gió en este club de carrocerías averiadas. Hoy es la con- fidente-madre-padre-amiga-amigo de todos los asiduos. —Estoy pensando en matar a McLaren. —Es una locura. Esa basura est... —No le llames basura. Basura somos nosotros. Él nunca fue punk, sólo una loca de mierda, arribista y burguesa.

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—Bueno, pues esa joya está muy bien protegida. Son divisas, ¿comprendes? Matarlo es casi como matar a la Reina. —¡Dios Salve a la Reina! —Pero no a McLaren. —Desde luego. —Matar a esa guarra no es fácil. De todos modos, hay gente influyente que le tiene fila. —Creía que todos iban por las divisas. —Algunos ultras del Partido Conservador no le tra- gan. —Ya, los fanáticos. —Y qué más da. La cosa es tener guardadas las es- paldas. No querrás ir a la trena por un cerdo. —Anda, cuenta tu rollo. —Yo aún tengo amistades entre los pelones fachas. Para ellos, aunque me haya distanciado, sigo siendo un símbolo. Ya sabes, a mí no me va putear negros, por lo menos mientras haya gente que merezca mucho más ese puteo. —Como McLaren. —Por ejemplo. De cualquier forma mi relación con los fachas es un «live and let live»: seguimos teniendo enemigos comunes y, cuando hay que dar palos a esa gente, por supuesto que les apoyo. —Estás hablando de llamar a los pelones para car- garse a McLaren. —Nos proporcionarían una pantalla con los conser- vadores. Estaríamos protegidos en caso de que la poli- cía investigase. Incluso gente de la pasma nos echaría un cable. —No sé. Me parece mucha mierda para matar a un

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simple tío. No me gustan los fachas ni los polis y no quiero tener enemigos comunes. La Dama me mira seria. —Los enemigos comunes no se eligen... Pero olvída- lo: era una simple idea. Creo que la he herido. —Hostia, perdóname. Te agradezco la intención pero... Dejemos de hablar de esa puta de Malcolm. Que se muera solo. Al fin y al cabo, un tipo así no puede du- rar mucho. —Tienes razón... Eh, Toulouse, otro par de molo- tovs. La desagradable sonrisa de la Dama me hace sospe- char que sigue empeñada en su idea de mover fachas para cargarse a McLaren. Me dolería que la acabasen en- chironando pero, si se empeña en hacerme-se «un fa- vor», nada ni nadie torcerán su voluntad. En fin, si la co- gen, yo testificaré en su defensa o iré a la cárcel con ella. Es una Dama y no merece pudrirse sola en una celda. —Mary Ann: eso sí que es una tía. Brindemos a su salud, dondequiera que esté, hey, Pepito... —A su salud... La Dama se va y yo me quedo hundido en la mesa contemplando el vaso vacío. Suena en el tocata algo de los Ramones. Las jóvenes oligofrénicas botan y rebotan a mi alrededor como copos de maíz tostado. Me las ti- raría a todas, pese a su tremenda fealdad, sólo para cal- mar este muermo. Y es que no puedo dejar de pensar en Mary Ann. Recuerdo la primera noche que la vi. Fue en una actuación nuestra. Iba cubierta de túnicas y bufan- das: parecía una mezcla de beatnik y Miss Marple. Se agitaba al compás de nuestro «Boredom Fire» como si

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llevase un cohete en el culo. Y en esto que empieza a le- vitar. Levitó hasta caer en mis brazos. Me tiró el micro y me tiró a mi. Se produjo una ola de pánico en la sala y todos los jóvenes punks arrasaron el local en busca de la salida gritando: ¡Carrie, Carrie! Cuando el club que- dó vacío no había nada sano sobre el suelo. El dueño no nos quiso pagar y gritó que jamás volvería a contra- tar a un grupo de pelones, que prefería a los babosos, tan quietos ellos, y a quienes se podía fumigar con ma- tapiojos sin que se mosqueasen. Pasando de aquel calvo, nos fuimos al apartamento de Plaqueta, batera de las Paquiderma, grupo de tías donde la condición para entrar era pesar más de dos- cientas libras. Llegamos y, cosa extraña, no había casi nadie: sólo Plaqueta y Euripigo, su amante de cara de pájaro. Estaban jodiendo, así que no les molestamos demasiado. Nos metimos en la habitación contigua y hablamos de la grandeza y miseria del punk durante toda la noche, entre tragos de champagne —no le gus- taba la cerveza local— y restos de pudding de avutarda, una de las pasiones de las Paquidermas. Ella resultó ser un poco facha, lo cual me pareció insólito en una talidomídica. Hablaba de los demás in- válidos como seres inferiores. Era divertido oírla. En ocasiones me recordaba a la Dama pero otras era sal- vajemente dulce, tierna como esas heroínas cinemato- gráficas del pasado. No se excitaba por nada, sino que mantenía en todo momento una fría serenidad, como si nos estudiase a todos. Sólo hay dos mujeres que han conseguido helarme la sangre y dirigirme igual que un caniche: la Dama y Mary Ann. A eso de las siete, ya amanecido, no sabíamos de qué

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hablar. Los dos apestábamos a alcohol y pudding mal digerido. Entonces me ofreció un chicle de hierbabue- na. Yo, para demostrar que era muy punk, me lo tragué con envoltorio y todo. Ella se rió y me explicó que mas- caba chicle para tener un aliento fresco. Yo no entendía lo del aliento y le dije que el aliento del punk es fétido y que Johnny Rotten tenía los dientes verdosos. Ella hizo un gesto de repugnancia y replicó que era una suerte es- cuchar a los Sex Pistols sin tener que oler el aliento del cantante. Esto me cabreó muchísimo y, tras gritar «VIVA EL MAL OLOR!!!», me di de cabezazos contra la taza del váter, a ver si me la cargaba y nos llenába- mos de mierda. Ella, muy suavemente, me pidió que de- jara de hacer el imbécil y me portara como un caballe- ro. Jamás en mi vida me habían pedido algo así, por lo que, después de tropezarme con la enorme Plaqueta, que dormía obstruyendo el pasillo, regresé al cuarto donde Mary Ann acababa de desnudarse y me espera- ba suspendida cerca del techo. Hicimos el amor en extrañas posiciones, desafiando la ley de la gravedad. Supongo que el Kamasutra habría llegado a desarrollar algunas de ellas, de no haberse in- terpuesto en la historia el metomentodo de Newton. Me dejaba llevar por las singulares movidas y sugeren- cias que ella inventaba a cada momento. Y aquella pa- lidez suprema, nunca vista en otra tía, lo inundaba todo con una luz como de láser. Lo único que había tragado en toda la noche fue el champagne y el pastel de avu- tarda, pero me sentía completamente psicodélico: fue terrible para mi reputación punkera. Mary Ann clava- ba sus pezones chiquitillos en mi pecho como hipodér- micas de sexo y plus-sexo. Su mano de pato estaba dis-

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puesta a echar a volar en cualquier instante: tal era su meneo. Y el rostro... Toda la noche dándole vueltas a quién me recordaba y, justo en la primera trempada, lo vi: —TÍA, ERES IDÉNTICA A GRETA GARBOOO- HI!! No entiendo cómo, tras aquella hora de plus—sexo, no encanecí del todo. Tanto placer no lo acabé de asi- milar en dos semanas. Y dos semanas fueron suficientes para que el manager más hijoputa del cosmos enloque- ciera de celos. Era curioso el contrato de mi grupo con McLaren: el sesenta por ciento de la pasta para él y, además, yo. Tenía que tragársela al cabronazo para que no perdiera el interés por nuestra «carrera». Tenía que soportar su presencia, sus planes de «matrimonio», y sonreír como una baby—doll pelona a todas sus insi- nuaciones. Pero cuando apareció Mary Ann aquello se acabó. Y la maricona empezó el contraataque. No ten- go ni idea de qué clase de armas se ha valido para echarla. Lo único cierto es que no la volveré a ver. Ella cantó éxitos de Ruth Brown para mí, acompañada del piano eléctrico del chepa Hoggins. Apenas tocaba el te- clado: jugaba mucho con la telequinesis. Y su voz era potente, de las que acoplan micros sin esfuerzo. Una madrugada hicimos una jam con gente de las Paquider- mas y de los Agujeros Profundos. Empezamos recitan- do poemas de los Scaffold al ritmo de la balalaika de Serge Schtroumpsky, bajista de los Agujeros. Para au- mentar la comicidad de los textos, ya de por sí diverti- dos, añadíamos toda clase de morcillas y muecas. Hubo un momento, al soltar Plaqueta lo de «amo tanto a los tallarines que me gustaría ser como ellos», en que las

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carcajadas alcanzaron su cota más alta y estuvimos a punto de perecer ahogados entre cerveza y empareda- dos de atún. Después, nuestro batería propuso dar una vuelta hasta el club de los Rinocerontes y seguir allí la bronca. Este club era notable por sus platos de pollo a la cane- la y por poner los discos más estruendosos al más alto volumen, provocando las protestas del teniente Riffle- berry, militar retirado, quien, cuando su paciencia llega al límite, no llama a la pasma —según él completamen- te ineficaz—, sino que se dedica a tirar granadas contra el club, con tan mala puntería que siempre acaba re- ventando a alguna puta o a las viejas que buscan en los basureros. Generalmente, a la tercera granada, los del club bajan la música no sea que el viejo Riffles despan- zurre a medio vecindario. La cosa es que seguimos la idea de nuestro batería y nos tiramos a la calle bien envueltos en abrigos de an- fetamina y bufandas de licor, aunque las Paquis es ob- vio que no necesitan demasiado abrigo. Pierre Bata- clán, teclista de los Agujeros, se había subido al moño de Lucinda, guitarra de las Paquis, y desde allí dirigía animados discursos a la calle vacía, mientras se medio corría besando la melena turquesa de su montura. Era como Stewart Granger a la caza del tigre... Al cabo de media hora de caernos por el asfalto y meternos mano las unas a nosotros, la gran cabeza iluminada del uni- cornio apareció como diciendo «Eh, tíos, seguid la juer- ga adentro, antes de que empiecen a llover granadas...» No habíamos acabado de cruzar la puerta cuando vi- mos algo pequeño y redondo dirigirse hacia la pareja Pierre-Lucinda. Estábamos demasiado borrachos para

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reaccionar: sólo pudimos gritar algo sin sentido. Pla- queta intentó empujar a Lucinda —sólo una paquider- ma puede mover a otra: es una ley física— pero trope- zó. En fracciones de segundo, justo cuando la piña estaba a punto de volar la cabeza de Pierre, Mary Ann movió la silla, alzó la vista y la clavó en el proyectil. Éste, desafiando toda lógica, invirtió su trayectoria... Una explosión lanzó por los aires buena parte del dor- mitorio del viejo Riffles, que consiguió salvarse precipi- tándose a la toilette, según declaró después a The Sun. Durante unos minutos nos quedamos lelos, intentando asimilar los sucedido. Al fin, en un ataque de y gratitud, Lucinda y Pierre se abalanzaron sobre su sal- vadora, comiéndosela a besos y caricias. Pronto la no- ticia se corrió por todos los clubs: mi chica favorita se había convertido en una institución. Hoy, todos los que la conocieron, no sólo la Dama y yo, se sienten más vacíos, más pesimistas, más «no fu- ture». Las Paquidermas, en especial Lucinda, han em- pezado a perder peso y sus shows han decaído. Los Agujeros se han ido a un tour por Europa, con la espe- ranza de volver con Mary Ann. En cuanto a nosotros... Estamos hartos de McLaren, de la ciudad, de la isla, del mundo... Sobre todo, yo. —Eh, Toulouse... ¿A qué hora viene Buffo ? Buffo es el proveedor habitual de heroína del barrio. Su mercancía está siempre en tan pésimas condiciones que sólo la compran los muy adictos o aquellos que de- seamos acabar de una vez con todo.

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IV

—¿Quién es esa? —¿La inválida? —¿Quién es? —Una amiga de la Murdock. ¿Te interesa? —¿Cómo se llama? —Mary Ann, creo. —Vaya, apagaron las luces. —Sí, y apaga tú también esa furia preguntona que te ha dado de repente. Luego bajamos y os presento... Mira, los Pegamoides han cogido un liricón. Lo que no se les ocurra a ellos... Servidor no prestaba la menor atención ni al liricón de los Pegamoides ni al bajo ni al batería ni a nadie. In- tentaba adivinar, entre la penumbra de las butacas, aprovechando los giros de los focos, aquella cara páli- da, aquel perfil de hielo, aquellas profundas ojeras y aquel cabello liso, que parecían rodear de contrastes la sonrisa esbozada, plena de escepticismo, de alguien que, seguramente, tras el concierto, regresaría a su ho- gar en el Olimpo. Pero nada: por más que me esforzaba, era incapaz de distinguirla entre las manadas de punks que bramaban obscenidades y despropósitos a la paciente Alaska. —¿Me hacéis un sitio?

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Una voz rezumando madurez —y no esa «madurez» grotesca que se usa como eufemismo para definir cor- tésmente a los viejos fetos malayos, sino la sublime, la genuina— llenó la completa oscuridad del entresuelo, aunque apenas si fue un susurro. —Anda, pero si es Mary Ann. Levanté la cabeza como movido por un resorte, su- mergiéndome de lleno en la certeza iniciada por su voz. Ella acercó su silla hasta mi altura, situándose entre mi amigo y yo. —¿No querías conocerla? Pues, hela aquí... Mary Ann, Fernando... —¿Qué hay? Mis ojos no acababan de distinguirla entre la pe- numbra del palco. Iba cubierta con una especie de pon- cho y la melena lisa le cala por la mitad del rostro. —Fernando es un admirador tuyo: no te ha quitado el ojo en toda la tarde. Le ofrecí la mano para saludarla. Hubo un momen- to de vacilación. Mi amigo me hizo un extraño gesto con la mirada. —¿No te importa estrechar la otra...? Es la única que puedo ofrecerte ahora. No sabía dónde meterme. Apreté su mano durante un instante que me pareció una eternidad, trastornado por la vergüenza y fascinado por sus facciones medio iluminadas que me traían a la memoria otro rostro, otra época... Ella sostenía mi mirada con una expresión de comprensión infinita, como a la espera de mi próxima reacción. Reacción que no tardó en producirse: en uno de los cambios de luces, la penumbra del palco se hizo claridad por unos segundos y vi aquella cara «por pri-

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mera vez»... Seguía apretando su mano. Fue instintivo: la llevé a mis manos y lloré sobre ella. Era una mano suave, caliente, cegadora en su rabiosa palidez. Una mano que, tras la sorpresa, acarició mis párpados y secó mis mejillas con dulzura. Mi amigo no sabía qué decir: todo lo que estaba sucediendo era demasiado para él. Un momento después, Mary Ann recuperó la com- postura y nos empezó a hablar como si nada hubiera sucedido. —Estaba abajo, con Anne y algunos de los Magno- lias. Te vi aquí arriba y se me ocurrió subir. Por si se veía mejor. Mi amigo sonreía forzadamente, intentando seguir la conversación. —¿Y... no suben ellos? —Supongo que sí. Ya sabes cómo es Anne: se pone en plan madre y parece que la única rolling soy yo. —¿Rolling? —Perdonad: aún no he logrado deshacerme del ar- got de Londres. Allí, los punks llaman a los inválidos rollings. Por eso de ir siempre sobre ruedas. —Pues no le veo la gracia: me resulta una... Mi amigo se había indignado. O, al menos, puso cara de estarlo. — ... grosería? —Qué va hombre: es un rasgo de humor. Me gusta la gente que me trata con gracia, que se ríen y me hacen reír. —Se volvió a mí—. Me gusta la gente sincera, que ríe y llora: odio las máscaras de piedad. Mi amigo empezó a incomodarse. —Bueno, yo voy un momento al bar. Os traigo unas cervezas, ¿vale?

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Nos quedamos solos en el palco. En el escenario, los Pegamoides acababan su versión de la sintonía de cier- to programa de Rodríguez de la Fuente. —Perdona mi reacción de antes. He debido parecer- te un histérico. —Ojalá todos reaccionaran como tú. Ha sido en- cantador. —El único encanto aquí eres tú. Volví a jugar con aquella espléndida mano, que ar- día entre las mías con una fiebre seca, como un mineral arrojado por la lava. —¿Desde cuándo estás en Madrid? —Hará cosa de un mes. —¿Eres familia de la Murdock? —¿Quieres decir si lo nuestro es contagioso? —Por favor... —Era una broma. No, no somos parientes. Yo cono- cía a los Murdock desde la infancia. Anne fue para mí como una hermana mayor. —¿También eres escocesa? —Sí. Pero dejemos de hablar de mi infancia... Ahora cuéntame tú. O mejor, vamos a interrumpir la charla y ver a los Pegamoides, que para eso he subido. Mi amigo apareció con las cervezas. —Anne y los Magnolias estaban en el bar. Ahora vienen. Dicho y hecho: al minuto, la juguetera hacía su en- trada en el palco, seguida por el fiel Luiscar, que empu- jaba la silla, y por su hermana, haciendo equilibrios con varias latas de zumo de piña. La diminuta Conchiri ce- rraba la comitiva, medio oculta tras una bolsa de pata- tas de tamaño familiar.

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—Los Pegamoides están magníficos esta noche, ¿eh?... Toma nota, Eulalia: separarnos ahora es una tontería. Entre Conchiri, tu hermano y tú podéis reha- cer la banda perfectamente. Es un buen momento para Magnolias. La gente ha empezado a hablar de vosotros desde la actuación de despedida. Y ya han pasado algu- nos meses... —Anne tiene razón. Vamos, no os hagáis de rogar: Mary Ann, que tiene experiencia, os puede echar una man... Mi amigo consideró que había metido la pata. Su turbación fue respondida por una carcajada de las dos inválidas. Al ver reír a Mary Ann, no sé por qué, recor- dé algo. —¿Os gusta Lubistch? —¿Decías? —No, nada, nada. La actuación de los Pegamoides había acabado. Mi amigo desapareció poco antes, en pleno auge de las car- cajadas, pretextando una excusa que nadie llegó a en- tender bien. Mientras salíamos hacia las escaleras y los ascensores, Anne dio su rotunda opinión sobre el au- sente. —Ese tipo es cada día más idiota. Su «delicadeza» ante una silla de ruedas me pone enferma. Espero que, tras lo de hoy, se distancie de nosotras una temporada. —Apoyo tu deseo. Las dos escocesas pasaron a una charla privada en inglés, que los Magnolias y yo, simples «coolies», escu- chamos sin captar nada. No pretendo dármelas de agu- do pero creo que el tema fui yo. Ya en la calle, Anne, con su desparpajo habitual, nos invitó a continuar la

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velada en su casa. Yo me encargaba de llevar la silla de... ¿Por qué esa asociación entre las carcajadas y Lu- bistch? La ranchera de los hermanos Del Pino esperaba en una esquina, convertida en una nueva furgoneta «Ironside» gracias a la habilidad manual de Luiscar, cada día más entregado a la juguetera... y a todas las amistades «similares» que ésta acogiese. —Anne, en tu casa no vamos a caber todos. —Sí, puede que tengas razón. —Vamos al chalet: los padres siguen fuera. —Llevan ya una semana, ¿no? —Es que después de Berlín, se iban unos días a la Selva Negra, que mamá tiene una fijación. Cuando nos pusimos en marcha, la charla privada se reanudó. Yo me concentré en la discusión que mantení- an los Magnolias sobre la conveniencia de resucitar la banda. —Podríamos funcionar como trío: bajo, batería y un piano eléctrico. Porque, después de la última, olvídate de Néstor. La «última» había sido la marcha del joven mago del sonido a una facultad de Australia, donde quería se- guir unos cursillos sobre música aplicada a experimen- tos de conducta animal. —Pues Mary Ann de solista. —No empecemos a elucubrar. Yo haría, durante unos meses, un trabajo tranquilo, casi de aficionados: sin Néstor, no lo olvidéis, vamos a partir de cero. —De cero con cinco. Era una conversación deprimente. Los Magnolias habían sido un gran grupo, aunque bastante minorita- rio. Toda su grandeza y su declive se los debían a Nés-

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tor, el cual había dotado a la banda de complejos siste- mas de sonido. Complejos y caros: tanto que no pudie- ron conservarlos por mucho tiempo, derrumbándose el castillo de espléndidos conceptos en que se basaba el es- tilo de Magnolias. Sin darme cuenta, el murmullo de la otra charla me trajo la imagen de todo lo ocurrido en el palco. Me hu- biera gustado volverme y sonreír a Mary Ann pero no me pareció correcto. Con la nariz pegada a la ventani- lla, me dejé llevar por las conversaciones y el rítmico paso de las farolas de la autopista. Cuando llegamos al chalet, estaba casi frito. Serían las once, más o menos. La mole chata de la hermosa casa parecía dormir, completamente oscura. Alguna vez había ido al chalet, de visita y por la tarde. Pero el pasar toda una noche allí, no sé, se me hacía ex- traño. Los Magnolias entraron rápidamente, iluminando el porche y el living. La juguetera se había rezagado y aca- riciaba un pequeño mastín de piedra rodeado de cés- ped. De repente me vi empujando las dos sillas mientras los cabellos de ambas escocesas se perdian entre mis de- dos dubitativos ante aquel par de maravillosas nucas. Al llegar al living, Luiscar rebuscaba entre un mon- tón de discos, y las voces de Eulalia y Conchiri se oían desde la cocina. Las dos sillas se escaparon de mi con- trol: la juguetera se dirigió hacia donde creyó necesaria su presencia —es una estupenda «femme de cuisine»— mientras que Mary Ann se acercó al pick—up, curiose- ando en la selección que hacía Luiscar. —¿Nada de blues? —Sorry: lo más, soul blanco.

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—Bueno. —Hecho. Luiscar sacó la recopilación No Goodbyes. Tras un cuchicheo con... —yo seguía dándole vueltas a Lu- bistch—, se decidió por el tema «Love You Like a Bro- ther». —Bueno, os dejo. Voy arriba a ponerme cómodo. El hermoso y desgarbado Del Pino desapareció por una escalera de caracol. La voz sugerente de John Oa- tes, en elegante mezcla con la de su compañero, llenó el salón de ritmo e imágenes de calor. Mary Ann parecía escaparse con la música hacia algún rincón de su me- moria. Yo seguía fascinado el movimiento de su cabeza, sus ojos entreabiertos, su amago de tarareo... —¿Os gusta la sopa de hierbabuena? Anne, Conchiri y Eulalia hicieron su entrada triunfal con un humeante cuenco de algo que pareció embriagar de placer a la amante del blues. —Oooooh, qué detalle... ¿De quién ha sido la idea? La juguetera sonrió hermética mientras que las dos Magnolias colocaban el servicio de mesa. —De noche no hay nada como una sopa caliente... No sé cómo algunos estropean sus pulmones con kif... Hábito deplorable frente a... No acabó la frase. Nos hizo una seña de atacar la sopa y nadie dijo palabra durante la cena, como si la fascinación emanada del puchero nos hubiese alcanza- do a todos. Bueno, faltaba Luiscar, el cual debía estar bastante cómodo en su cuarto, olvidándose del resto de los mortales. Como a nada conducía preocuparse por lo que ya era usual en su conducta, no se le extrañó en la mesa.

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Tras la sopa, Conchiri sirvió una ensalada de alca- chofas y espárragos con bearnesa y, de postre, jalea de grosellas rojas, inmoral de puro dulce. —No os traguéis todo. Hay que guardarle un plato a Luiscar. Conchiri se arreboló diciendo esto. Seguía adorando al maniático hermano de Eulalia, pese a que él sólo te- nía ojos para la Murdock, aunque ésta era demasiado inteligente para dejarse envolver en un amorío «sum- mer of...». —Lo mejor será que le subas ya la cena. Conchiri se sintió acariciada por el guiño omniscien- te de la juguetera. —Eulalia y yo fregotearemos un rato... Eeeh, chitón: mártires, no. Un gesto de Anne cortó la protesta de Conchiri. —Venga, sube... Otro día fregarás tú. La diminuta teclista de Magnolias desapareció con una bandeja repleta por la escalera de caracol. Anne y Eulalia recogieron el servicio y se perdieron en la co- cina, no sin antes hacernos la juguetera una sugeren- cia: —Enséñale la casa a Mary Ann... Podéis ir al cuarto de Alicia, por ejemplo. —El cuarto de Alicia era una singular habitación, mitad dormitorio, mitad saloncito, decorada exclusivamente con reproducciones de las fa- mosas fotos de niñas de Lewis Carroll: una perversión del padre de los Del Pino, por lo visto. Al entrar en la estancia, Mary Ann se echó a reír de una manera especial, como si recordase alguna broma pesada. Pero sólo fue un momento: enseguida recuperó su expresión serena y se dedicó a inspeccionar el cuarto

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con todo detalle. Yo retomé el hilo de la contemplación estática en la que me había sumido antes de la cena. Pasaron unos minutos o unas horas: la cosa es que perdí la noción del tiempo. De improviso, me encontré la mirada del palco pero mucho más fría. —¿Te doy pena? Había tal carga de odio en aquella pregunta que me sobresalté. No era un odio nacido del rencor, sino más bien algo desdeñoso, creado por el hastío de verse ro- deada de inferiores. Me acordé de cierto personaje de cómic que poseía esta misma clase de odio. También me imaginé al demonio, en todo su poder, preguntán- dome aquello. Ella se dio cuenta de mi estado y esbozó una sonrisa, sin esperar respuesta a lo que no la tenía. Porque, ante Mary Ann, la pena podía dar lugar a un diálogo para besugos: no venía al caso... Cómo sentir pena de... —NINOTSCHKA!!!! Claro. Ahí estaba la asociación con Lubistch. Frente a mí tenía a una Greta Gustafsson mutilada y deforme, y sin embargo radiante de pura belleza. Como si ningún defecto hubiese maltratado su físico. La revelación ele- vó en unos instantes la fascinación ejercida. Porque su mirada, su palidez, ante aquella certeza, adquirían unos tonos capaces de romper cualquier equilibrio. Y, hablando de equilibrio, esto... —No pongas esa cara de oligo: ¿nunca has visto le- vitar? Poco a poco se fue despojando de todos los trapos que la cubrían, hasta quedar como vino al mundo. A pocos centímetros del techo. —¿Qué es... eso que... te... sale del... homb..?

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De nuevo la risa, al tiempo que descendía lentamen- te hasta mullirse en la imponente cama victoriana. Lo que le salía del hombro no paraba de agitarse en frené- ticos aleteos. No paraba de reír. Su cuerpo terminaba a la altura de la ingle. Toda su piel parecía cubierta por un maqui- llaje de clown: tal era su ausencia de color. Reía y reía. Sus pechos pequeños y desafiantes core- aban también aquella imparable hilaridad. Y su cuello, su vientre, sus caderas, todo era elástico, como los de una contorsionista. Caí en la cama a su lado. La contemplaba estúpida- mente, con esa laxitud que da la saturación del éxtasis. Nuestras lenguas estaban a escasos centímetros una de otra: la suya, hiperactiva, chocaba entre los dientes, loca por las carcajadas que la hacían vibrar; la mía, tímida, lela, asomaba sin movimiento... En un instante se entre- lazaron y, con ellas, brazos, muñones, cosas aleteantes, pubis, jadeos, suspiros, secretos, restos de risa, volunta- des, destinos, universos, unidades, decenas, centenas de minúsculos paracaidistas, de gotas de sudor, de saliva con aroma de hierbabuena... Millones de partículas de amor activado que filtran el mundo para que los dos go- cemos del sabor puro de... —AAAAAAH!!!! —¿Decías? —Pues... Era difícil mantener la conciencia del propio acto de amor junto a aquella diosa primordial, tan irracional- mente femenina que se salía de su sexo, elevándose a cotas sublimes, dando al encuentro primerizo una cate- goría de secuencia mística, algo tan lleno de efectos que

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buscarle un mero valor erótico carecería de sentido. Si un hipotético voyeur hubiese sido testigo de la escena, no habría recurrido a prácticas masturbatorias, sino que, caído en tierra como un poseso, habría perdido para siempre la noción de los goces sexuales, ciego ante la visión de lo Tremendo. La única realidad posible era que quien hubiese ju- gado al amor con Mary Ann quedaba seco para el res- to de sus días, incapaz de sentir el imán de otras muje- res, las cuales encogerían en ridícula imagen ante el recuerdo de la única piel blanca, de la única serenidad sobrehumana, de la única capacidad de entrega que ja- más llega a la renunciación total. Todos los misterios que saben los grandes locos «d’amour», desde Carroll hasta alguna gente que conozco, se resumen en el Mis- terio Supremo del encuentro inesperado, de la virgen— macho llamando al claustro sacro del dios—hembra. De Mary Ann, la cual, en su salvaje deformidad y asimetría, era, es y será LA MUJER MÁS BELLA DEL MUNDO. Así fue como la conocí.

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Flash-back (ápèndice al capítulo IV)

Estás tendida sobre el húmedo césped de los jardines medio abandonados. El cosquilleo de las hormigas por tu mano te va sumiendo en una lenta, inacabable mo- dorra. Vas confundiendo la tristeza uniforme del cielo gris con la pelambre del pastor irlandés que descansa a tu lado. Sientes deseos de incorporarte pero es imposi- ble: la sobrecogedora quietud de la tarde ha puesto sus dedos sobre tu pecho aún inmaduro y se derrama en ca- ricias de brisa tibia, en aliento del amante soñado por las niñas habituadas desde la cuna a la soledad. Tu ami- ga hace un rato que se fue: prometió volver con la me- rienda. El recrearte en la imagen de su regreso, en lo que traerá en la bandeja —tu amiga es una futura «fem- me de cuisine»—, en la atávica protección que te inspi- ra tu edad —te lleva casi diez años—, todo ello aumen- ta la sensación de bienestar, de plenitud del orbe íntimo, y así pierdes el sentido de la frágil realidad. —Pssst... Tu amiga te ha cogido en brazos y sentado sobre la manta que oculta los motivos de tu invalidez. Sus ma- nos grandes se han perdido por tus muñones mientras que sus labios se posaban en tus párpados. Tú, envuel- ta en éxtasis de mimos, has estallado de amor en la bre- ve dimensión de tus nueve años: has ronroneado por

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entre su pelo, has mojado de alegría sus mejillas colo- radas, has besado hasta morder su cuello y hombros, has apretado sus pechos como reclamando la satisfac- ción que se te negó al nacer, has sentido brotar en el pu- bis —sin extremidades que lo defiendan— ese escalo- frío que sólo los niños conciben y que muchos mayores cansados llegan a añorar con desesperación, y, final- mente, has acabado por empapar la manta con una gran meada. —Cada día que creces eres más niña. Tu amiga no se enfada nunca. Está hecha de pacien- cia y amor. Dedicada a ti, aunque tú lo ignores —en el limbo de tu edad— y la consideres, simplemente, tuya. En compensación por todo lo que la vida te debe. Tu amiga te ha sentado en la gran silla de enea, sobre cojines de plumas de pato mandarín, ante la mesa con tabla de mármol repleta de viandas. Tu vista se aturde: diez clases diferentes de confitura —grosellas rojas y negras, frambuesa, fresa, naranja dulce, lima, ciruela, pera, sandía, melón; manteca de vaca, cabra y oveja; cuatro variedades de membrillo; el monumental plum- cake; y la hogaza de pan moreno; y, en el centro, el pe- rol con té de hierbabuena y la jarra de leche. —Vamos, mujer, empieza y deja de mirar... Empezar, sí, pero por dónde: las mil y una delicias, los mil y un detalles de afecto cubren la elipse veteada en rosa y blanco. Es tan tierna, tan impagable esta in- decisión ante tal cascada de pequeños placeres, de ca- prichos para llenar el estómago y la tarde, que tu ánimo se muestra embriagado en la prolongación infinita de la disyuntiva. Pero, al fin, por dar el primer paso en este edén de sabores, hundes la cuchara en el bote de confi-

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tura de naranja. Tu amiga, entonces, se dispone a servir el té —con leche y mucha, pero que mucha, simpatía. El pastor irlandés se incorpora, al aroma de los mil aromas, y traslada su sestear hasta los pies de la mesa, donde recupera su señorial indolencia, en la seguridad de que sus dotes de catador no serán desperdiciadas. También las hormigas parecen darse cuenta de la situa- ción y se cuchichean al oído la conveniencia de situarse bajo la enorme elipse que tapa el cielo. Tu amiga y tú apenas habláis mientras coméis. Para qué vais a hacerlo, si habéis llegado al entendimiento perfecto, en el que las palabras sobran como polizones en alguna fiesta íntima. Porque eso es vuestra vida, una constante, una perpetua fiesta íntima. Poco a poco, entre vosotras dos, el perro y las hor- migas vais dando cuenta de las casi diez libras de fanta- sía sobre pan, encantos para untar o, sencillamente, fairy tales sacados de la despensa. Y, como, pese a todo, tu capacidad digestiva se halla acorde con tu edad hay un momento en que suspiras: —Bffff... No puedo más. Este suspiro es acogido con clarines y trompetas por las hormigas y con un abandono de la indolencia por el pastor, que espera atento el maná de las sobras. Las caricias de la brisa se han vuelto punzadas de ti- ritera y tu amiga piensa que es tiempo de entrar en casa y decir adiós al gris y al verde que limitan vuestra exis- tencia. En sus brazos vas pasando a colores más cálidos como el rojizo de la chimenea encendida o el amarillo de las aves y murciélagos de cristal a guisa de lámpara. Quizá cojas ese volumen de Lord Dunsany y, acurruca- da junto al fuego, viajes por un rato a Carcasona, mien-

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tras que tu amiga vuelve la saqueada cocina a su primi- tivo orden. —Good night, baby...

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V

Pobre Pepito. Está desecho. Y todo por esa hiena de McLaren, que alejó la última esperanza de vida que nos quedaba. Hoy este barrio parece más oligo que de cos- tumbre. Ojalá que todos fuésemos microcéfalos como las punkys del club. O enanos habituados al ras del par- quet, incapaces de amar a quien no se merecen. Aunque hasta sobre pinheads y blockheads ha caído el velo de esta ausencia atroz, esta última trastada del Destino, hoy vestido de maricona. Me da mucha pena Pepito. Sería capaz de unir nues- tras dos tristezas, olvidándome de esta fama de tortille- ra que me he hecho con el rencor, el parche y la pata de palo, tan sólo por no verle hundido. Qué divertido: has- ta tengo instinto maternal. Llorando en «mono» por el amante de aquélla a la que amo. Y la verdad es que siempre me conformé con verla feliz: los celos carecían de base ante su encanto, su «no ser de nadie», su ilimi- tada comprensión de las tragedias próximas. Ella me en- señó en alguna conversación, en una breve caricia, en sonrisas esbozadas, que podía confiar en su ánimo. Pero sin dar paso a explosiones físicas porque en aquel mo- mento lo que deseaba era jugar a «novia» de un punk. Esta acera... a ver cuándo la arreglan. El día que me caiga en uno de los hoyos no me levanta ni Dios con Su

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Infinito Poder. Y ya está mirando el cerdo de siempre. No entiendo de qué vive: se pasa el amanecer, la maña- na y la tarde asomado al balcón. Y por las noches dor- mirá, supongo. Claro que puede ser insomne. Aaaay, que me vooooy...

—Eh, tenga cuidado. Esta calle no tiene carril para cor- sarias. ¡Ah, ah, ah! Encima gracioso. —¡Capón, malparido, que lo tuyo es desde la cuna! Lo «suyo» es una obesidad porcina y una buena che- pa. —¡Puta, jodía coja! —¡Tus muertos! ¡Tuerta, feto! Uy, ¿pues no se me cabrea...? Bueno, la cosa es que ya pasé los baches. Pero voy a tener que cambiar de re- corrido o acabaré reventándole los sesos de una pedra- da al... —... aborto... —... ese. Aún grita: parece que le ha dado fuerte. Una buena apoplejía le vendría de perlas. Espero que Pepito se haya animado algo: lo de matar a McLaren no le ha hecho mucha gracia. Sí, tal vez me haya pasa- do. —Hola, Dama. —¿Y Pepito? —Pueeees... —¿Qué pasa? —Lo han encontrado en un almacén cercano. —¿Cómo? —Le compró mercancía a Buffo. —¡Oh!

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Me cuelgo de la barra. Toulouse me sujeta por los hombros. —Arriba, Dama. Tú no puedes abandonar. Lo ha dicho con una voz extraña. Como guardándo- se la bilis. Me sonríe. —Un molotov te dará cuerda. —¿En qué hospital está? No dice nada. Sólo prepara la bebida. Cocoliso se me acerca. —Lo han llevado al depósito. Apuro el vaso de un trago. Debo mantenerme sere- na... ¿Qué quiso decir Toulouse con...? —Arriba, Dama. Nosotros te ayudaremos. —Voy... a verle. —Espera. Cierro el local y te acompaño. No estás para ir sola. Coco, echa a las pinheads. El cabezón desconecta la música y saca fuera a las cuatro oligos que bailaban sin mucho ímpetu. No pien- san pero sienten: mierda de natura... Toulouse se coloca la gorra y salimos a la calle. —¿Estás mejor? —¿Llamo a un taxi? —No—no hace falta... El depósito está... cerca. —Es lo bueno de este barrio: no hay drugstore pero «eso» lo tienes al lado. Cocoliso suelta un corte de mangas al ciclo. Vamos a buen paso, dentro de nuestras posibilidades. La gente nos mira: unos vuelven la cabeza para ocultar el repelús y otros, conocidos, se acercan mohínos. —¿Cómo fue? —Yo acabo de enterarme. —La noticia ha corrido como la luz.

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—Ya lo ves, Dama... Esto no puede quedar así. La voz de Toulouse se me hace obsesiva. Varios ami- gos de Pepito se nos han unido y, cada pocos pasos, se- rios, espectrales, vienen más. Un denominador común en la mirada: odio. —¿Lo saben las Paquis? —Están allí. Con el resto. Llegamos. Un montón de punkies se agolpan a la en- trada. Veo policías vigilando en la otra acera. Un tío de bata blanca nos impide el paso. —Esto no es un concierto: ¿qué os habeis creído? —Le aconsejo que no haga chistes, si no quiere ver- se dentro como inquilino. El que ha hablado es el batería del grupo de Pepito. —Déjenos entrar. Somos sus amigos. Sólo queremos verle un momento. Logro convencerle. Entramos unos treinta. Una em- pleada bajita con pinta de comadreja nos lleva hasta la habitación. —Hace diez minutos, unas gordas estuvieron aquí. Se pusieron histéricas y las tuvimos que echar. Las Paquidermas... Mirando la escasa talla de la em- pleada y el aspecto apocado del tío de la puerta, no sé cómo lo habrán hecho. Mover a una Paquiderma, enci- ma histérica, no es tarea fácil. —¿Por qué lo han desnudado? —Es la costumbre... Bueno, les dejo. Y nada de gri- tos. A la primera pataleta, salen todos como balas. La comadreja se va muy digna. Nos quedamos fren- te a Pepito. Está como vino al mundo, sin siquiera una sábana. Parece un niño, flaco, pelón, sin apenas vello. La muerte lo ha reducido a la mitad. Pero es tan her-

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moso. Tanto, que su desnudez me pone nerviosa. Blan- co, completamente blanco. Un ramalazo necrófilo me recorre el árbol de los de- seos. Para apagarlo me dedico a mirar a los que me ro- dean: jovencitas de llanto mudo, punkies de labios y puños cerrados a punto de desmoronarse, enanos olis- queando el cuerpo, alguna lesbiana arrepentida... Aca- ricio la fría figura. Todo es suavidad. Menudo punk es- tabas tú hecho... Mis dedos vuelan sobre el rostro de mimo groggy. Bajan y se engarzan en el fino cuello, tamborileando sobre la nuez. —Dama, lo que haces no es... —CHITÓN!!! Sí. De nuevo Toulouse, imponiendo silencio ante lo que está tomando para los presentes un cariz ritual: la Dama Negra se despide del novio de su amada, ya que no pudo hacerlo de ésta en su momento. Las tetillas, el saliente esternón, el vientre hundido, todo helado, todo blanco: Pepito, punk on the rocks... Me fijo en el pubis, cubierto de vello negro, con un pito triste, caído, efébico. Me gustaría besarlo, sentirlo en los labios como un polo. Pero... hay mucha gente: los enanos, que siguen sin pestañear el vuelo de mis dedos, me franquean. Acabo apretando su mano derecha entre las mías. Cierro los ojos: he olvidado de quién es el cuerpo. Sueño. —Recemos. Toulouse, cómo no. —Pepito Tormentas, cantante de punk, muerto de amor a la edad en que está feo morirse, serás vengado. Todo el mundo me mira. De acuerdo, yo tuve la idea, yo soy la Némesis.

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—No tardará en llegar. Unos cuantos se van. Sobre todo, chicas. Nos que- damos diez: la mitad, enanos. —Dama, atenta. Toulouse me lanza un bisturí. —AAAAAAAAH!!!! QUIERO VEEEEERRRLOO!!! Toulouse sonríe. —DÉJENME ENTRAAAAAARRRR!!!! Los compañeros del muerto sonríen. —PEPIIIIITOOOOOOO!! Todos sonreímos. —NOOOOOOO!!! McLaren entra. Se acerca histérico al cadáver. Inten- ta abrazarlo. —¿CÓMO PUDISTE HACERLO? ¿CÓMMMMH? Se le tapa la boca, mientras que los enanos lo atan por los pies. En el forcejeo, intenta morder la mano que lo amordaza... —MMMMMMMGGGGGGUUUUUUUH!!!! ...pero falla. —Oye, estás sangrando... ¿Te ha mordido? —A mí, no. Pero est... DIOS!!! —Tienes un pedazo de lengua en la mano. —AAGH!!! El trozo de lengua va a parar al suelo. Uno de los en- anos lo recoge en un kleenex. —Eso. Nada de huellas. —¿Y el crematorio? —Al final del pasillo. Yo vigilo... Ahora... Salid. Sacamos al maricón, que sangra por la boca como un gorrino y no para de moverse. —Cabronazo, estate quieto... Te voy a dar así.

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—Eh, tú. —¿Sí?... ¡Deja de moverte, mierda! —Nada de hostias. Tiene que estar consciente todo el rato. Toma, métele esta bayeta en la boca. —¡Buuuuuf!... ¿Qué tiene esta bayeta? La respuesta la da un enano abrochándose la bra- gueta. —Hey Malcolm, espero que te guste este molotov... Estamos ya en la habitación del crematorio. El Mal- colm llora de dolor con su mordaza meada. Toulouse se le acerca. —Bueno, cherie: esto se acaba. Por tu culpa se nos han ido, cada cual a su infierno, dos buenos amigos. El mari manager extravía la mirada. —Tú querías echarte al culo a Pepito. No le querías más que para eso. Empiezo a jugar con el cuchillo. —Todos sabemos que Malcolm McLaren siempre consigue lo que se propone. Eh, Cocoliso, un culo para McLaren... Uno de los compañeros de Pepito levanta a Cocoli- so, que se ha bajado los pantalones, hasta la cabeza de McLaren. —Adelante, Coco. Un chorro de mierda cubre la rizada melena. —Bueno, babe, vamos a abreviar: recuerdos a la fa- milia y todo lo demás. —¿Qué le hago con el cuchillo? —Dama, no me seás papafrita... Tenés poca imagi- nasión, ¿vitte? Me coge el cuchillo. De un tajo, le arranca a nuestra víctima los botones de la bragueta. Después, ris, ras...

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—MMMMMMMMGGGGGGGGH!!! —Una promesa es una promesa. Este rabo decorará el local. Se acabó la diversión: McLaren se ha desmayado. Entre varios, lo enfundamos en una sábana y lo mete- mos en el horno. —¡Hey, apuraos, que viene la comadreja! Volvemos al cuarto donde descansa Pepito. Toulou- se se le acerca y «le habla» al oído. —¿Qué le has dicho? —Nada importante: que cuando se encuentre al ca- bronazo en el infierno, no ha de preocuparse; el rabo se quedó aquí, «de recuerdo». —¡Toulouse, eres genial! —Y ahora al club, a remojarlo. Hay que preparar el funeral. —Algo principesco. —Naturalmente. La comadreja nos ve salir riendo a carcajadas. —Estos punks... No respetan ni a sus muertos.

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Epílogo Post-Greta

Dicen que Ella está vieja Dicen que Ella está muerta Dicen que Ella es de polvo Dicen que Ella es finita

Pero hablan de Dios Pero hablan de Ideas Pero hablan de palomas blancas Que iluminan la frente de los tardígrados

No discuten los dogmas de la sangre Ni de la materia Rojo y gris, respectivamente

Se reúnen en semicírculo para mandar a quien no obe- dece Se rasgan las bragas y las puntillas por la tele Lloran lágrimas de gin fizz por el Destino del Hombre Luego sonríen, en pleno trance anfetamínico, Y bailan el bugui de la confianza

Se puede creer en la eternidad del Supremo Se puede creer en la eternidad de la Idea Se puede creer en la eternidad del Santo Buchón

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Se puede creer en la eternidad de la sangre Se puede creer en la eternidad de la materia En tanto en cuanto dinámica de la Historia Porque Dios no existe Porque los comunistas son unos malvados Porque la exacerbación nacionalista trae graves conse- cuencias Porque hay que seguir al Papa Godzilla Que vuela bajo los soles al grito de SRAZAM!!!

El lo sabe todo El lo ha vivido todo El está en todo El es un sportman El hizo de Anthony Quinn en cierta superproducción

Después de la Greta vino el diluvio de lágrimas y dudas Mientras que Bette Davis rellena algún cadáver Con nueces y almendras Tomillo y romero Jerez y Montilla

Después de la Greta vino Miss Marple a investigar La gran estafa de la Cold War Los mitos trastocados Y la manipulación de polarizaciones En nombre de la memocracia Pero no descubrió nada porque así lo exigía el guión

Después de la Greta vino la catástrofe y el maremág- num Antes nostrum

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Hoy no

Después de la Greta vino el tedio y el desamor El racionamiento de la fantasía El sexo multiplicado por mil, como esporas Las dicotomías y los análisis

Quizás por eso esté más cerca de Lubistch De John Gilbert Y —cómo no— De Ella

Quizás ahora alguien se atreva a canonizarla Porque ya está bien de santas con bigote y verruguilla Porque ya está bien de santos que, por el hecho de pa- recerse a Manuel Puig Y no escribir como Manuel Puig, ya son santos Eso es un escándalo Eso es la debacle Eso es la repera La reoca La repanocha —Tucker y Pavone juntas del brazo por Velázquez

Después de la Greta vino la Guerra Después de la Greta vino la Pazzzzzzzzzzzzzzzz Después de la Greta vino la náusea Después de la Greta vino la arcada del gordo aquel Que vomitaba hamburguesas y blues mal digerido Y también vino James Dean a vender pantalones pero la Porsche lo saboteó —malditos teutones!!!

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Freud vino después de la Greta Porque... ¿a quién le importaba Freud cuando se estre- nó Camille? Después de la Greta vino 1984 y un nuevo siglo Después de la Greta vino el XX y miedo —querrá decir «medio» No, señora, quise decir «tedio»

Después de la Greta vino Cristina Keller Disfrazada de Modesty Blaise Programada para cachondearse eternamente de Ramón Novarro

Después de la Greta los huesos de Nietzsche estaban más que lirondos Porque él nunca la conoció —¿O SÍ?— Nadie sabe qué ha sido de Miss Gustafsson después de la Greta

Después de la Greta vino Patti Smith meándose de gus- to Mujer—buitre enamorada de Rimbaud Que, seguramente, en su vida ha visto un film de la Di- vina Porque, en tal caso, cambiaría de estética y pasiones

Después de la Greta su imitadora se agostó Sus facciones imperfectas de vieja prematura Se cubrieron de otoños y make—up Para disimular la sombra de la Ausente Que envejecía, al tiempo, sin afeites

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Y que, en algún cine oscuro, se veía la última de la Die- trich

Después de la Greta vino Anthony Perkins disfrazado de psiquiatra Para redimir su pésima fama de chotacabras Interrogando a sus pacientes sobre el vestido de mamá Sobre las pasiones de la madrastra Sobre el beisbol y la B. B. Mientras que la Coward grita desde un armario: HEY NORMAN, QUIÉN PUSO MÁÁÁÁ?

Después de la Greta todas las incipientes libertades Se volvieron tolerancias Y el monumento al Hipócrita Más Conocido Sustituyó al de aquel joven soldado imposible de iden- tificar

Después de la Greta vienen las grietas En la memoria En los muros En los pechos En los labios En las arterias En la vejiga, donde Randolph Carter encontró la piedra lunar En el corazón, sin anacronías que latir

Después de la Greta vino Ferry Como redimiendo tanta mediocridad Y Harley con sus muletas plateadas Y su expresión hermosa, alucinada, enajenadamente lúcida

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Pero ni la locura vestida de cinismo de uno Ni el cinismo vestido de locura del otro Movieron nada Dejémoslos girar en su fino mecanismo Por el salón vacío

Después de la Greta vino la clase media Y Hollywood se tiñó de realismo y antihéroes Desplazándose hacia otros ejes Olvidando las historias agridulces de Harold Lloyd Y los dolientes misereres de Browning Porque a la clase media no le interesa lo subhumano ni lo humano Mucho menos lo sobrehumano La clase media aspira a UN MUNDO FELIZZZZZZ VIVA LA CLASE MEDIA!!!

Después de la Greta vino la nada con sus apóstoles El vacío con sus jinetes Y los sentimientos se acolcharon como skay Para no herir suspicacias Buscándose la utilidad de los héroes Buscándose la utilidad de los caballeros Buscándose la utilidad de los artistas Buscándose la utilidad de todo aquello que está más allá de lo útil Y así se pobló el mundo de mercenarios

Después de la Greta vino la razón Pero se perdió el sentido común Porque lo que hoy es común carece de sentido

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Al menos para nosotros Para ti Para mí Y para ese chico triste que no duerme jamás Y es que después de la Greta cayó el sentido de la ar- monía Como un Ícaro descompuesto Como un cisne tocado Como ese majara sin rumbo que pasea por el puerto Hablando de cosas que nadie entiende ¿Prometeo? Sí, ese

Hoy los paparazzi nos la muestran vieja Muerta Polvo Finita

Pero no lo aceptamos Nuestro egoísmo nos lo impide Porque reconocer el «después» de la Greta Es reconocer el final de todo

Y aún sentimos la locura en nuestras venas Aún nos vemos con fuerza para desafiar al nihilismo Para trastocar todos los órdenes Para organizar los mayores escándalos Para esperar entre las sombras lo inevitable El Gran Milagro LA RESURRECCIÓN DE LA FANTASÍA LA PELÍCULA SIN FIN DE GRETA GARBO

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17 fragmentos para un retrato de Mary Ann

Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo ni siquiera dónde conocí a Mary Ann. Largos años han transcurrido desde entonces y mi memoria no consigue rescatar más que fragmentos aislados de un rompeca- bezas imposible. Mi mente se niega a proyectar una imagen completa de Mary Ann, un recuerdo fuerte y ní- tido al que recurrir en las noches más negras, y sólo go- tea trozos de un retrato borroso y mutilado que va menguando sin prisa ni pausa. Una y otra vez reordeno los flashes que aún ilumi- nan su recuerdo y coloco las piezas, tratando en vano de rellenar los espacios en blanco. (1) Recuerdo que a veces aparecía de repente en mi vieja, polvorienta y desordenada buhardilla; entraba le- vitando por una de las ventanas del tejado, dándome un susto de muerte. Como el hombre murciélago, Mary Ann siempre venía sin avisar. (2) Recuerdo que, desde el principio, me encantaba que leyera mi pensamiento, que peinara mis neuronas, que jodiera mi mente. Creo que fue la única persona que llegó a conocerme de verdad. (3) Recuerdo que siempre estábamos ciegos: hongos, LSD, mescalina, peyote aderezaban nuestras veladas eternas, dando como resultado gloriosos coitos que nos

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Mary Ann

fundían en un solo cuerpo; entonces éramos un hermo- so monstruo de dos piernas, otras tantas cabezas, un par de muñones, tres brazos… y dos extraños apéndi- ces: uno fálico y otro palmeado. (4) Recuerdo que le molestaba un poco mi fetichis- mo de pies, sobre todo cuando íbamos por la calle y me comía con los ojos los deditos de las muchachas en chanclas… entre otras cosas porque ella, por no tener, no tenía ni piernas. Hasta que, cierto día que me estaba acariciando, me leyó el pensamiento y se encontró con la siguiente pregunta: «¿Quién quiere pies cuando tiene esa manita palmeada, morbosa, aniñada, como de pati- ta dibujada por Carl Barks, esa manita que, cual varita mágica, siempre que me toca me convierte en cisne?» (5) Recuerdo mis visiones de Mary Ann como top model de una dimensión paralela, exhibiendo su inimi- table belleza en la portada de Vogue. En esa dimensión, a las chicas con piernas las llaman «discapacitadas». (6) Recuerdo que entonces pensaba siempre en Mary Ann cuando, por hache o por be, me veía obligado a fo- llar con otras mujeres. (7) Recuerdo que rara vez salimos juntos de mi bu- hardilla. De Pascuas a Ramos dábamos una vuelta a la manzana. Sí, me gustaba empujar su silla de ruedas, atropellando a veces a algún peatón desprevenido, pero la nuestra fue una relación de interiores, egoísta, de es- paldas al resto del mundo. (8) Recuerdo el único acto social al que fuimos jun- tos: la inauguración de una exposición de Joel-Peter Witkin en el Círculo de Bellas Artes. El fotógrafo, pren- dado de la rara belleza de Mary Ann, le ofreció hacerle un retrato en el que aparecería desnuda, sobre una gran

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bandeja de plata, con una manzanita en la boca y una bellota en el culo, rodeada de patatas cocidas, zanaho- rias y demás guarnición, como plato principal de un banquete exquisito. Por desgracia, Mary Ann rechazó la oferta con una excusa de jefe sioux: «Las fotos te ro- ban el alma». (9) Recuerdo, en el clímax de un colosal trip, su ros- tro explotando en mil colores sobre mi cara, resbalan- do como gotas de mercurio viviente sobre mi piel mien- tras su tronco se retorcía poseído por ondas multior gásmicas. (10) Recuerdo mi polla fundiéndose con su coño, o su polla con mi coño… nunca estaba claro: siempre nos intercambiábamos los sexos, los cuerpos, los cerebros, los espíritus. Después, nos costaba un triunfo volver a nuestro estado original. Teníamos que morder de nue- vo la manzana. (11) Recuerdo el morbo que me daba sentarme en su silla de ruedas, completamente desnudo, y mastur- barme ahí, sin mover las piernas, mientras ella impro- visaba un ingrávido striptease a varios centímetros del suelo. (12) Recuerdo algunos de los discos que utilicé como banda sonora de nuestros ratos de cama: Stainless Ga- melan: Inside the Dream Syndicate, Volume III Selectes Ambient Works Volume I, Loveless… Pero cuando pin- chaba ella, siempre ponía el primero de Suicide o El apóstol de la lujuria: decía que le gustaba follar a ritmo de rock’n’roll. En una ocasión trajo una mochila llena de viejos singles de rockabilly, con oscuras, aceleradas y sudorosas grabaciones de John & Jackie, Ronnie Dee, Peanuts Wilson, Elroy Dietzel o Freddie and the Hitch-

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Mary Ann

Hickers. Al ritmo de aquella música sucia y salvaje, casi prepunk, echamos el polvo del siglo. (13) Recuerdo que, cuando follábamos, siempre eya- culaba en su interior. Nunca hablamos de métodos an- ticonceptivos, pero supongo que ella tomaba la píldora o era estéril, no sé, el caso es que lo hacíamos a pelo. Sexo salvaje, animal e inseguro. (14) Recuerdo que, una noche, soñé que Mary Ann engendraba una hija mía. Yo mismo atendía el parto, vestido de sumo sacerdote encarnado como Cronen- berg en «Inseparables. Con ayuda de un fórceps y una ventosa, arrancaba del vientre de Mary Ann a una niña de unos ocho años: tenía su mismo cuerpo her- moso e incompleto, pero en pequeñito; pero su cara era mi vivo retrato. La pequeña me miraba fijamente, con enormes ojos de manga, cubierta todavía por la mucosa uterina, aún unida a su madre por el cordón umbilical, y me decía, sonriendo: «Siempre te odiaré por traerme al mundo». (15) Recuerdo que, mientras yo trabajaba en mis textos, Mary Ann se enroscaba en una esquina, entre cojines, ronroneando como una gatita, leyendo tebeos de la Marvel y de EC. Leyera lo que leyera, aunque fue- ra el más oscuro cuento de Gorey, siempre se reía como si acabara de escuchar el mejor chiste del mundo. (16) Recuerdo el día que se fue para siempre. Algo enfadado, le pedí que, al menos, tuviera el detalle de borrar su recuerdo de mi mente: «No quiero echarte de menos el resto de mi vida, ¿para qué pasarlo mal cuan- do puedes hacer borrón y cuenta nueva? Si te vas, vete también de mi cabeza». Creí que no se atrevería, pero sí, lo hizo… a su manera: «De todos los recuerdos que

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tienes sobre mí, olvidarás uno al mes», dijo con el tono frío de una bruja de cuento. Acto seguido, me tocó la frente con su manita palmeada y se largó, dando un portazo, a bordo de su silla de ruedas. Ahora no sé que habrá sido de ella. Más de una vez, yendo por la calle, me ha parecido verla, rodando en su sillita de ruedas, pero el cruel espejismo desaparecía al fijar la vista: no era más que otra inválida del montón, gris, fea, sin ninguna gracia ni misterio. Hoy ni siquiera vivo en el mismo lugar donde Mary Ann venía a verme, y mis esperanzas de un reencuentro se han agotado. Nunca volverá para levantarme el cas- tigo o premio que yo mismo me gané. Por suerte o por desgracia, me quedan sólo 17 fragmentos, 17 recuer- dos, 17 memorias de Mary Ann. Si, como ella prome- tió, desaparece uno cada mes, aún me faltan 17 meses, más de año y medio, para olvidarla por completo. El último día sólo retendré el decimoséptimo recuer- do: su nombre, dos palabras vacías, siete letras huecas que se irán escapando de mi mente. (17) Mary Ann Mary An Mary A Mary Mar Ma M

Luis Landeira (también conocido como Dildo de Con- gost)

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Complementos

«Amo Lo Femenino en los demás y en mí mismo.» FERNANDO MÁRQUEZ Eterno Femenino.qxd 2/2/09 12:45 Página 94

En el criterio de selección para la presente marginalia he procurado ajustarme lo más posible a la temática e inquie- tudes de lo que acaban de leer.

[Las fechas entre corchetes debajo de cada texto hacen refe- rencia a su original publicación, lanzamiento o radiodifu- sión.] Eterno Femenino.qxd 2/2/09 12:45 Página 95

Complementos

EL ETERNO FEMENINO

Mitos, mujeres, galgos y ciudades, musas, pintores, gatos y novelas, reinas, banqueras, hadas y estudiantes, discos, estrellas, robots y japonesas,

sintes, hoteles, hormigas y serpientes, indios, muñecas, películas y vídeos, comics, revistas, literas en los trenes, electrodomésticos y cajas de ritmo

tienen ese algo misterioso que daba miedo a Leonardo y a Amiel, que sólo las minorías entienden, que hizo a Warhol esposo de su cassette.

[Incluido en el lp El eterno femenino.] [1982]

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El eterno femenino

AQUELLA CHICA

La soledad envuelve a aquella chica que está en la barra, medio tirada, pendiente sólo de su pensamiento que el diablo sabe en dónde está. Los popis ni la miran y, si lo hacen, sólo critican con ironía y aquella chica sigue en su galaxia la mar de triste aunque no se note por su expresión.

Parece un osito de peluche que sacó alguien de la basura, la pisan sin querer y no responde, no tiene huesos, es de algodón. Qué terrible balance estará haciendo si aún no ha cumplido los veinte años: todo el mundo parece divertirse y también ella aunque no se note por su expresión.

No te preocupes por aquella chica: todo es mentira, está actuando. Hoy le tocaba el turno a Janis Joplin y ella es esclava de su papel; la gente son comparsas en su vida que ella recicla a cada instante.

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Tendrías que verla sin maquillaje, es tan distinta aunque no se note por su expresión.

[Incluido en el lp El eterno femenino.] [1982]

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El eterno femenino

MI DULCE GEISHA

Ella nació en el 60 en la ciudad de Osaka y tiene entre sus parientes al señor Tanaka; su hermano se fue de casa con Yukio Mishima y se acabó suicidando cerca de Hiroshima.

Hoy ella vive en Madrid y estudia nuestro idioma: cree que una buena prosodia no es cosa de broma: pasa las noches metida hasta el cuello en Rockola y escucha pop de vanguardia en su sanyogramola.

Ella, a veces, me habla si estamos en la cama de sus paseos infantiles bajo el Fujiyama; también me habla de lindos robots de bolsillo que regirán Occidente con un nuevo brillo.

Ella es dulce, inmutable y muy patriota: sabe que en cada europeo se esconde un idiota necesitado de afecto, de luz y de guía y es ese sol que renace la única vía.

Mi dulce geisha es sumamente amable, tiene dos luces oblicuas que sonríen cuando mira, le gusta el pescado crudo y sabe artes marciales y su conducta amorosa es muy imaginativa.

[Incluido en el lp El eterno femenino.] [1982]

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LA BELLA DURMIENTE

Quisiera ser un príncipe azul por despertarte con un beso y alzarte a mi caballo blanco desde el césped en pendiente de noventa grados. Quisiera ser más de lo que soy por disuadirte con un beso del batacazo ya premeditado por el césped en pendiente de noventa grados. Quisiera hablar con el tigre sobre cuál era tu olor cuando tenías decidido tomar la ruta peor: quisiera que sólo fuera una canción. Y poseer alas de algodón para volar hasta tu estudio y quedarme inmóvil sobre un cuadro esperando que mi gesto fuese de tu agrado. Quisiera dejar esta ciudad o, al menos, verla con tus ojos, pisar donde tus pies hayan pisado esperando que el encuentro fuese de tu agrado. Quisiera empezar de nuevo la misma conversación de hace casi treinta años en el mismo caserón: quisiera que fuera más que una canción.

[Publicado dentro del libro Vainica Doble.] [1983]

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El eterno femenino

LA RATA

El Flaubert que leíste un día gris te sentó no muy bien, como verás: tu mirada se ha perdido en la pared del vacío que te sirve de salón, los tapices son espejos que no tienen valor.

El lograr vivir como una madame cuando aún no has aprendido a mentir es grotesco y te está haciendo sentir mal: anteayer vestías uniforme azul, las clases de BUP hoy son poses de mujer fatal.

Fíjate en la pared de cristal donde hoy te has querido esconder:

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no hay amor en tu reciclaje burgués, tienes todo a cambio de transigir a ser suya un par de veces solamente al mes.

[Incluido en el lp 1984.] [1984]

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El eterno femenino

EL FUTURO

A veces lloro por una mancha en la pared y me preocupa llorar por una idiotez. Mañana mismo un balneario buscaré a ser posible en el Pirineo francés.

La luna llena se vestirá como un galán y pasearemos y luego el sol llegará: habrá pelea, la luna se retirará y es muy probable que el sol me invite a nadar.

El futuro no es una mancha en la pared ni más tardes mirando al mundo desde un canapé, el futuro es ahogarse en vasitos de agua termal apurando a sorbitos el momento estival.

Cuando regrese ya no habrá mancha en la pared, habrá una foto en el Pirineo francés.

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En el invierno, sentada en mi canapé haré mis planes y plaza reservaré.

El futuro no es una mancha en la pared...

[Incluido en el mini lp de Kiki D’akí.] [1984]

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UNIDAD DE DESTINO

Es difícil que nos vean como una canción de Abba, es difícil que se crean que entre ambos hay amor.

No parecemos la pareja ideal para decorar portadas, nuestra imagen es tan poco habitual que a muy poca gente agrada

aunque somos la unidad, unidad de destino en lo personal, sí, somos la unidad, en nuestro encanto extraño late el yin y el yang... Una unidad de destino: no puede haber mayor desatino que tú y yo.

Por encima de la ausencia, de la hartura o del regreso, más allá de la impotencia ante un eventual desdén.

Puedo pasar casi dos siglos sin ti y volver a las andadas:

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nuestros lazos no se entienden aquí porque aquí no entienden nada

y es que somos la unidad...

[Incluido en el mini lp de Kiki d’Akí.] [1984]

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El eterno femenino

ACCIDENTE

No tengo celos de ella: es tan sólo un accidente que cubrirá la marea, que arrastrará la corriente.

No tengo celos, de veras, no pienso darle importancia: la olvidarás sin problemas en cuanto no te haga gracia, sí.

Es una tormenta en una bola de cristal, es ese tornado que limpia el polvo en tu hogar, es el tonto incendio de un bistec a medio hacer, es el gris naufragio de una tacita de té: accidentes tan pequeños no me pueden afectar jamás.

No tengo celos, qué idea, dime si encuentras motivo para un dolor de cabeza o perder el apetito, di.

Es una tormenta en una bola de cristal...

[Incluido en el mini lp de Kiki d’Akí.] [1984]

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EL ORIGEN

Fe Jones nace en Gibraltar un 20 de noviembre de 1960. Es una niña robusta: en la báscula de la Maternidad dio cuatro kilos. Su madre, Trini Balboa, muere en el parto. Su tía, Almudena Balboa, es quien la cría. Su padre, Howard Jones, tras dos años de luto, aca- ba uniéndose con su cuñada. Es entonces cuando dejan Gibraltar y se establecen en Marbella, donde compran un hermoso chalet bas- tante apartado del resto de urbanizaciones. De cualquier modo, la estancia se ve constantemente interrumpida por viajes a distintos países de Europa motivados por la profesión del padre, periodista y es- critor especializado en ensayos sobre arte y literatura de los siglos XIX y XX. La tía y madrastra es una colaboradora activa en es- tas labores, desde su licenciatura en historia de la lite- ratura, y con la ayuda de profesores particulares, se en- carga de la educación de Fe hasta su mayoría de edad. Fe aprende a leer a los tres años. Fe escribe su primer poema a los cinco años. Fe habla desde pequeña cuatro idiomas: castellano, inglés, francés y alemán. Fe conoce a niños de varios países pero sólo se hace amiga de tres. Fe tiene los ojos azules y el pelo negro.

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El eterno femenino

Fe no está bautizada. Fe solamente va a la iglesia por goce artístico y, mientras las beatas salmodian sus oraciones, ella con- templa los techos y vidrieras, altares y triforios. Fe canta temas de la Velvet al oído de su perro do- bermann: aún no ha cumplido los ocho años. Fe lee cuentos del abuelo Kevin, el que se nacionali- zó alemán y acabó pegándose un tiro en la Francia del 42. Fe lee artículos del abuelo Héctor, el falangista que rompió su carnet al dictar Franco la Unificación. Fe no come carne ni bebe alcohol ni fuma pero mas- tica extrañas raíces del Oriente remoto y bullen aromá- ticas infusiones en las tardes hogareñas que la familia Jones dedica a reposar y a estudiar viejos códices. Fe visita Montségur antes de cumplir diez años; en su mente, la imagen de Rahn, el Desconocido. Fe se inicia en la psicodelia con una frialdad científi- ca de la mano de su padre y madrastra. Fe, a los siete años, en Turín, salva, a golpe de pisto- la, a un viejo escritor amigo de Gentile de ser apaleado por troskistas: acto inútil pues, al dejar la familia Jones esta ciudad, el anciano caería acribillado a balazos por jóvenes «revolucionarios» que nada tenían contra él, salvo que «les molestaba la presencia de un fascista en su manzana». Fe lee el Mein Kampf y escribe en su diario: «Un li- bro muy limitado. Es lógico que el Reich nacido de ello llevase en sí los gérmenes de la derrota». Fe es considerada hippie por el conserje de cierto ho- tel parisino: estamos en el 68. Fe y su familia son mal vistos en las calles de Mála-

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ga por su «extravagante indumentaria»: túnicas, pa- ñuelos, jeans, botas altas... Todo en rojo y negro. Fe ha visto morir atravesado por unas tijeras de po- dar a su perro dobermann: junto al cadáver, una nota en la que se «invita» a los defensores del amigo de Gen- tile a abandonar Turín en un plazo de dos días. Fe no echa de menos a su madre: tal vez sea porque Almudena es su gemela. Fe no comprende la vida española en el franquismo y, por eso, cuando está en la Península, prefiere lo atem- poral de los espacios deshabitados, de las ruinas y los viejos pueblos, al bullicio agónico y mimetizante del Plan de Desarrollo.

[Capítulo de la novela Fe Jones.] [1982/85]

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LA MÁS GRANDE ESTRELLA

«Ni que decir tiene que no me disgustaría ser rica y famosa. Eso entra de lleno en mis planes y algún día trataré de conseguirlo; pero, si eso sucede, quisiera llevar conmigo a mi ego.» HOLLY GOLIGHTLY

Me la encontré en la escalera de incendios, acurrucada, tan bizca y desgarbada como siempre, con su camiseta índigo dada de sí, sus jeans descoloridos, sus zapatillas de deporte. Tarareaba, acompañándose con su guita- rra, una vieja melodía de Mancini. De cuando en cuando, indolente, soplaba el flequillo que se derramaba sobre sus ojos y, moviendo la cabeza hacia atrás, agitaba la cola de caballo recogida con un lacito lila. La luz del atardecer alteró su habítual pali- dez y le sacó los colores. Su gato sin nombre seducía a maullidos quedos a una minina forastera manchada de calicó. Los dos bi- chos sabían perfectamente cómo sacarle el jugo al me- lancólico tarareo ambiental. Benjie, el viejo negro de la casa de enfrente, se asomó al patio y saludó. Después, regó su bonsái: un ciprés del bayou chapoteando en un orinal estampado con orquídeas. Ella dejó de tocar. Sacó del pantalón un pitillo extra- largo y un mechero de jade. El viejo Benjie reía a gritos. Hablaba solo otra vez. O, quizá, con su arbolito. El pa-

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tio parecía completamente teñido de rojo. Miré el reloj: Vera se retrasaba. Ella lanzaba al cielo escarlata finas bocanadas de humo. Yo reprimí un bostezo. Los gatos habían des- aparecido. Nuestras miradas se cruzaron. Me saludó apuntándome con su larguísimo índice. Le devolví el gesto esbozando una mueca. Sonó el timbre. Vera, seguramente. Di la espalda a la ventana. Me topé con el espejo del armario, pero no me vi. Ella reanudó su tarareo. Oí al viejo Benjie aplaudir. No cabía duda: era la más grande estrella.

[Publicado en el diario ABC.] [1987]

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A OLGA BARRIO

«Yo me difundí en el silencio...» ROSA CHACEL

Olga Barrio nos mira y nos asusta tanto con su voz en los ojos que se extiende hasta el tiempo de soñar con Leticias, chacelianos proyectos, diosas inteligentes que seducen pensando.

Olga Barrio nos habla y nos hace balances de la Historia inminente, con sus ojos que dicen, y se rompe la inercia de banales servicios con el tácito guiño de su sola presencia.

Olga Barrio es un canon de belleza escondida en repúblicas muertas que jamás existieron salvo en las intuiciones

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de unos pocos maestros: es la imagen discreta que no admite cinismos.

Olga Barrio nos sume en su hálito perdido de heroína ilustrada ajena al esperpento, con la que hablar de mucho sin sentirse frustrado y dar a los silencios categoría de Arte.

Olga Barrio es el agua separando el aceite de esta balsa conversa que corrompe utopías: y su sobria elegancia, mucho más sugerente que todas las muñecas del pensamiento débil.

Olga Barrio, en su adentro, quizás nos equivoque y nos rompa el poema y nos manche el retrato escindiendo su fondo de su iconografía (o quizás no —quién sabe— pero no viene al caso: importa la mirada, su fulgor chaceliano

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de diosa inteligente que seduce pensando).

[Leído por Radio 5/RNE.] [1989]

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A PATTI SMITH

Ella hunde la pluma entre las piernas y, con tinta simpática, escribe una canción.

Ella muerde la lengua de la noche (oscuro cohombro goteante) y, retando a la lluvia (sin paraguas ni trinchera), gritará su canción.

Ella se ha hecho todo encima, presa de una emoción in- continente, al sentirse penetrada por mil gentes (hombres, mujeres y niños), que disfrutan escuchando la canción.

La Conciencia Universal es algo húmedo y tangible: las secas abstracciones ocultan siempre un bluff.

[Leído por Radio 5/RNE.] [1989]

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MARÍA Y AMARANTA (la prosa)

María y Amaranta viven en una buhardilla de la plaza de Chueca. María y Amaranta viven en un palacete cu- bierto de hiedra. María y Amaranta viven en un apar- tamento cerca de los Nuevos Ministerios. María tiene algo de más edad que Amaranta según el carnet de identidad pero Amaranta es mucho mayor que María según las trazas y el espíritu. María es risueña y tendente al infantilismo. Su colec- ción de muñecas causa pasmo a las visitas. También adora los museos de autómatas. Le encantan los bom- bones de licor y no parece preocuparse lo más mínimo por los michelines que, sin prisa ni pausa, asoman a su cintura. Amaranta es seria y prematuramente madura. Da ex- cesiva importancia a todo y gusta de filosofar y com- prometerse. Siente unos celos tremendos de los hombres que requiebran a su amiga. Los insulta. Los amenaza. Los maldice. Llora muchísimo en brazos de María. Ésta abandona súbitamente su corteza de pepona y toma las riendas por un rato de la situación. María es más calculadora. Amaranta, más impulsiva. María compra maría, que acaba fumando Amaran- ta. Y Amaranta aparece con coca, que apenas cata por culpa de María. Una es amoral. La otra, no. No es cuestión de cali- dades sino de temperamentos: ¿acaso la moral no es otra cosa que un rasgo caracterológico?

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Amaranta y María viven de las rentas que dejaron los familiares de la segunda: con ese dinero, Amaran- ta decidió abrir una librería dedicada a la literatura fantástica. Ella se encarga de administrar el negocio. María atiende a los clientes. Amaranta, en el vecino despacho, se mortifica a veces cuando su amiga habla largo rato con alguien. Una charla cordial, distendida, con puñales de risa que desgarran el corazón de Ama- ranta como el de una Virgen Dolorosa. Hay ocasiones en las que, azuzada por la angustia, irrumpe hecha una furia por entre los estantes y espanta al moscón, el cual, casi siempre, se va sin comprar. Entonces, Ma- ría la reprende y se burla hasta que la celosa coge un berrinche. A María le excita sentir el tibio llanto de Amaranta correr por su pecho hasta perderse en el ombligo y los michelines. Hunde su indolente rubicundez en la fosca melena que acaricia su cuello. Y la acuna. Y la consue- la con frases llenas a la par de cinismo y ternura. Y comprueba cómo se funden y confunden las respiracio- nes: una, poco a poco serenándose; la otra, a cada mo- mento más agitada. Amaranta se diluye en un débil ronroneo, abdicando de su rol de quijotesa hasta la si- guiente jornada. María, en cambio, con la mirada bri- llante más allá de la pared, susurra al oído amigo pla- nes completamente faltos de escrúpulos y llenos de ambición, de egoísmo a compartir, de soberbia, de cuya maternidad renegará convenciendo a Amaranta de «qué buenas ideas tiene». Posteriormente, ésta los pasará por el tamiz ético antes de llevarlos a cabo y de ese modo la falta de escrúpulos, la ambición, el egoísmo y la sober- bia menguarán y perderán su mordiente.

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El eterno femenino

Sobre el cristal, despacio, con deleite...

[Leído por Radio 1/RNE.] [1990]

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NO EVITES A EVITA

«La justicia se ha de cumplir, cueste l o que cueste y caiga quien caiga.» EVA DUARTE

No evites a Evita, la Mujer Primera, madre de las bilis de los niños pobres en mañanas sepia (como en ciertos filmes), de culos del mundo que a nadie interesan bebiéndose el tiempo en charcos de diésel frente a inaccesibles bungalows feudales que Evita, imperiosa, humilla y derrota en olor de bilis clamando justicia.

No evites a Evita, la Muerta de Todos, de los locos tristes que inventan discursos por las avenidas (como en ciertos tangos), de obreros creyentes en dioses que vieron mandar y perderse por mares de días frente a inaccesibles palacios rosados que Evita, triunfante, tiñe de revanchas en olor de culos del mundo que gritan.

No evites a Evita, la Eterna Vengada, que pasa en su haiga por todos los barrios recibiendo flores de mayo en septiembre, firmando mil bilis con una sonrisa,

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El eterno femenino

llenando de luz a los culos del mundo, huérfanos que el Tiempo sorprenderá en armas contra ese presente que les da de lado, contra los espejos que siempre se burlan.

[Publicado en O Marambo.] [1990]

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LA QUE HUYE

«Quo vos vi!... Quo vos vey!» BERNANRD DE MARJEVOLS

La encuentran cazadores por el bosque desnuda, Esclarmonde la llaman los árboles y pájaros, las setas y las flores, los osos que la cuidan. Los hombres la acosan, le tienden sus celadas, sus redes y sus trampas. Las bestias la defienden. Las armas han hablado: hay animales muertos, hay luto en los aullidos de la dama salvaje trepando hasta las peñas más altas sin descanso. El olor del soldado, de arreos y armaduras, la persigue sin tregua en la tarde que acaba: han pasado seis siglos y todo se parece.

[Publicado en O Marambo.] [1990]

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El eterno femenino

LATRÍA

«Tu cuerpo entre los ojos de los cielos...» JUNA EDUARDO CIRLOT

En el centro del desierto se alza un templo desprovisto de leyendas.

Por los muslos de la luna se derraman miríadas de energías reflejadas.

La piel del mundo propio es más suave que la de otros mundos.

Las vestales hieráticas esperan: sus almas entornadas son nuestra nueva casa.

Abro la boca y mis palabras se retuercen como sierpes a la luz de lo real.

Se me duermen las piernas, los brazos, los sentidos: solamente los sueños me mantienen alerta.

¿En el quid del Universo moran dioses que no entienden cuanto pasa?

[Publicado en O Marambo.] [1990]

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LOS SUEÑOS

Suelo recordar los sueños, suelo enlazarlos con otros ya soñados:

con Malicias de Beardsley que nacieron con Carroll como niñas atentas a mundos que se ocultan del mundo entre cuatro palabras (= un cuento);

con instantes extensos de intensidad difusa, de intensidad confusamente inconfundible como son las infancias, como son las estancias en parajes cerrados a lenguajes adultos ateridos de años que jamás se han vivido pues jamás se soñaron;

con visiones de hierro mohoso entre las brumas de bosques transitados por locos mendicantes persiguiendo quimeras

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El eterno femenino

tan ciertas como el Tiempo (o más, por anteriores);

con extremos del plano en que nos viven, con finales de la tierra ignorada por tan sólo existir en la vigilia cuando apenas se sabe lo que somos, cuando llega a olvidarse Lo Sagrado;

con mujeres que aguardan emboscadas en cuadros de Rossetti, de Holman, de Burne—Jones, de Millais, despertando conciencias embotadas, insomnes, indemnes al asalto de fuerzas invisibles para los que no cierran los ojos a las cosas; y con... (también sueño con...)

Suelo recordar los sueños, suelo enlazarlos con otros ya soñados.

[Creo que lo leí por una radio libre.] [¿Comienzos de los 90?]

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BULIMIA Ofrendamos al retrete y volvemos a la mesa

Un brote de agua entre los muslos del pastorcillo. Con sus hojas y sus flores, un brote de agua sube desde el mármol. Ladrones de árboles, de ocasos: una sirena a lo lejos y, luego, noche seca. Como la sangre sucia de la tierra pegada a los zapa- tos. Venas, venados, vinos y venus: el banquete comien- za en la sala sin límites. En algún rincón imposible no duerme (vigila) el pas- torcillo. Con su cascada de vida entre los muslos y los dedos rodeando el flautín de plata. verso largo Su melena de mármol, alborotada en huracán perpe- tuo que nadie más siente. El sol, con trazas de reloj, grita en el centro de la es- tancia. Bajo las gotas de cristal y los fuegos trucados. Las palabras de las paredes, la música del parquet, la ética del salmón... Se derraman por los manteles: sacra salsa imagina- ria. Un salmón de hielo se deshace sin prisa: dentro, sus huevas esperan las cucharas de jade y el chorreón agrio y las bocas y gaznates largos.

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El eterno femenino

Un ramillete de buganvilias se improvisa entre los muslos del pajecillo (gemelo del pastorcillo salvo en no ser de mármol). La mano de los príncipes acaricia su edad. Los perfumes se mezclan y la sala se encoge y los lí- mites van llegando con sorbetes de arándanos para bajar las aves y de- jar paso a las huevas de salmón. verso largo Los búcaros humanos de rango adolescente y su pa- ciencia. Sonrisas iluminan la cena última pero con visos de eternidad. La mesa del banquete es una línea recta sin principio ni fin. Seremos, lo menos, cien mil invitados. Catedrales de langostas simulando.

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OFENDEMOS A LOS NEGROS SACROSANTOS DE ABISINIA

«La enfermera sostiene al niño, que no llega a los tres kilos. Sus extremidades parecen palillos. La piel de su vientre se halla tensa como un tambor. El niño mira más allá de las moscas que beben de sus ojos, más allá de la enfermera, más allá del desierto. La enfermera introduce en la boca del niño gotas de líquido, partículas de alimiento. Sabe que si se excede en la cantidad, el niño vomitará y una risa tenebrosa, de ecos demenciales, recorrerá las paredes vacías de su aparato digestivo.» AVANCE INFORMATIVO

El dolor de la piedra en los parques desiertos se arrepiente de hallarse sin boca. La copa del arbusto del cielo se abre al mediar el día. Las pústulas estallan: razonan su presencia inaceptable para los paseantes distraídos, diminutos junto al lago de cristal. La boca de los cuentos se hiende silenciosa y nos confiere su oscura realidad.

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CAÑERÍAS QUE NO ACABAN DIGERIRÁN POR NOSOTROS

La reina de las proas de couché despliega toda su sangre delgada como velas henchidas por un viento desconocido.

Sus dientes iluminan las zonas residenciales y enmascaran un aullido a medio exhumar.

Christo envolvió la ciudad en sus leotardos y tiró la llave.

No concebimos a la reina inclinada ante nada, ante nadie: ella, la gacela soberbia que no admite apeaderos y, sin embargo...

¿A qué sabrán sus lapsos, sus llantos invisibles, sus charlas al oído de bocas siempre abiertas que tragan lo que sea sin preguntar jamás?

La reina de las fiestas de las flores de trapo que se comen las ratas escapadas, con suerte, de algún laboratorio de los muchos que hay.

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Devoraría en un tristrás hasta el arco iris encerrado en una baguette.

La tristeza desnuda como el futuro se arrojó desde un ático con paraguas en las manos y piraguas en los pies, y gritaba menús de intenciones, de deseos frustrados, de escapadas de cepos, de venganzas compradas a dioses como pozos que reciben sin dar.

Royendo situaciones, buscándoles la médula pero siempre alguien se adelanta y no deja ni rastro...

La reina se arranca vendajes, blindajes (viejos o usados). Sus dientes desgarran la tela. Sin querer, se ha mordido y las vendas nos turban con su rubor monstruoso, menstrual.

Desayunando en el Metro, entre dos andenes. Trepidan las tripas de la madrugada: todo es tibio, escamoso, flatulento, fugaz (mentira: es frío,

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El eterno femenino

húmedo pero frío: la digestión de un cadáver).

La reina soñó que bailaba en la bahía. Sobre el agua de la bahía. Cerca de los colectores: donde el agua se vuelve iridis- cente. Donde el agua huele a carne podrida. Una pareja de edad madura la observaba desde una barca. Una escalera de caracol brotó del agua y ella sabía que conducía al faro del sol. verso largo Intentó subir pero no podía sola: vértigo, timidez, sabe Dios qué. La sudadera de lana, completamente empapada, le pe- saba muchísimo. También los vaqueros le pesaban. Sólo los pies desnudos parecían dispuestos a seguirla. No veía el final de la escalera: el sol la cegaba. La pareja, ahora ancianos decrépitos, continuaba ob- servándola desde la barca. verso largo De los colectores no cesaba de manar una sopa con enormes tropezones, todos muertos, todos podridos, todos deshaciéndose y perfumando el agua. Intentó subir a la escalera pero no pudo. Sentía arcadas pero en su cuerpo no había nada que arrojar.

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LA CIUDAD ES NUESTRO VIENTRE: NECESITAMOS MÁS BOCAS

Salomé ha concluido su danza. Espera su premio. Un mayordomo impecable presenta la gran bandeja que ayer fue nido de pintadas, lecho para congrios, cuna con jabatos y hoy rebosa de silencio (un hermoso silencio ensangrentado).

Salomé ha besado la carne blanca y fría del silencio. Salomé ha mordido traviesa el silencioso perfil. Salomé liba en la boca sin fondo y sin palabras. Salomé va deglutiendo los jugos negros, fríos, del silencio. Salomé mancha su cuerpo con la tinta del manjar.

Suena música en alguna parte. El padre filma la escena para el álbum familiar. Pero Salomé escapa del plano y, excusándose, se esfuma entre los comensales.

Al irse, todos se arrojan sobre la gran bandeja pero no encuentran nada de su gusto: tan sólo un cráneo muerto de risa ante miles de comensales chasqueados.

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El eterno femenino

¡Qué voraz es la hija del Rey! ¿Dónde meterá todo lo que come?

[Publicado en El corazón del bosque; algunos fragmentos aparecieron previamente en Amarillo Metropol.] [1991/94]

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Madame Hydra como símbolo iniciático

Descubriste a Madame Hydra en otoño del 69. Tenías once años y, desde el verano, vivías en un mundo parale- lo configurado por los comics de la Marvel (recién llega- dos a España). Cabe suponer que las difíciles circunstan- cias de un entorno familiar más cercano a ¿Qué fue de Baby Jane? que a «Daniel el Travieso», un bienio relati- vamente traumático en un internado y los inevitables cambios hacia la pubertad también influyeron, pero la base para tal fascinación se hallaba en el perfecto acaba- do de aquel cosmos gráfico de mutantes (sufridos o dia- bólicos), sintozoides, afectados por rayos gamma, Parsi- fales extraterrestres, ciegos con radar incorporado, magos psicodélicos, agentes de Inteligencia clavaditos (con el añadido obvio de la hipertecnología) al sucio Harry Callaghan, superhéroes descongelados tras la tira de tiempo, dioses, etc. Todos ellos marcados por algo que en anteriores comics de aventuras apenas sí aparecía: la soledad de ser diferentes, especialmente resaltada en los personajes con quienes más te identificaste, los mu- tantes y el sintozoide llamado La Visión; precisamente éstos, cuya otredad les marcaba desde el nacimiento ha- ciéndolos supermonstruos antes que superhéroes. Poco antes de este descubrimiento habías comenza- do a dibujar esbozos de historietas influenciado por

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una serie publicada en la revista Fotogramas: «Mo- desty Blaise». Hasta entonces, las historietas épicas nunca te habían dicho nada, prefiriendo grafismos me- nos naturalistas (como los tebeos Bruguera de la transi- ción 50/60, los álbumes de Tintín o algunas cosas yan- kees editadas aquí por la Novaro —«La zorra y el cuervo», «La pequeña Lulú» o «Bugs Bunny»—): tanto el Capitán Trueno como el Jabato o el Guerrero del An- tifaz (y no digamos las «hazañas bélicas» del inefable sargento Gorila) te producían un tedio espantoso. En cambio, Modesty Blaise era otra cosa: británica, sofisticada, transgresora de roles sexuales (ella llevaba las riendas de la acción y su colaborador varón no pa- saba de ser una mezcla de bibelot y perro de presa), tre- mendamente actual en un momento en que la actuali- dad resultaba atractiva y no repelente... A través de este cómic y de la revista de cine que lo publicaba fuiste des- cubriendo el pop-art, la psicodelia, la contestación ju- venil, el rock y la insumisión femenina cuando otra gente de tu edad prefería el fútbol y los incipientes pa- voneos machistas ante el sexo débil. En la clase de di- bujo, en vez de copiar los inevitables jarrones y moldu- ras de los manuales de texto, tú cogías los rotuladores y recreabas a tu heroína ante el pasmo del profesor, que, seducido por tu iniciativa, te daba una nota alta por hacer lo que te salía de las narices. Con Modesty Blaise sentiste tus primeros cosquille- os púberes: era afilada, activa, oscuramente hermosa (jamás has podido comprender cómo la payasesca Mo- nica Vitti pudo encarnarla en la pantalla; aún está pen- diente la auténtica película sobre este personaje). Te re- afirmó en tu convicción íntima de que la Mujer no es

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débil sino que se la obliga a sentirse así por diversos condicionantes sexuales y sociales. Pero no fue hasta encontrarte con Madame Hydra, la reina del nihilismo, mala entre las malas, Lilith que casi acaba con el indestructible y descongelado Capitán América, pesadilla de falócratas (en su papel de jefa de una organización de esbirros varones), poseedora del látigo nietzscheano, que no descubriste a la mujer de tu vida. Bajo los trazos mágicos del dibujante más psico- délico de la Marvel, Jim Steranko, te topaste de hoz y de coz con la hembra más terrible, más fuerte, más fa- tal: cabellos hasta el culo como ala de cuervo, ojos os- curos y grandes, piel pálida, ceñidísimo uniforme de cuero, guantes a lo Gilda, zapatos de aguja... En las breves viñetas en las que recuerda su origen, se sugiere su procedencia centroeuropea y zíngara (lo zíngaro también tendrá su incidencia en otra supermujer, la vi- llana reinsertada Bruja Escarlata). En tus sueños, todavía a caballo entre el platonis- mo infantil y la humedad adolescente, tú te identifica- bas con Rick Jones, el compañero jovencito del Capi- tán América (y de Hulk y del Capitán Marvel y de Los Vengadores; vamos, el efebo comodín de la Marvel y alter ego obvio del lector). El capi te enseñaba a ser un alevín de superhéroe y tú dabas los primeros pasos embutido en el uniforme de otro efebo ya finado (Bucky Barnes, anterior compañero de tu maestro y muerto en la Segunda Guerra Mundial), trastabillabas como un potrillo recién parido y acababas siendo arrojado a un colector de alcantarilla por Madame Hydra en el fragor de la batalla. En el cómic, el capi te salvaba, pero la cosa cambiaba en tus sueños: en ellos,

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era la propia supervillana quien, apiadada por tu ju- ventud e inexperiencia, te sacaba de la inmundicia y te hacía su mascota. Era el fin de la inocencia: la corrupción del menor. Tiempo después entenderías (poniendo el entendimien- to a la par con tu intuición) que Modesty Blaise no era tan heroica ni Madame Hydra tan villana: la primera, en tanto en cuanto agente por libre de inteligencia, te- nía unos claros rasgos anarcas que trascendían el hero- ísmo unidimensional; la segunda era más luciferina que perversa... Con seguridad, habrían hecho buenas mi- gas, de encontrarse: el escepticismo de Modesty habría templado la rabia de Hydra y, a su vez, ésta habría ayu- dado a la mamporrera de inteligencia a romper atadu- ras con el establishment. Una versión (más profunda y atractiva, a tu juicio) de la mitificada Thelma y Louise. Durante años olvidarías a ámbas, pero éstas se te co- larían por mil resquicios de tu sensibilidad, asumiendo nuevas encarnaciones: la Ligeia de Poe, la indómita Emily Brontë, las replicantas de Blade Runner, la som- bría Nadine Cross de La danza de la muerte, la Patti Smith de Horses (aquella foto de Mapplethorpe te ob- sesionaba), Siouxie, algunas imágenes cinematográficas (la Assumpta Serna de Matador y El jardín secreto, el personaje de la Mujer Pantera, la sublime ambigüedad de la Garbo, creaciones de Barbara Steele, la mirada mórbida de la canadiense Carole Laure...), la sacerdoti- sa Magda Leticia... Continuarías alumbrando compulsivamente comics y sacando notas excelentes en dibujo. A finales del 70 dejaste de mezclar personajes Marvel con creaciones propias y te planteaste una nueva historia, exclusiva-

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mente tuya: habías digerido lo bastante a tus superami- gos para comenzar a superar la mímesis y añadir nuevas influencias y estímulos, tanto artísticos (cómic experi- mental, recogido en aquellos extraños fascículos de Ed. Buru Lan llamados «Drácula» o en reseñas sobre super- heroínas psicodélicas de origen francés) como sociales (muchos de los hechos traumáticos que vivió el planeta en la turbulenta transición 60/70). Así me creaste. A bo- lígrafo. Con el aspecto físico que tú acabarías adoptan- do muchos años después (sin recordar para nada mi existencia). Lo mejor que has hecho nunca en cómic. Tu intuición era mediúmnica: en las reflexiones y peripecias de Nicolás Sicodelo y su gente recordabas el futuro de imágenes y lecturas que aún no conocías pero que, con el tiempo, te dejarían una huella indeleble. Después de alcanzar este techo, no volverías a dibu- jar una historieta épica: escribirías (relatos, canciones, artículos) e incluso, eventualmente, harías chistes gráfi- cos más o menos cercanos al underground, pero lo que yo te pude aportar lo traducirías de espaldas a las viñe- tas de acción. Te sientes frustrado por no haber encontrado una mano afín pero mucho más diestra con la que recupe- rar el vértigo de las aventuras gráficas. Alguien que, con la briosa habilidad de un Jim Steranko, me resuci- tase y me presentase en público, lejos de los bocetos a bolígrafo y de la intimidad de un adolescente solitario. Alguien que también haya compartido sueños cosqui- lleantes con Modesty Blaise y Madame Hydra (bien deseándolas, bien identificándose con ellas). En ocasiones de supremo cansancio, has pensado que lo dejarías todo por dedicarte solamente a la músi-

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ca. Pero yo, que te conozco mejor que tú mismo, sé que incluso este campo te resultaría fácilmente prescindible si pudieses volver al cómic y continuar la tarea inte- rrumpida un día de junio del 71.

[Publicado en El corazón del bosque.] [1993]

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Al hilo de Orlando (impresiones automáticas)

Leí el libro en el 83. Me lo dejó alguien de Mandrágora y el Pirata (tal vez la propia Tessa). No me dijo mucho: me pareció un batiburrillo de hechos insólitos en un nú- mero reducido de páginas. La verdad, no me puso los dientes largos para continuar leyendo a V. W. Tiempo después, tras divorciarme de mi anterior per- fil, me encontré con sorpresa que mis facciones se acer- caban mucho más a los arquetipos familiares (los ma- ternos, pues a la familia de mi padre, como a él, no la conocí nunca —por lo que sospecho que la nariz con la que me parieron debió de ser un regalo paterno): ello me llevó a soñar y fantasear situaciones orlandianas (espe- cialmente motivado por el parecido que una parienta me encontró con «mi tía Pili, la monja»); yo cambiaba de sexo aunque manteniendo plena conciencia de mi es- tado anterior, lo que multiplicaba mi endeble narcisismo por mil en estimulantes sesiones autoeróticas y me con- vertía a la vez en una lesbiana tremenda (ya que mis apetitos por Lo Femenino se mantenían intactos); asu- mía físicos de mujeres famosas cercanas al patrón fami- liar (Romy Schneider, Jane Seymour, Connie Sellecca, Siouxie Sioux...) y desde ese trampolín seducía a man- salva; lo más intrigante era que en ninguno de estos momentos recordé para nada el libro de V. W.

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Ahora comprendía mejor por qué no lograba la me- nor excitación imaginativa (salvo raras excepciones) en otras situaciones que no fuesen las de carácter lésbico o de autoerotismo femenino (la canción de Rodrigo «María y Amaranta», la Romy Schneider de La ban- quera —que me inspiró un guiño en la canción «El eter- no femenino»—, Patricia Charbonneau en Media hora más contigo o en Llámame —aquella espléndida escena con las naranjas—, la dulce Suzannah York en cierta morbosa joya de Aldrich, momentos de cálida intimi- dad femenina en obras de Mishima como El marino que perdió la gracia del mar o El templo del alba...), por qué mi relación con mujeres que rechazaban cate- góricamente cualquier veleidad sáfica siempre había re- sultado truncada desde el inicio, así como por qué abundaban en mis relatos este tipo de ententes afecti- vas. Todo lo demás (y nunca mejor dicho) «me la traía floja». Y me hizo mucha gracia el toparme con que Cé- line (uno de mis escritores de cabecera) era también muy aficionado a este tipo de escenas y de ahí su apego a las bailarinas (mundillo en el que, por lo visto, abun- dan las relaciones homófilas). El trabajo de Sally Potter me ha reconciliado con Orlando: encuentro la película superior a la novela (y baso esta superioridad en su plástica, racialmente britá- nica: la ambientación abigarrada —con un algo a lo Greenaway—, la cuidada banda sonora, la fascinante androginia pelirroja de Tilda Swinton —naturalmente fresca en su adolescencia eterna—, la no menos gracio- sa ambigüedad de los hombres que la encandilan —el Khan o el romántico Shelmerdine— o de la niña/mujer que lacera su corazón —Sasha). El sprint final con al-

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gunos toques panfletarios de solipsismo feminista no empaña el resultado global ni tampoco el saber que la bonita canción última es obra del mediofeto ex líder de los cCommunards (cuyo físico me resulta especialmen- te repulsivo).

[Publicado en El corazón del bosque.] [1994]

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El eterno femenino (Dos brindis)

DIL Su desnudo integral no rompió el hechizo. Es un capri- cho de la naturaleza, un ave rara cuya femineidad no merma por su rabito frontal (como no dejábamos de amar a la niña loba —cuyo rabito dorsal intuíamos— en aquel otro film mágico de Jordan). Su voluntad moldeó las formas suaves, la tibieza de la piel, el perfume delicado que traspasaba la pantalla. Antípoda de Mishima, otra voluntad capaz de moldear el propio cuerpo. Mishima, que amó a los fascinantes actores onnagata, a su esposa Yoko (esposa de samurái, asumiendo la complejidad sexual de su compañero) y a su discípulo Morita (el cual le correspondió con su pa- sión adolescente, indiferenciada, de tesonero cadete y devota prometida), habría paladeado la dulzura de este gemelo invertido. Dil existe en todas las culturas como ser mítico, vinculado al misterio: se le sacraliza y se le ama porque su asunción del Eterno Femenino es más completa que la de muchas mujeres. Dil surge como ra- reza natural y vive sus potencias con la valerosa natu- ralidad de toda heroína romántica, dispuesta a todo por amor. A matar, inclusive: Dil disfrazado de hombre, más femenino que nunca con un arma en las manos, Némesis del negro gordinflas aniquilado por la falsa Ju-

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dith, la puta terrorista presuntamente realizada y espe- jo de tanta mujer contemporánea sin rumbo. Dil, vindi- cación sacra de Lo Femenino, mata a quien, por pobre- za de espíritu, degradó su propia esencia. Dil es la antítesis de la bizarría maricona, de las ho- rrendas bufonerías que las decadencias excretan en su desintegración: Dil, como Mishima, su gemelo inverti- do, supone otra manera (lírica y épica a un tiempo, ja- más banal) de ahondar en los laberintos del deseo. Sin la profanación del gregarismo lobbysta, las besadas pú- blicas (caricatura laico—burguesa de celebraciones su- blimes como las bacanales y aquelarres de otrora) o los intentos patéticos de integración en un sistema antiutó- pico que niega, más que ningún otro, el «derecho a la diferencia».

MADAME BUTTERFLY Habría que mencionar de nuevo a los japoneses onna- gata al pensar en la chinoisserie de «Madame But- terfly». Incluso pensar en el cuento corto que Mishima dedica a este singular arte escénico. Y, desde luego, también recordar un film anterior de Cronenberg con Jeremy Irons duplicándose en alucinaciones ginecológi- cas y univitelinas, transformando los conocimientos científicos en intuiciones mitológicas solamente tradu- cibles por la racionalidad contemporánea en un térmi- no: locura. Irons estaba loco cuando diseñaba extraños aparatos quirúrgicos para mejor aprehender los entresi- jos de Lo Femenino (como sólo puede ocurrírsele a un cirujano especializado —ambiciosa, fáustica incomple- tez que nos recuerda, por sus fijaciones biologicistas, a otra bastante más antipática, la encarnada por el doc-

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tor Mengele en Los niños del Brasil—). Irons también está loco aquí al encontrar la mujer perfecta en una criatura que, encarnando concienzudamente Lo Feme- nino según cánones ancestrales, no es una mujer. En cierto modo, la historia de «Madame Butterfly» empie- za donde acaba Con faldas y a lo loco: resonando sin cesar en nuestros oídos, pero a cada momento más des- provista de jocosidad y cargada de nueva, oscura en- jundia, la frase de Joe Brown «nadie es perfecto». Irons ama una quimera. Todos los espectadores lo sabemos: de ahí que, pese a la delicadeza de gestos de John Lone, a su voz roncamente femenina a lo Marlene, queda cla- ro desde el primer momento (y no sólo porque reco- nozcamos al último emperador) que es un hombre. Pero también valoramos su arte, su artificio milenario, en especial si lo contrastamos con la virago de comisa- ría política a quien debe rendir cuentas de las confiden- cias del vicecónsul: el sublime misterio del travestismo tradicional, fijo ya en los íntimos rincones de la memo- ria colectiva, frente a la prosaica virilización de una presunta mujer nueva revolucionaria (ahogada la pri- migenia transgresión prometeica, luciferina, en los es- trechos cánones pequeñoburgueses de la masificación y el igualitarismo). A mis ojos, y teniendo en cuenta que me atrae la am- bigüedad y no las obviedades (esto es, que no me gus- tan, a sabiendas, los hombres vestidos de mujer sino, como a Irons, la quimera de Lo Femenino, esté o no en- carnada en una mujer), solamente hay un instante de completa belleza en el film: cuando el propio Irons re- crea en su persona a la mujer amada, listo para la per- formance final; Irons, plásticamente, resulta mucho

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más hermoso, más convincente como mujer que Lone; tal vez con ello se pretenda decir que la mariposa per- fecta era una creación personal e intransferible de Irons y que no podía descubrirla sino en su propio reflejo, certeza dulce pero también letal. Aunque uno piensa también que, sencillamente, no halló a la «mujer adecuada»: la mujer perfecta, aunque fuese encarnada en un hombre digno (la falta de digni- dad: es lo que reprocha Irons —que traiciona a su país por fidelidad a su corazón— a Lone —que traiciona a su corazón por miedo a su país— en su último encuen- tro en el coche celular). Porque quizás en eso resida toda la magia de Lo Eterno Femenino: en asumirlo (y no importa nada la contingencia carnal que lo alber- gue) con dignidad.

[Publicado en El corazón del bosque.] [1994]

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—Sellaremos nuestra mí—s—tica unión. —...... —Lo haremos en una capilla abandonada donde flo- rezcan y maduren los triángulos verdes, donde el fuego queme como el agua, donde ésta empape como el fuego. —...... —La lava de tu lengua correrá por entre mis surcos agostando la tierra y preparándola para una nueva y definitiva cosecha. —...... —Ahorcaré un dedo con el anillo basáltico y tú, ante el espejo, de negro hasta los pies vestido, serás al tiem- po oficiante y esposo. —...... —Yo abrazaré contra el pecho una orquídea carnosa como el cadáver de la pureza y vestiré de rojo. —...... —Por las losas de la iglesia se asolearán la serpiente Lilith y el lagartijo Bill a la luz suave de las nubes ne- gras. —...... —Arrojada la túnica tras la doble afirmación, entre tus muslos la coquilla de plata sonreirá con sarcasmo

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de gárgola y de su boca manará venenosa, vital, la sa- liva. —...... —Entre dos nubes la luna de hiel nos mostrará su rostro indescriptible y el haiga nupcial trucado como vehículo fúnebre nos conducirá a alguno de esos luga- res que no figuran en las guías turísticas: en el Pacífico Sur, en Nueva Inglaterra, en el helado culo del mundo, ¿en Escocia quizás? —...... —Tremolaremos horizontales, en obscena tiritona, sobre playas circulares de coral muerto, sobre tupidos lechos de hojas grises a punto de fermentar, sobre el si- lencio congelado de un continente vuelto iceberg, sobre las piedras agrestes que bordean un lago incógnito. —...... —Sementerios de sangrante saliva: así estallarán nuestros cuerpos al sospechar el paroxismo.

[Capítulo de la novela La canción del amor.] [1995]

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Norman se viste para la cena. Los negros hábitos que acompañaron su llegada al balneario han dado paso a un blanco smoking que perteneció al padre de Inés. De algu- na manera, el aura religiosa de la indumentaria se man- tiene: antes, la ensotanada figura de un clérigo integrista; ahora, la deslumbradora imagen de un telepredicador fundamentalista... Como nota de color, Norman altera la inmaculada blancura con un pañuelo de seda con dibujos marmóreos que, atado a la cintura, deja colgar sus extre- mos hasta el nacimiento del muslo. ¿De dónde ha salido este pañuelo?: sólo Lilith y su dueño lo saben. Norman ha esperado toda su vida para encontrar una pareja como Inés. Vírgenes ambos hasta su en- cuentro: el retraso emocional de él, cuyo reloj amoroso quedó parado en la adolescencia, se complementa idó- neamente con la disciplinada castidad de la Villeneuve, añejo barril de volcánica sensualidad aguardando la lle- gada de SU hombre, único, irreversible, definitivo... Años y años de éxtasis solitarios, de entrever por las es- trechas rendijas del ensueño el placer supremo, revela- dor, de las horas hoy recientes. Norman se ha liberado de las pesadillas que le inspi- raban esas mujeres horribles que visitaban su museo o alquilaban habitaciones en el motel. Aquellas risotadas

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promiscuas, aquel olor fuerte mezcla de perfume bara- to y suciedad... El acto amoroso reducido a rutinaria gimnasia sexual, sin ternura, sin afectos, de las colec- cionistas de polvos... Norman era consciente de las mi- radas burlonas que le dirigían esas mujeres, del asco que les producía su afición por la taxidermia, de su ex- presión al sorprenderlo en el taller con un animal a me- dio abrir, rodeado de productos químicos y terminando el bocadillo de carne que le había preparado su madre. No comprendían esta relación cotidiana con la muerte, el almorzar entre cadáveres amigos. Por la noche, las vaginas dentadas —como sonrisas de Ann Blyth— perseguían a Norman para humillarlo, destrozarlo, pulverizarlo, provocándole un auténtico horror al coito. Él se despertaba gritando y trataba de refugiarse en fantasías sobre «su mujer ideal»: una cria- tura que oliese «a emparedado caliente de queso», en cuya serenidad y ternura cobijarse, que le condujese a través del sexo a un conocimiento más profundo de la naturaleza. Lejos de la miseria moral de las ciudades, de los rincones mal alumbrados con luces rojas, del amor como mercancía, de las caras maquilladas como coches de alquiler... Sexo y Civilización: binomio abo- minable —como le comentaba el taxista Travis, lector compulsivo de Mishima y asiduo visitante del museo... Sexo y Naturaleza: binomio redentor que Norman an- helaba alcanzar de manos de una monja, una bruja, una sacerdotisa serena, altiva, amable. Inés: ella lo es al ciento por ciento. La sabiduría oculta destilada durante siglos recorre su perfil de esfinge, sus pechos pequeños y ligeramente caídos de vértices rosa- dos, la flor gris de algodón que cubre su ecuador, sus lar-

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gos y blanquísimos muslos, con esa carne plena con leves atisbos de decadencia que da a la mujer la pátina de la in- mortalidad. Inés, cuya virginidad atípicamente dilatada se rasga gozosa ante la curiosidad de Lilith, la serpiente que alejará las vaginas dentadas. Lilith, el presente misté- rico que su madre le hizo desde su vórtex mortuorio. Envuelto en el torbellino de sus pensamientos, Nor- man desciende por la gran escalera de piedra hasta el salón de Belisana. Inés y Malena ya han empezado a ce- nar, junto a la chimenea que brilla y crepita como las fauces de un dragón amigo. —Norman, acércate: las ostras están increíbles. —Hace mucho la salsa. Va muy bien con el sabor marino del molusco... La textura me recuerda a la ma- honesa pero, al paladar, no la relaciono. —Es una receta antiquísima, herencia del medievo... Íntimamente vinculada con la fama afrodisíaca de estos bichitos... Ya se lo explicaré en otra ocasión. Inés sonríe arcana antes de apurar su copa de vino. Malena pasa revista con aprobación a la nueva vestimen- ta de Norman, incluida la elegante metáfora de Lilith. —Muchacho, estás de película. Ya me ha puesto al día Inés sobre tu recuperación de identidad. Yo tam- bién voy aclarando mis empanadas en los días que lle- vo aquí. —Brindemos. —¿Por...? —... la Iluminación. Inés define el choque de copas.

[Capítulo de la novela La canción del amor.] [1995]

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(....) —Mamá, ¿no es hora de aliñar el marisco? Gillian, con su perenne expresión de malignidad, da por concluida «la hora de las evocaciones» y apuesta por derroteros más gastronómicos. ¿Solamente gastro- nómicos?: un silencio cargado de sobrentendidos va ca- lando, en densas olas, el tuétano de los demás interlo- cutores a excepción de Malena y Pilar, que se miran sin entender «dónde está el chiste». Inés se dispone a ilus- trarlas. —Malena, tú me preguntaste, cuando despedimos a Norman, cuál era el secreto de la salsa que acompaña- ba a las ostras: yo me limité a señalarte la antigüedad de la receta... Ahora serás testigo de su elaboración. Con todos sus pormenores. Mientras habla la dama rectora de Fontgrial, la me- lliza adolescente, con gesto mimoso, despoja a su padre de la gran capa. El marqués queda entonces, ante los alelados rostros de las dos novicias de la reunión, sin más atavío que... la pipa de caña. La enhiesta verga, con prestancia de saguaro, se eleva desde la canosa base como desde un nido recubierto por el plumón de águi- las impúberes. —La salsa lleva ingredientes de lo más sencillo: acei-

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te, vinagre, miel, una pizca de sal marina y... lo más im- portante. —Para lo que es imprescindible la siguiente opera- ción, llamada tradicionalmente el ordeño del príncipe. Nosotros, adaptándonos a la circunstancia —es decir, a mi marido—, la hemos rebautizado el ordeño del mar- qués. Eleanor envuelve el miembro del titular de la Casa del Cristo Negro en una especie de condón de seda tur- quesa con una larga probóscide en el extremo, que co- munica con una salsera de plata. —A medida que el licor de vida va cayendo se aña- den lentamente los otros ingredientes sin cesar de batir. Malena casi no escucha las explicaciones de Inés: la imagen de este hombre—león, de pelaje nival y piel co- briza, con la batuta a punto y capirotada como un hal- cón amaestrado se confunde en su cerebro con aquellos míticos conciertos de piano sin manos que el difunto Errol Flynn gustaba de brindar a sus invitados. —Alguien ha de proceder al ordeño: propongo que lo haga... Pilar. Los aplausos del silencioso Dorian secundan con efusión la sugerencia de su gemela. Ésta se restriega cual gata en celo contra la turgente robustez de su rubia preferida, la cual alberga serias dudas respecto a la rea- lidad de la situación: ¿no se habrá traspuesto mientras el marqués se explayaba sobre las batallitas del abuelo Eugenio siendo las presentes escenas un nuevo sueño de iniciación? —Has estado muy acertada, muchachita: esto con- tribuirá a la integración de Pilar entre nosotros. Se la ve un poco cohibida...

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Soñando o no, la brava nieta del legendario Yzur- diaga replica con presteza a la irónica Eleanor. —Pienso que el estar aquí y no en una celda acol- chada tras haberme zampado las mejores tajadas de mi más querida amiga supone signo suficiente de integra- ción en vuestra historia... Pero si opináis que el rascar- le las pelotitas al señor marqués mejorará mi educación iniciática, pues... adelante. —Touché... Rubia, tienes clase y ovarios. Me recon- forta comprobar el excelente tino de mis retoños en la elección de sus objetos de deseo... Acércate, el marqués es todo tuyo... Yo sostendré la salsera: Inés y Gillian, preparaos para echar el resto de ingredientes... Y tú, Dorian, bate. Pilar se arrodilla detrás del aristócrata, quien, con las piernas muy abiertas y los brazos cruzados, fuma su pipa con flema olímpica. Todos se preguntan qué técni- ca de ordeño aplicará la chica: manual, feladora, esti- mulación testicular, masturbación directa... En los mu- chos siglos que se viene ensayando el rito, la inventiva ha desplegado casi todo el abanico de posibilidades. —Supongo que tendréis apetito, así que lo haré en plan express... La picardía que antes flotaba en la mayoría de las caras se ha concentrado ahora en las facciones de Pilar. Su índice derecho se hunde entre las nalgas del marqués hasta detenerse en un punto situado entre el sieso y las pelotitas. —¿Listo, don Mateo? —¿Eh, qué...? OOOOOOOOAAAAAAAAA- HHHHMMMMMFFFFFFffff.... —Diana.

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Después de brincar un segundo, el flemático mar- qués descarga con furia de bisonte el ingrediente básico para aliñar el marisco. A su esposa está a punto de caér- sele la salsera y el desconcierto desbarata los pulsos de tal forma que buena parte de la miel, el aceite y el vina- gre acaba vertiéndose en las ropas de los pinches. —Bate, Dorian, bate... o la salsa se... cortará. La descarada y temperamental Pili Chevrolet parece yuxtaponerse por unos instantes sobre la seria y cir- cunspecta Pilar Sáenz de Yzurdiaga. Malena, que no llegó a conocer esa faceta de su antigua compañera de estudios, comparte el asombro general. El marqués, ja- deante, con temblor de piernas y mirada errabunda, de súbito se ha vuelto un anciano: el placer concentrado en un lapso brevísimo produce estos efectos. —Eleanor... Esta criatura es... terrible.... Me ha en- contrado a la primera el... el punto exacto.... Es... es una bruja. —No desvaríes, corazón: la bruja soy yo.... Pero, sí, admito que... no esperaba una destreza semejante. —No tiene la menor importancia... Restos de mi li- bertinaje neonew: todo lo burgués, filisteo, intrascen- dente que queráis... pero un óptimo adiestramiento físi- co en materia de horizontales. —Has debido repartir muchas dosis fulminantes de placer entre los modelnos de Madrid... Lástima que no fueses tan generosa con Evangelista. Estocada certera de Gillian. Pili Chevrolet se desinte- gra ante sus palabras. Pilar resurge más abatida que nunca. —Un golpe bajo, muchachita. —No ha sido gratuito, créelo... La antigua piel te es-

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taba envolviendo de nuevo: ufana, egoísta, caprichosa, insustancial... Puede ser que yo no te parezca muy dis- tinta a «la Chevrolet», que me veas como una Lolita sin escrúpulos... No te equivoques: no confundas la espon- taneidad NATURAL, dionisíaca, de una Macken- drick... Espontaneidad templada con la persecución, el fuego y la tortura durante siglos... No la confundas con la gimnasia erótica de una burguesita decadente amiga del éxtasis de laboratorio. —Lo nuestro es un Juego. Pero con mayúscula: si de verdad estás dispuesta a integrarte en ello... sé rigurosa contigo misma. —Pero, Eleanor... yo había dejado completamente de lado mis tics de antes... Estaba reencontrando a «la Pilar más auténtica»... Pero, al provocarme ustedes, con la tensión, afloró... Ha sido una reacción defensiva. —Como te acaba de indicar mi hija, nunca hacemos nada gratuito: se te está probando... Y nos gustaría que dieses la talla: en sí, las artes amatorias que aprendiste como Pili Chevrolet son perfectamente asumibles, no tienen nada de malo... Son instrumentos, vías, méto- dos: lo esencial es la ACTITUD con que los apliques. Eleanor observa fugazmente a su esposo, que, senta- do y arrebujado en su capa, continúa soportando con tristeza todo el peso del Tiempo. —Tú, con esa eficaz técnica express, no pretendías empatizar con el marqués, darle placer y aportar tu gra- no de arena al buen curso de la reunión... Tú querías humillarlo, humillarnos a todos, con esa paranoia in- tempestiva de la niñata liberada con ribetes feministoi- des... Puedo asegurarte, querida, que aquí nos sobran las lecciones feministas, la beligerancia sexual patatera

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y demás detritos burgueses. El concepto sobre las rela- ciones Hombre—Mujer que han defendido nuestras fa- milias más allá de la Memoria contra vientos y mareas inquisitoriales no necesita del visto bueno de una neu- mática neonew. El marqués, todavía abatido, hace señas a Eleanor para que modere su indignación. —Mi marido no es un macho de mierda... Yo a los machos de mierda me los como sin aliño alguno y los vomito al segundo en la letrina más próxima... Mi ma- rido es todo un Hombre: algo que tú no conoces o, de conocerlo, no lo has sabido retener... —Por favor, mamá, no sigas: mírala, está hecha unos zorros. En efecto: Pilar, con ese último rejón sobre la herida abierta, se diluye en una copiosa llantina. Gillian y Ma- lena la rodean tratando de tranquilizarla. —Bueno, se acabó el psicodrama: todo el mundo a comer. El marqués, de repente, ha recuperado su porte ha- bitual y, ayudado por Eleanor, sirve a los concurrentes platitos de marisco aliñado. Los mellizos cambian zum- bonas miradas de inteligencia con Inés en tanto que Malena y la llorosa Pilar se pasman por enésima vez.

[Fragmento de capítulo de la novela La canción del amor.] [1995]

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Cincienta y uno

Cae la noche sobre el balneario. Pilar y Malena, en el dormitorio de ésta, paladean unos batidos de fresa mientras comentan «las incidencias de la jornada». —Qué gente más increíble... Y yo tomándomelo en serio y licuándome en berrinche monumental... —Yo también me lo tragué: ¿cómo podía pensar que la metamorfosis del marqués en primo hermano de Ma- tusalén o el cabreo negro de Eleanor eran fingidos? —Eso sí: los dardos contra mi antigua personalidad eran pero que muy reales... Estos puñeteros Guevara lo saben todo: menudo zarandeo emocional le dieron a... «Pili Chevrolet». —Un zarandeo de lo más oportuno, Pilar.... Creo que me habría dolido bastante toparme contigo en tu etapa neonew: hace unas horas despedías esa frivolidad egoís- ta y dura que tantas veces he sufrido entre los trepas del canal privado... La soberbia, el sarcasmo, el deseo de hu- millar te... te volvían... repulsiva: una niñata repulsiva. Malena, hecha una pelota sobre la almohada de la gran cama, mira con tristeza la colcha al sincerarse con su antigua amiga. Afortunada Malena, investida de una envidiable dignidad natural, ajena a los autoengaños de la sofisticación, oliendo siempre a paisajes sin hollar. Como su madre.

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—Una niñata, una walkiria de plástico, sana, robus- ta, despierta... y chapoteando hasta el moño en el dora- do orinal de las vanguardias urbanas... Practicando ejercicios sexuales con mil hombres y sin sentir el más leve apego por ninguno de ellos... Qué potra tienes, amiga mía, por no haber perdido nunca la inocencia de los orígenes. Malena se conmueve ante los ojos húmedos, más oceánicos de lo habitual, con que su ex compañera de estudios la envuelve intentando recuperar los días de aprendizaje, tratando de borrar un paréntesis que sólo le ha dejado el aliento amargo que sigue a las borrache- ras profanas. Malena besa, bebe de esos ojos y obliga dulcemente a la cabeza rubia a descansar entre sus mus- los, sobre el fondillo de la camiseta en la cual Martin Sheen y Sissy Spacek desafían con su gesto y su edad la prisión ambiental de... las Malas tierras. —Pero el tal Evangelista... significó algo para ti. —«El tal Evangelista» era más alto, física y espiri- tualmente, que los demás. Pero yo no supe ver su en- canto: lo traté como un objeto «a la medida», como una prenda de vestir, unos zapatos, un nuevo peinado... Era más alto, ¿lo coges?: al fin me iba a la cama con al- guien de mi talla, dejaba de ser «la rubia gigantona»... Evangelista «lucía bien a mi lado», «hacíamos una ex- celente pareja»: esto desbordó mi narcisismo... Lo abrazaba a él y pensaba en mí... —Hablas como si, en el fondo, los hombres no te... —Puede que sea así: parafraseando a Piccoli en aquella cosa de Ferreri, «los hombres son un epifenó- meno».... La más promiscua de las chicas neonew, la reina de la noche madrileña, no escapa a las paradojas

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de Marañón sobre Don Juan... Me viene a la memoria una anécdota... Los movimientos de cabeza de Pilar en el regazo de su amiga han ido remangando la camiseta de ésta. La nuca de la rubia acaba de captar un dato turbador: Ma- lena no lleva bragas o, si las lleva, imitan extraordina- riamente la suave textura del musgo pubiano. —Una tarde, Evangelista y yo follábamos como des- cosidos. La tele estaba puesta y en pleno avance infor- mativo. Tú te asomaste a la pantalla rutilante, como una estrella de cine, puestísima: el make—up, los pelos, la americana ligera sobre la piel insinuando las tetitas en el pronunciado escote... Hablabas del premio Prínci- pe de Asturias concedido a un biólogo finlandés. —Lo recuerdo: ha sido la ocasión en que estuve más cerca en televisión de la divulgación científica y ya ves lo que fue, un momentito. —Yo no sabía de ti desde que se acabaron las clases con tu madre... Me impresionaste mucho: habías creci- do. Ya no eras el chicazo desaliñado de la adolescencia pero, a pesar del maqueo, tampoco te habían vuelto una muñequita parlante: tu presencia, tu voz, eran her- mosas y nada convencionales... Había dignidad, distan- cia, misterio. —Me alegro haberte causado tan grata impresión, pero toda esa aureola era simplemente hartura, satura- ción, disconformidad con el trabajo... Estaba hasta el coco. —No importa lo que fuese: la coincidencia de en- contrarte de golpe en televisión con un look rompedor y comentando una noticia sobre biología me lanzó por el tobogán de las nostalgias: durante unos minutos Pili

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Chevrolet hizo mutis y la empollona Pilar ocupó su puesto... Pensé en tu madre, en ti... Y abracé a Evange- lista con una ternura nueva y lloré como un grifo sobre su espalda y mi cabeza volaba hacia otro tiempo, otro lugar... —¿Hacia «Don Froilán»? Malena ha ido atrayendo con sus brazos la cabeza de Pilar más y más hasta su centro. Al tiempo, sus mus- los se entrecierran. La rubia se sumerge en el mar tibio de su amiga al sutil compás de los recuerdos: la nuca se funde en el latido y el hilillo caliente que atraviesa el terciopelo; las mejillas se encienden al contacto de los blancos muslos; y la barbilla, nariz y boca naufragan sin pena entre los brazos. —Oh, todavía puedes acord... —«Don Froilán»: que, según tú, procedía del ale- mán fraulein y era por tanto «el justo apelativo ambi- guo para una persona ambigua». —Tú llevabas el pelo muy corto y yo te lo aplastaba hacia atrás con agua. Y te pintaba un bigote finito, fi- nito, a lo John Barrymore. —Y me espachurrabas contra el gatito un plátano maduro, casi pasado, y después de acariciarlo un po- quito, lo sacabas y te lo comías. —Y me sabía a plátano mojado en las aguas del Índi- co... «Don Froilán» era mi novio, mi hombre ideal: con su piel suave y sus pezoncitos almendrados sobre brotes de anémonas y sus caderas a medio formar y su pollita de quita y pon, dulce y comestible... y se parecía tanto a su madre. Eva Segura, de chiquita, ¿jugaría también a «Don Froilán»?.... —Las manos de Malena, como mi- gales cariñosas, exploran bajo la blusa de la rubia el te-

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rreno ardiente y sudoroso, las amplias cumbres erizadas y sensibles, la laguna a la altura del ombligo... —Y a «Don Froilán» le gustabas tú, mucho más fla- ca y desgarbada por entonces... Sin el menor aire de walkiria: como una princesita de cuento centroeuro- peo, tan rubia, con los ojazos gatunos y los brazos lar- gos y dorados... Claro que ya en esa época «la princesi- ta» le sacaba sus buenos diez centímetros a «Don Froilán»: aunque entre las sábanas las medidas acaban diluyéndose. Malena ha dicho una verdad como un templo: en es- tos momentos, la «gigantona» Pilar se siente diminuta rodeada por... —«Don Froilán», qué noches nos regalamos: después de una sesión maratoniana de prácticas en el laboratorio, yo me quedaba a dormir en vuestra casa. Tu madre nos colocaba frente a una suculenta cena: los escalopes de lomo con patatas o el ragout o la tortilla a la payesa... y, de postre, crema catalana o arroz con leche... —Mamá me enseñó algo de «su magia de sartén»: mañana le pediré a Inés que nos dejen un huequito en la cocina y recrearemos uno de aquellos banquetes. —Tras la cena, nos íbamos las dos a tu cuarto.... Ha- bía un montón de bichos en terrarios: hamsters, coba- yas, culebras, un varano... Y la pareja de perros que rondaba por la habitación. —La dobermann Moira y el afgano Tadzio... Hace pocos días Eleanor nos leyó un poema en el que apare- cía otra Moira: ni sombra de relación con mi perrita. —«Don Froilán» era un rato zoófilo: enseñaste a be- sar a los perros... Te lo montabas sobre todo con la hembra: os dabais unos lotes de lengua...

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—Tenía más morbo que con el afgano: éste era más abúlico, como un peluche... Pero meterle lo que se ter- cie a una dobermann entraña siempre ese estimulante factor de riesgo: ¿empatía total o quizás le dé un pron- to y me destroce la cara a dentelladas?... Cuando he vis- to en la telesesión de madrugada El beso de la pantera lo asocié todo el tiempo a mis revolcones con Moira. —Y disfrutabas metiéndote en el coño las crías de los animales pequeños... ¿Cómo te decía yo? —«Don Froilán, don Froilán, un tipo ambiguo y marsupial.» —Te ponías a cien sintiendo rebullir entre los muslos los gusarapitos ciegos, que debían pensar que volvían «al punto de partida»... Una noche incluso te desma- yaste de placer: buen susto me diste. —Fue cuando me metí un par de crías de Encarnación Gutiérrez Bastida, la cobaya, y la puse a ella tumbada de través para que «mis huéspedes», asomados, mamasen... Encarnita me acariciaba con el rabito y su hociquillo ner- vioso justo donde ahora me rozan tus orejas... El mar carnal de Malena se encrespa en torno a la cabeza amiga. —... y, mientras, las crías, como vibradores, se moví- an suavemente dentro de mí al mamar... Fue divino: y, qué narices, me desmayé. —¿Has abandonado esos hábitos? —Lo bueno nunca se abandona... Últimamente es Dorian quien acapara a mi actual dobermann, pero como de todos modos el chavalín es más animal que humano, para una zoófila resulta un primor. —¿Qué le pasa? No habla nunca... ¿Es deficiente o autista o...?

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—Frío, frío: controla cantidad, como el resto de su fa- milia... Cuando conozcas mejor a los Guevara podrás juzgar... Por cierto, la gemela está encoñadísima contigo. —No sé qué busca... Me agobia un poco... Mujer, si estoy intentando romper con «Pili Chevrolet», me nie- go a continuar en plan promiscuo, «nihilista calentón», «el sexo por el sexo» y tal. Pilar cambia de postura y sus labios chocan en per- pendicular con «la otra sonrisa» de la recién recobrada compañera de juegos semipúberes. —Quiero hacerlo solamente con categorías, con pre- sencias llenas de significado: no más anécdotas, más epifenómenos... —Pilar, no desquicies las cosas: Gillian, y lo sé preci- samente porque me siento muy unida a su hermano, no tiene nada, pero que nada, de epifenómeno... Piensa un poco en nuestras buenas noches con «Don Froilán» y verás el asunto con más claridad... No hay nada de «ni- hilismo calentón» en esa chiquita: como tampoco lo ha habido entre nosotras. Pilar se incorpora inquieta. —¿Qué miras? Unas siluetas se agazapan en la ventana. —Anda, hablando de barcos... Son los chicos... Hey, entrad. —«Pura casualidad», ¿no? —Relájate: nada de suspicacias ni paranoias ni ma- los rollos... Confía en «Don Froilán» y déjate llevar. Malena abraza con mimosa firmeza a su enfurruña- da amiga. La ventana se ha abierto dando paso a los mellizos y al joven dobermann. La pareja de hermanos comparte procazmente un skyjama negro con ribetes

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dorados: Dorian malcubre sus tiernas vergüenzas con la parte de arriba y Gillian exhibe su floreciente torso embutida en el pantalón. La muchachita sostiene una jarra llena de un líquido efervescente que, bajo la débil luz de la estancia, adquiere reflejos verdosos. —Malena, trae unos vasos... Este refresco nos pondrá en situación casi instantáneamente... Ah, hola, Pilar. El intencionado descuido de Gillian atrapa a la ru- bia, que la mira fascinada sin mover un músculo, como un ciervo deslumbrado por el faro de una bicicleta. Do- rian, en cuclillas junto a la cama, travesea con el cacho- rro. Malena se acerca con los vasos. Pilar, aún en guar- dia, se decide a hablar. —¿Qué clase de refresco es éste? ¿Alguna droga? —Pero, Pilar, ¿qué puede ser sino... agua solar con una dosis extra de sal de frutas? —¿Sal de...? —Fuera con las inhibiciones, los malos humores... Dentro de unos minutos, te sentirás limpia... de toda esa mierda. —Ooooooh... Los gemelos y Malena tratan de contener las risas ante el doble sentido de las últimas frases pronunciadas. Pilar se derrumba en la cama, resignada a ser el altar vivo de las escatológicas apetencias de Gillian: por lo visto, «su iniciación» no ha concluido, ni mucho menos. —Hmmmmmmm... ¿«Don Froilán» se ha transformado en Claire Blo- om?: bueno, «dejémonos llevar»...

[Capítulo de la novela La canción del amor.] [1995]

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La canción del amor (Algunas notas sobre su elaboración)

Tras la publicación en 1986 de Relato secreto (emitido previamente por Radio Nacional entre el 83 y el 84), estuve pensando en desarrollar una historia mucho más compleja con el personaje de Norman Bates. Me ayu- daron, obviamente, los films que ya habían motivado mi anterior obra ( y Psicosis II) más alguna otra imagen «paralela» (el predicador de China Blue, por ejemplo), sin olvidar el libro de Sprague De Camp so- bre Lovecraft. El personaje de Malena Bou me fue inspirado en un principio por Concha García Campoy, aunque a medi- da que la Bou ganaba en complejidad y rebeldía exis- tencial, las trazas de la Campoy se difuminaban y en su lugar aparecía la figura de Olga Barrio (a quien siempre he asociado con la «Ligeia» de Poe o con la Budur Peri de la «Heliópolis» jungeriana —por aquello que el pro- pio Jünger calificaba así: «Su saber no era una llave para penetrar en las cosas, sino para entrar en sí misma. La rodeaba como un nimbo, como un vestido cuyos pliegues no hacen sino traslucir la armonía del cuer- po»). Los primeros esbozos de la historia del balneario de- berían haber dado pie a una narración en colaboración (al modo de algunos cuentos de Lovecraft y sus ami-

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gos), pero la incompatibilidad entre los estilos de las otras dos personas encargadas de continuar la trama impidió que el proyecto en común se desarrollase. Respecto al canibalismo: aparte de que el binomio comida/amor, incluidas sus connotaciones antropofági- cas, es algo habitual en mi narrativa, el banquete con Silvana Delirio me fue motivado por dos circunstan- cias; por una ensoñación recurrente que ya había toca- do en mi cuento «Acróstico» (publicado en el fanzine La Campana de Lavapiés a finales del 79); y por la his- toria del japonés aquel que se preparó unos bistés saca- dos de las nalgas de su vecina holandesa. Toda la ola caníbal que anega el hemisferio norte en los últimos tiempos (descuartizador de Milwaukee, Hannibal Lec- ter, troceadores moscovitas, etc), pese a haberla seguido con atención, no ha dejado huella en este libro por ser posterior a sus capítulos más gastronómicos. Las fantasías obsesivas en relación con el lago Ness surgen tras la lectura del documentado trabajo del pro- fesor Roy P. Mackal sobre el monstruo de marras. En estas visiones recreo mi fijación infantil por los anima- les prehistóricos, los eslabones perdidos y los fósiles vi- vientes (fijación que en la adolescencia me llevaría a en- amorarme de manera absoluta de los mutantes e híbridos de los comics Marvel —paso éste que acabaría uniendo mi primitiva zoofilia con la inminente acepta- ción de las doctrinas aristocráticas de Nietzsche, Jünger y Mishima). ¿Por qué Mankiewicz y no otro director? Ignoro la respuesta: en mis sueños, «el viejo cineasta» que «abría los ojos» a Malena Bou era Mankiewicz. Puedo señalar que dos films suyos se me han quedado muy grabados:

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De repente, el último verano y La huella. También me impresionó bastante el ensayo que Carlos Fernández Heredero dedicó al director. ¿Hay alguna relación entre David Lynch y esta obra? Presumo que, de manera inconsciente, imágenes de sus films han podido planear por mis ensoñaciones. Sí re- conozco a la serie «Twin Peaks» como principal deto- nante que me animó a retomar y buscar una confluen- cia para las tres narraciones. Hablaré un poco sobre el arcángel Adamantis. Se me ocurrió en el verano del 86, en un intento de novela que se truncó a las pocas páginas. Durante el 87, apareció ocasionalmente en mi rincón de ABC ejerciendo como «ángel custodio» del taxista Norman Travis. Al año si- guiente escribí los capítulos iniciales de «Polvo de án- gel» (capítulos que, en una primera redacción, fueron emitidos como serial por la emisora de Carabanchel RADIO 10). Como buen arcángel, posee multitud de imágenes con las que soñarlo: esa mezcla de candidez y firmeza que caracterizaba a Grace Kelly antes de con- vertirse en regia matrona monegasca; la aniñada sofisti- cación de Morgan Fairchild (mi rubia favorita); la pica- resca frialdad de las hermanas Dorléac y Deneuve; y, ya en el 91, en la metamorfosis última del personaje (cuan- do decide asumirse más como luciferino que como ce- lestial), la malignidad reptiliana de Kirstie Alley. A Inés, la última Villeneuve, la soñé con el aire de una Greta Garbo ya en la cuarentena (entre La mujer de las y sus primeras fotos «de incógnito») que fuese a interpretar a una monja exclaustrada: cabe- llo canoso, sin afeites pero muy hermosa en su madura plenitud...

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Respecto a la trinidad de sosias de Claire Bloom, ha- bía un montón de imágenes de esta actriz con las que jugar para elucubrar personajes de diferentes edades: la inocencia de Candilejas, la ambigüedad adolescente de Los bucaneros, la tórrida ninfomanía de Confidencias de mujer, el fanatismo de El espía que surgió del frío, la madura sexualidad de El hombre ilustrado, la helada serenidad de Retorno a Brideshead... Pero no sólo las criaturas del cine y la televisión me inspiraron: personajes como Silvana Delirio, Pili Che- vrolet, Tito Astro o Verna Lubkowitz tuvieron su germen en chicas y chicos de la movida que traté entre comienzos y mediados de los 80. Cada cual sabrá reco- nocerse. De Evangelista, diré que representa «ese hermano que nunca tuve y me hubiera gustado tener»: fuertote, un tanto simple en apariencia (discreto en realidad), complementario de mis excesos y carencias. Con una lealtad hacia mí digna de un pastor alemán. Se parece físicamente a Rock Hudson porque este actor, en su imagen juvenil de los 50, es quien más se aproxima a ese «hermano ideal»: un espacio de salud, de pureza vi- tal, de «aire libre» en contraste con la enrarecida artifi- cialidad postmoderna. En cuanto a la abundancia de anacronismos y ele- mentos ancestrales «en un cercano futuro», siempre he concebido lo por venir como una posible redención de la Memoria frente a las cadenas del Progreso. De ahí que me atraiga la indefinición temporal (de films como Eraserhead, Dune, Blue Velvet, Drowning by numbers o Delicatessen, de las novelas metafísicas de Jünger o de los cuadros de Magritte) frente a todo tópico tecno-

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futurista (que me resulta tedioso). Pienso que el único futuro digno de vivirse será aquel que nos permita mi- rar atrás y recuperar la médula de los recuerdos. Si las cosas no fuesen así, supongo que mi única salida (apar- te del suicidio) consistiría en enquistarme como «guar- dián de las imágenes perdidas» (al estilo de Edward G. Robinson en Soylent Green).

[Publicado en El corazón del bosque.] [1995]

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CARNE DE ULRIKE

Carne de mayo resuelto en flores negras. Carne de muros mirando hacia el oeste. Carne de luces, de voces, de problemas. Carne de diosas con aliento a tabaco. Carne de ruedas que no aceptan pretextos. Carne de fuego estampado de estruendos. Carne de sombras goteando futuros. Carne de herrumbre más radiante que el oro. Carne de bosques con pechos de pantera. Carne de ecos, de obsesiones, de calma. Carne de madres inventadas de pronto. Carne de crimen necesario, tu carne. Rezo en tus muslos, santísima blasfema. Te odian los necios brindando eternidades. Rojas Aureolas Fusilan el vacío.

[Publicado en El corazón del bosque.] [1996]

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Todos los chicos y chicas. Visiones de un milenio bizarro (fragmentos)

La tienda se llama Children Jewels. Se encuentra cerca de la casita encantada de bizcocho y chocolate, en la ve- cina calle del Genil. En el escaparate se exhiben unos extraños juguetes mecánicos de compleja y anticuada factura, fotos con pátina de niñitas vestidas a la usanza victoriana y grandes frascos de cristal con caramelos y jarabes de empalagoso empaque. En su silla de ruedas, una mujer camino de la cin- cuentena medita recostada sobre el mostrador. Su cara agradable y colorada, rematada por un carnoso morre- te, tiene un aspecto plácido sólo roto por los vivos y pe- queños ojos de roedor alerta. Un pañuelo de seda negro cae descuidadamente hasta la maxifalda de lana a cua- dros escoceses. Lleva los hombros al descubierto: la blusa de seda gris perla se anuda en la nuca, oculta por una espléndida melena caoba veteada de blanco que ofrece sus brillantes ondas al tenue sol del ocaso. El ocaso de este atípico agosto...: coge una mañanita blan- ca y se la echa, moviendo la silla hacia la puerta. Abre el cerrojo y cambia el OPEN por CLOSED. Después, regre- sa a su punto de observación y espera, con un libro so- bre Crowley de la reputada bruja Eleanor Macken- drick. Para matar el rato.

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El interior de la tienda ha sido decorado con colores neutros y grabados rancios en los cuales se ven toda clase de pasatiempos cibernéticos: un pequeño zoo con los animales en sus jaulitas montando los respectivos pollos; una compañía de soldados que cambian de po- sición de descanso a la de «apunten» para acabar dis- parando contra una microscópica diana; un esturión mecánico que nada en aceite... En la trastienda, a oscu- ras, ¿se encontrarán las réplicas reales de estos graba- dos? Aunque las maravillas expuestas no van para nada a la zaga del zoo o del esturión: muñecas de porcelana y ojos de vidrio que caminan con calculada indolencia, hablan de incestuosas obscenidades, se echan a dormir con seductor abandono o asen diversos utensilios con sus manitas; trapecistas que saltan continuamente con impulso propio; murciélagos que revolotean por toda la tienda y acaban transformándose en Draculines, me- diante una ingeniosa disposición de sus elementos... Y así hasta más de treinta modelos diferentes. Pero no sólo se venden juguetes mecánicos y golosi- nas (dignas de aquel bazar que solía frecuentar el pro- fesor Rankin poco antes de perder su combate de esgri- ma contra el Tiempo): también pueden encontrarse grabaciones a 78 rpm de melodías jamás pedidas por nadie, juegos de azar entroncados con ominosas leyes y oscuros presagios, y, desde luego, libros de ciencia ocul- ta inhallables en cualquier otra parte. —Hola, Anne. Luigi entra, después de coger una de las patinadas fotos de niñitas. El gato de cola anillada se enrosca mo- rrongón sobre el cogote de la juguetera. —¿Tienes nuevo género?

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—Bocato di cardinale veneziano. —¿Escocesas? —Naturalmente. Lo mejor para el señorito Dogson. Luigi se ruboriza. Anne se lo comería a besitos. Pero sabe que, a los peculiares ojos del muchacho, ella es una anciana decrépita. Su único consuelo, verlo de vez en vez y... —Acércame esa carpeta... La cubierta con crinoli- nas. Mientras Luigi le da la espalda, Anne aprieta un re- sorte y sale despedida de la silla hacia el techo, con gran sobresalto del gato de cola anillada, que se refugia en una repisa. Cuando va a caer, unos largos hilos salen de su falda dejándola suspendida en el espacio. Lo más cu- rioso: no ha perdido la posición de sentada, como si la catalepsia hiciese presa en su cuerpo. Coge algunas ca- jas del estante superior. Vuelve a situarse en la silla sin que Luigi, profundamente absorto en la contemplación de la carpeta, se aperciba de lo sucedido. El gato de cola anillada danza por techo y paredes como un ingrávido Fred Astaire. —Hay joyas como ollas... Esta criaturita pelirroja es espléndida. ¿Por qué va vestida de araña? —Ya te lo explicaré otro día. Luigi se acerca pasando con delectación las hojas. Anne, en tanto, ha abierto una caja decorada con espu- millón y simula acunar en su regazo una muñeca clava- dita a la «criaturita pelirroja» de la foto. —Oh, cielos, la niña epeira... La muñeca lanza unas sutilísimas hebras al torso de Luigi y trepa hasta su boca hundiendo en ella la lengua de trapo. Anne, simultáneamente, cae en trance y, con

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los ojos en blanco, babea y da la impresión de no pa- sarlo precisamente mal. Luigi, abrumado por la sorpre- sa, no puede por menos que rechupetear la estropajosa lengua, la cual le sabe a pañal de bebé recién mojado. —Voy... voy a vomitar. Anne le ofrece solícita un elegante búcaro con moti- vos manchúes. Luigi, medio acogotado por la asfixian- te pepona, arroja hasta la primera papilla. —Fffff... Qué experiencia... ¿Cuánto pides por la muñeca? Anne sonríe enigmática. —¿Te llevarás también algo de beber? El gato de cola anillada va metiendo latas de Perrier en la bolsa. (. . .)

Las nueve de la noche. A La Mujer Realizada le queda una hora antes del discurso de inauguración de las fies- tas Rainbow Valley de este año. La plaza de Chueca aún está casi vacía. Puede dar una vuelta hasta Colón. Se había citado con Gracia y Fortuny. Pero se están re- trasando. —Por favor, ¿me puedes indicar? ¿La plaza de Chue- ca? —¿Vas a las fiestas? —Eeeeh, sí. Uuuuuy, perdona. He bebido un poqui- to, ¿sabes? Se cae encima de La Mujer Realizada. Huele estu- pendamente, como a bebé (de pronto, La Mujer Reali- zada se arrepiente de haber participado —fue su prime- ra campaña de concienciación— en las protestas contra aquel anuncio de «Toda tú eres un culito»: una de las

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frases más sexys que jamás se han concebido —que se lo digan a las noches que pasó, en su adolescencia, con la mano en el mejillón y los ojos fijos en la modelo que anunciaba pañales oculta entre los libros de texto). —Lo... lo siento. Intenta incorporarse. Viste un suéter cuello de cisne negro sin mangas, unos pantalones de raso azul eléctri- co y una cazadora púrpura con una leyenda a la espal- da (algo en inglés, ¿MOONRIVER?). El pelo, hasta casi la cintura, un Niágara ceniciento. Y unos pendien- tes enormes en forma de moscas o tábanos o algo por el estilo. Los zapatos, de aguja, muy retro. Y el rostro... buff: ojos almendrados de un color raro (¿por qué pien- sa de pronto en Liz Taylor?), ligeramente hundidos bajo unas cejas sin depilar, con unas pestañas naturales gigantescas (como antenas de polilla); facciones finas, un perfil (¿retocado?) y un contorno de cara que a La Mujer Realizada le trae al recuerdo cierta teleserie de azafatas de su niñez (fue precisamente una de aquellas aeromozas quien encendió su pasión por primera vez y la obligó a reconocerse como distinta); una boca no muy grande, excelentemente dibujada, de labios pinta- dos con un incitante tono bermellón. En cuanto al cuer- po, delgado sin llegar a anoréxico, con pechos apenas intuidos de colegiala y caderas escurridas... La Mujer Realizada se toma la libertad de echar mano a la piti- llera y ofrecerle un Coronitas. —Gracias, no fumo. ¿A qué hora empieza la cosa? —Falta todavía un rato. Nos da tiempo a tomar algo. Vamos, si te... —Oh, claro que sí, a ver si me animo. Que empiezo a perder comba.

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Su delgado cuerpo se mueve como una culebra. De cuando en cuando, se agarra al brazo de La Mujer Re- alizada. Luego, bruscamente, se suelta y camina unos pasos por delante, para volver a agarrarse. La Mujer Realizada, pendiente de la escurridiza e imprevisible beldad, ahora es La Mujer Mareada. Entran en un bareto ínfimo. —Patatas bravas y un par de ribeiros... Llevo todo el día sin comer, a base de margaritas y gimlets... Oh, pero lo mismo tú querías otr... —No, no, está bien. Las patatas pican como condenadas. A la beldad la curda le debe haber dormido las papilas porque las come con la misma delectación que si fuesen pastelillos de nata. La Mujer Abrasada, en cambio, palia los efec- tos de la salsa con miga de pan. —¿Y tú quién eres? Una tía importante, seguro. —Me llamo Viruca, Viruca Fuentes. Dirijo el cotarro éste de Chueca. —Qué bien. Suena como a serie de Barbara Stanwick, a Rancho notorious o a Johnny Guitar. Tú, dueña y se- ñora del cotarro... Lo que dije: una tía importante. Stanwick, Dietrich, Crawford, stars en edad climaté- rica... La Mujer Avejentada no puede evitar una mirada de soslayo en el espejo de la barra: ¿tan mal se ve? —Oh, perdona... Piensas que te he cargado años de más con mi comparanza cinematográfica. —No me jubiles todavía... No soy tan mayor. —No, pero las mujeres importantes envejecen antes. —Eso es una afirmación sex... —Desengáñate. Es la pura realidad... Te echo entre treinta y cinco y cuarenta.

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—Treinta y siete. —Yo tengo tres años más que tú. ¿Ves cómo tenía razón? La Mujer Realizada ahora es La Mujer Confundida. —Me creías más joven, ¿verdad? Siempre me ocurre. —Podrías pasar por... mi hija. La huesuda mano de la muchacha acaricia la gruesa nuca de La Mujer Desarmada. —Sólo si admites el incesto. La Mujer Encelada se ve a sí misma como una cari- catura deprimente («ese damán de pelo amarillo que suda en el espejo ¿seré yo?»), abrumada por la ola de misterio que apenas si puede digerir. —¿Y tú cómo te llamas? —Flow, Rondola Flow. —¿Así te bautizaron? —Dejémoslo en el nombre que me va bien. —Camarero... —Tranquila, invito yo. Me apetece invitar a una tía importante. Me hace sentir... poderosa. La Mujer Derrotada sale a la calle a tomar aire y or- denar un ápice su guirigay mental. —Eres implacable, querida. Nunca me habían baja- do los humos con tanto estilo. —Me gusta humillar a una tía importante. Me pone a cien. La Mujer Mo(rdi)squeada. En el lóbulo de la oreja. —¿Qui... quieres decir que te gust...? —Te has puesto como un tomate, Viruquilla, y al abandonar la mueca de tía importante, has perdido de golpe quince años, por lo menos. La Mujer Pellizcada. En el ruboroso moflete.

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—Ñññññ... Ahora tú pareces mi hija. Una hija rolli- za y saludable... Me van las sobrealimentadas. La Mujer Ilusionada y su traviesa pareja se enlazan (imagen transexuada de Laurel y Hardy —one touch of... Aldrich) en dirección a Chueca. Un pug pajillero, en plena lamida de pelotas, las observa silente tras la baranda de aquel balcón rebosante de petunias. Las mierdas recientes de otros canes brillan como joyas de Dalí al conjuro de la luna. (. . .)

Miranda juega con su cuerpo mientras visiona diaposi- tivas familiares. A su vera, un cuenco con yogur y miel lleno de tropezones (fresas, plátano, albaricoque...) en el que, de cuando en cuando, hunde sus dedos. En el compact, Patty Pravo muriendo entre violetas. Para no molestar tu sueño enteogénico, se ha trasla- dado al dormitorio de su socia. Las imágenes arañan su corazón como cachorros de onza: Vincenzo Veronese y Judith Shapiro cabalgando su Harley en pleno otoño caliente de plomo niño y flores del mal (al fondo de la plaza milanesa, un cine: Teorema en los carteles); papá y mamá desnudos asando sardinas con Pasolini (tam- bién desnudo) en una ignota playa (una pareja de jóve- nes pescadores —no menos desnudos— riendo en lon- tananza: uno de ellos acabaría asomando sus espléndidas formas en Porcile); papá discutiendo con el cineasta ideas para un futuro film sobre la RSI (en con- fesiones de Vincenzo Veronese a su hija, su amigo había rodado su último trabajo con intenciones vagamente suicidas: había fantaseado alguna que otra vez con el descabello a manos de un amante jovencito —como

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Mishima, pero sin seppuku ni parafernalia heroica: le obsesionaba en silencio la grandeza del escritor japonés en su debate con los estudiantes aquella mañana de abril del 69, así como su muerte un año más tarde; Saló o los 120 días de Sodoma habría de ser el trapo rojo destinado a convertir a un anónimo chaperito neofas- cista en ejecutor de las últimas voluntades de un genio harto de este mondo cane; ¿que oscuros poderes se be- neficiaron y teledirigieron esta muerte, como le comen- taba Moravia a la Macchiocchi?: por supuesto —lo verdaderamente atípico, dada la situación italiana de entonces, hubiese sido un crimen puramente pasional—, pero ello no anula lo anterior)... Miranda evoca, con los labios chorreando fruta y yogur, la primera vez que vio Teorema. Fue en una co- pia de vídeo, desayunando con sus padres en la cama. Sus trece abriles fueron cáliz para las confidencias de sus progenitores. También, contemplando al arcangéli- co Terence Stamp enfrentarse a polvazo limpio a toda una familia de la alta burguesía hasta despertarla de su letargo, se juramentó que, más tarde o más temprano, se dedicaría al cine para poder recuperar aquella sub- yugante historia con una estética decente (Pasolini le producía una cierta grima como creador de ambientes). Como un sueño recurrente, en la pubertad había dado mil vueltas a las imágenes de ese hipotético rema- ke: ella para entonces mediaría la treintena y encarna- ría, transexuándolo, el personaje de Terence Stamp y concienciaría a polvos, lengüeteos y caricias a todo un grupo familiar constituido por el padre (el suyo: Burt Lancaster en plena madurez, El nadador como arqueti- po), la madre (la suya: Diane Baker en Al este de Java),

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el hijo (el hermano que no tuvo y siempre soñó poseer: Chano Fruta, aquel rubio condiscípulo del Liceo Ado- nais con quien gustaba de leer a Evola, Metafisica del sesso) y la hija (ella misma frente al espejo explorándo- se con tibia morosidad)... —A todo lo que se mueve... Un brindis por Dennis Hopper. En vez de éter, fresas. Y un reojo tierno al pene moteado que reposa en la es- tancia aledaña. Las diapositivas continúan y Miranda juega ahora con su alma: Anna recién nacida en brazos de la adolescente, altísima y desgarbada «tía Pili»; las dos amigas con el rorro señalando muertas de risa al in- voluntario padre, ampliado en un primer plano de su encarnación hirsuta y ceñuda como «hombre sin nom- bre» (el arquetipo que le consagró como actor, antes de pasar del Colt a la Magnum); la doctora Segura, con su espléndido aire agreste a lo Maria del Mar Bonet, mos- trando a la cámara la probeta con la semilla que acaba- ría fructificando en la joven hija de sus amigos Vincen- zo y Judith; éstos jugando con Anna junto a una piscina adoselada con barrocos adornos... Miranda ríe para sí al recrear el instante en que Pilar Sáenz de Yzurdiaga, a la sazón una precocísima discípula de Eva Segura, le co- mentó que habían recibido varias muestras de esperma de famosos: empezaron a fantasear y, poco a poco, fue cristalizando en Miranda el anhelo de ser inseminada con el contenido de uno de aquellos tubitos. Miranda se ensombrece. Las diapositivas traen el aliento helado del «espectro de las navidades futuras» (aunque, en este caso, no haya nada de reversible en las visiones): Anna muerta a los diez años en pleno sueño (impotencia de los doctores ante un transtorno que sue-

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le afectar a niños más pequeños); Anna llevada a Font- grial, bajo la supervisión del especialista Bates, buscan- do preservar su carne dorada para la eternidad; Anna reposando en la cripta bajo los amorosos cuidados de quien fue su canguro los dos últimos años de su vida, el miembro de Magnolias Orientales Luigi T. Dogson (así fue como Miranda trabó contacto con los Magnolias hasta convertirse en su caterer y documentalista)... Hoy bajará a la cripta con Luigi. Leerán a Anna al- guno de sus relatos preferidos (un trallazo de Ellroy — ¿unos capítulos de Sangre en la luna?—, el «Ligeia» de Poe o, quizás, «La mansión de los ruidos» de Shield). Comerán junto a su figura inmóvil la merienda de ve- rano que tanto le gustaba (gazpachuelo bien frío con uvas, bocadillo de pimientos, crema catalana y una in- fusión enteogénica para bajar lo comido y elevar el alma). Escucharán en el megaequipo pentafónico reta- zos de su hit/parade (Miranda repasa el montoncito de discos ya seleccionado localizando los temas: «Never turn your back on mother earth» de Sparks; «Fly away» de Hotlegs; «Anna» de Lucio Battisti; «Si mi ca- ballero» de Françoise Hardy; «Das lied von einsanen madchens» en versión de Nico; «María y Amaranta» de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán; «Riders on the storm» de los Doors; «L’aigle noir» en versión de Maria del Mar Bonet; «Walk on the wild side» en ver- sión de Patty Pravo; y «Le petit prince» de Gerard Le- norman). Mientras suena la música, Luigi refrescará la piel de Anna con esponjas marinas empapadas en agua solar, la cambiará de vestido, peinará sus cabellos... Miranda mira (los ojos húmedos) ese poster de Pepe Isbert en cochecito de inválido. Y evoca las palabras

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siempre sabias de una genuina sobreviviente, Eleanor Mackendrick: —No abdiquemos nunca de nuestra libertad (. . .)

La Mujer Condenada, en su escarabajo color cobre, se aleja de la urbe sin rumbo fijo. Basureros, unidades ve- cinales de absorción, cementerios de coches, plantas químicas, hedores de todo tipo rodean la capital como una bufanda de mierda pura. Ha de reconocerse que la enloquecida gestión del reconvertido Applebush ha re- cuperado para Madrid algo de la luminosidad inocente que sólo quedaba ya en grabados añejos y películas de Tony Leblanc. El contraste con los paisajes que quedan fuera de su dominio es una prueba irrefutable de ello. Las imágenes horrorosas de los alrededores cuadran a la perfección con el estado anímico de La Mujer Con- denada. Aparca en un inmundo callejón, junto a un ba- reto decorado con anacrónicos símbolos del Mundial 82. Aspira la peste aledaña de la fábrica de soylent gre- en y comprende que no está sino oliendo su propio co- razón. Sorbe ruidosamente y busca en la guantera un paquete de kleenex con los que hacer frente a la torren- tera lacrimal que nubla su panorama. El retrovisor le muestra al damán de siempre, aún más asqueroso: ojeras, los pelos azafranados tiesos en la coronilla, el cutis embarrado del llanto mezclado con la brisa poluta que ha ido tragando durante el trayecto suburbial, los labios enfermizamente pálidos... ¿Qué ha hecho de su vida? ¿Era todo tan frágil como para irse al carajo de una sola vez, en una puta noche de festejos? Mira hacia atrás: a su adolescencia, a ese

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cocktail de sentimientos (vergüenza, orgullo, transgre- sión, empatía con los mutantes, dogmatismo de las ca- pillas)... Nacimiento de un nuevo tipo de hipocresía, pérdida de la imaginación y del humor: nuevas repre- siones... —¡TODA TÚ ERES UN CULITOOOOOOO! Los ojos arrasados se fijan en ese gorrión que vuela asustado. Las manos gordezuelas se aprietan contra el volante. El corazón, en el sprint de la taquicardia, pug- na por ser libre. Un tipo de nariz cancerosa y boca su- mida la observa desde el interior del bar. Alza su vaso sonriente como si brindase por su berrido. La Mujer Condenada se esponja por un instante, acariciada en el lomo por el brindis. Un brindis que la lleva a recobrar ese misterio llamado «calor humano» de los westerns que gustaba ver de niña (siempre soñó con un padre como John Wayne y se identificaba al milímetro con la testaruda Kim Darby contratando a un Duque tuerto y borrachín, o con Nathalie Wood dudando de si Wayne la mataría en un pronto racista o la rescataría, o con Brandon de Wilde —casi gemelo suyo en aquellos años— llamando a «Shane» —aunque, en su imagina- ción, éste aparecía siempre como el leonino Wayne y no como el bracicorto y cabezón de Alan Ladd, cuyo físi- co, tan semejante al de su padrastro, le repugnaba). Las normas que el Tiempo la obligaría a cumplir señalaban con un dedo rígido y enorme lo «políticamente inco- rrecto» de sentir apego por alguien tan patriarcal y fas- cistoide, machista impenitente, patriotero imperialista, brutal amasijo de gónadas depredadoras... Y, a pesar de todo, cuando inició la «toma de conciencia», John Wayne se colaba una y otra vez en sus sueños para pro-

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tegerla de una madre/monstruo, tiránica, gorgónica, tronada como la enfermera de Misery, la cual, impepi- nablemente, adquiría los rasgos de... ¡Lidia Falcón! Y, siempre, siempre, terminaba por despertarse empapada en angustia, culpa, pecado, impulsos antinaturales... Todo eran «impulsos antinaturales»: según un@s, era antinatural asumir su lesbianismo; también, según otr@s, lo era todo aquello que la asediaba por la noche (John Wayne, la mujer/culito, la Falcón convertida en gárgola de Wes Craven...) y de lo cual debía autocriti- carse en la vigilia. Finalmente, como en tantas otras ocasiones, las con- tradicciones se resolvieron en culto a la pela, mercantilizando la transgresión, stajanovizando su jor- nada de JASP, borrando las preguntas, las paradojas, las dudas, adquiriendo los mismos defectos que la ma- yoría homófoba dominante pero, claro, «en clave rain- bow», dispuesta a construir «imperios» (o «lobbys», como se llaman ahora). Doris, su novia taiwanesa, miembro de la inefable R que R, la había plantado al despuntar el nuevo milenio con el siguiente y duro epi- tafio: «Si la Thatcher fuese bollera, tú serías la That- cher». La Mujer Destruida se encuentra de pronto en un bolsillo, mientras busca una pastilla de chicle antide- presivo, la servilleta en donde Rondola escribió una cita en francés antes de su despedida a la ídem: «La sé- duction es toujours plus singulière et plus sublime que le sexe, et c’est à elle que nous attachons le plus de prix» (Jean Baudrillard). ¿A qué vendría eso? Desapa- reció, tras hundirle este críptico mensaje entre las tetas, a poco de llegar a Chueca. ¿La ahuyentaría con su dis-

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curso inaugural de «tía importante»? La Mujer Aban- donada no quiere ser más una «tía importante»: sólo quiere recuperar esa mirada violeta, esos cabellos ceni- za, esa figura andrógina, esa conversación ácida preña- da de Mist...

[Fragmentos de la novela Todos los chicos y chicas: vi- siones de un milenio bizarro».] [1997]

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Patty Bravo y Mia Martini: colombianas por el lado salvaje

«¿Pero cómo, no sabías? Mia Martini se suicidó. Y Patty Pravo se chupó su temporada de cárcel, por cosa de drogas.» No. No lo sabía. Me lo dijo Paco Clavel cierta no- che de enero, mientras hablábamos de una común afi- ción, la música pop italiana. Y la verdad es que me quedé bastante shocking: Mia Martini y Patty Pravo configuran, junto con Mina, mi tríada máxima de dio- sas de la canzone. A su lado, de damas de honor, me atreveré a colocar a semidiosas menores como Antone- lla Ruggiero (la solista de Matia Bazar) o Anna Oxa. Y a años luz, en el Erebo de la eterna plebeyez, a la inso- portable Raffaella Carrà, cuyo único tesoro de autén- tica clase se reduce al polvo que le echó Sinatra en sus comienzos. Lo que pueda sentir por Mina, en parte (y no peque- ña), ya lo expresó Leopoldo Alas en estas mismas pági- nas hará cosa de cuatro meses. Así que, para no saturar al lector, lo que me queda por expresar sobre la Tigresa lo soltaré en algún próximo número. Hoy me centraré en Patty y en Mia, frágiles súcubos de andrógina y danzarina encarnadura, cuya vida (cien- to por ciento italiana en su devenir trágico) llevó a una a la cárcel por el estrecho puente de una jeringuilla y a

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la otra a la tumba por el no menos filoso sendero de la depresión. Como hermanas simétricamente opuestas, la plati- nada adolescente florecida en Venecia (¿dónde si no po- día haber nacido una criatura así?) y establecida en la Roma del Piper Club contrasta en su laxitud incipiente de nínfula fatal con el arrebatador romanticismo de ca- mafeo que supuso en sus inicios la segunda.

Patty Pravo

Patty Pravo, desde esa voz grave y llena de oscuras pro- mesas, nos recuerda por un momento a otra presencia también surgida de la dolce vita y la vorágine swinging de los 60, la teutona Nico. Cambia la raza, que es mu- cho cambio. Y, pese a flirtear Nico con Fellini en aquel film carismático y vivir el Londres de Blow up y la New York de Edie Sedgwick, su aura de pecado tiene otro tono al de la Pravo. Pese a ser ambas puntos luminosos donde convergen el sofisticado celta Scott Fitzgerald con el también celta, pero más primario, Neal Cassidy, el brillo transgresor de la chanteuse de la Velvet es más oriental, más bárbaro, más arcaico, más grave (en el sentido físico de la palabra). Patty peca con más graci- lidad, más urbanidad, más civilización: como una Co- lombina imaginada en alimónica y redonda coyunda por Botticelli, Goldoni y D’Annunzio. Ella empieza donde Mina madura: sin conocer la in- genuidad popolana, vitalista, explosiva, de «Tintarella di luna», «Bravo», «Venus» o «Personalità», elevándo- se directamente en la concha con aroma de spleen y me-

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lancolía un pelín masoquista (y otro pelín utopista — esa utopía de Francesco y Clara, pareja incestuosamen- te sacral paseando por el amor y la muerte, sobre la que ensoñarían la Wertmuller y la Cavani en distintos mo- mentos de su perpetuo y alucinado climaterio), una concha desde la que, si nos aproximamos, podremos escuchar «La bambola», «Concerto per Patty», «Sola in capo al mondo» (mucho mejor oír a la venusina Patty anunciar el Apocalipsis que al cenutrio castrato de Demis Roussos —por muy «hijo de Afrodita» que se pretendiese en sus comienzos), «Il paradiso» (de un Battisti principiante pero ya poderoso en su expresivi- dad) o «Un giorno come un altro» (lo dicho hace un instante sobre el Apocalipsis pero ahora referido al san José Obrero de los Bee Gees). Algo después, en el 71, escenifica Los siete pecados capitales de Bertolt Brecht y ruega, de la mano de Brel, que «no la abandonemos» (aquí el ruego nos lo machacaría Mari Trini —y, qué quieren que les diga, no es lo mismo): a partir de aquí crece y la fatalidad hasta entonces mimada con histrio- nismo adolescente ahora se va haciendo vivencia íntima y fatal. La Patty plena, de vuelta de mucho (no de todo, pero en eso se andaba la chica), va desgranando a lo largo de los 70 una serie de álbumes antológicos: en el 73, Paz- za idea (su primer latigazo destinado al gran público tras la experiencia brechtiana), con hitos como «Mori- re tra le viole» (la canción favorita de Kikí D’Akí — nuestra recoleta Patty salmantina, salvada, por su lado chaceliano, del glorioso desastre existencial a que se abocaría la italiana), como «Walk on the wild side» (a mi juicio, la mejor versión jamás cantada del tema de

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Lou Reed, incluyendo la original —y desafío a todos los Orlandos, woolfianos y kempianos a contradecir- me), como «Poesia» (uno de los títulos más lograda- mente serenos del casi siempre desmesurado Richard Cocciante) o como el corte que da nombre al disco (la ambigüedad hecha canción: en realidad, el periodista carpetovetónico que por aquellas fechas y aprovechan- do la inevitable visita al «Estudio Abierto» de Íñigo, preguntó a Patty si era un travesti, no iba desencamina- do dentro de su burricie; personalmente, y salvo Jaye Davison en Juego de lágrimas, opino, y de nuevo reto a los Orlandos que han sido y serán, que los mejores tra- vestis son mujeres, llámense Patty Pravo, Siouxie o la Vitorichi de Cambio de sexo, y es que ¿acaso hay ma- yor ambigüedad que una mujer con brillo de travesti?); tras esa tontería impagable y exquisita, Patty, ya uncida al caballo maldito, lanza su trabajo más beat en el 74, Mai una signora, y, con un sonido menos sofisticado, apoyándose en unos textos de Maurizio Monti y en me- lodías y arreglos de Giovanni Ullu, dejando la orquesta por un grupo electroacústico, se recrea en la frescura de «La valigia blu», el paroxismo rockero de «Carezze tutti i giorni» (y es que Anna Oxa está muy bien pero no ha inventado nada en cuanto a dar caña en italiano —lo veremos de nuevo al hablar de la otra Colombina, Mia Martini, en sus títulos más espitosos) o en la desti- lada y decidida maduración demostrada en «La prigio- nera», «Come un Pierrot» o «Quale signora»; al año si- guiente, en pleno furor de los recitados post »je t’aime moi non plus» (¿recuerdan a Manolo Otero, a Paco Va- lladares o al mismísimo Delon rijoseando al personal con sus gargantas profundas?), Patty nos susurra su In-

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contro, que acompaña de un excelente puñado de te- mas («Roberto e l’aquilone», «Questo amore sbaglia- to», «Mercato dei fiori», «Le tue mani su di me»...) dando la alternativa a nuevos autores como Francesco de Gregori o Antonello Venditti o versioneando stan- dars imperecederos como «Can’t get it out of my head» (de la Electric Light Orchestra) o «Mandy». A partir de los últimos 70, y frente a las compulsiones comilonas de Mina, Patty se espiritará (aún más) en una senda sórdida de agujas y trapicheos por mor del prohibicio- nismo siempre a punto para machacar a los disconfor- mes con sus frutos de la no ciencia del mal y del mal (ha de recordarse que, platineos, ambigüedades y glamou- res aparte, Patty Pravo siempre ha sido una mujer muy antisistema y, por tanto, susceptible de aniquilamiento por quienes no perdonan que algunos espíritus no se adecúen a la doma y pretendan ser algo más que meros entertainers, que simples bambolas —un recuerdo a Jean Seberg, ya que estamos). No obstante, y lo mismo que Mina ha continuado erre que erre redimiendo en algo la imbecilidad postmoderna con su voz y su clase (vuelvo a remitirme al artículo de Leopoldo Alas), Patty Pravo, semiahogada entre la tempestad, en ocasiones saca la cabeza a la superficie y nos deja inspiraciones tan cabales como Oculte Persuasion, lp en el que de- mostró saber perfectamente en qué año (el 84, nada menos) estaba penando, sin sombra de anacronismo. Y es que Patty siempre ha estado de vuelta de casi todo. A fuerza de vivirlo.

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Mia Martini

Creo no está de más recordar dónde me topé por vez primera con un disco de esta mujer. Fue en Discobarsa (en su primera encarnación como tienda underground —nunca mejor dicho, ya que estaba situada en los só- tanos de la plaza de Canalejas): allí, junto a los míticos invendibles (aquel doble de Magma cantado en espe- ranto o aquellos otros de Popol Vuh), la frágil Mia «cantando en español», toda lánguida y encollarada, con un vestido floreado y lleno de puntillas, me ofrecía un nutrido puñado de canciones rotundamente orques- tadas, buena parte de las cuales («Sola», «Minuetto», «La nave», «Un amor más» o «Piccolo uomo» —esta última popularizada previamente en nuestro país por los Pop Tops en el que sería su último éxito, «My little woman»—) habían surgido de la fértil imaginación de quien, con Battisti, considero la cumbre de la composi- ción pop italiana, Dario Baldan (el cual, por esa época, ya había brindado sus servicios a Mina como instru- mentista —el álbum Amanti di valore— y como autor —el tema «Eccomi»). Todo había comenzado en el 73 con un par de sin- gles («Sola»/«Piccolo uomo» y «Minuetto»/«Tu sei cosí»). Una jovencita delicada con aspecto de bailarina de tutú ornaba las portadas. Dentro, una voz delicada, absolutamente opuesta a la de Patty Pravo, que en de- terminados clímax se endurecía recordando a una Rita Pavone (pero más encendida, más dramática). Un fon- do de órgano y piano (la impronta característica de Da- rio Baldan) complementado con una orquestación y co- ros grandiosos (bajo la batuta de Natale Massara).

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Acababa de surgir un nuevo carisma (tras el nacimien- to neorrealista de Mina y el sesentayochista de Patty Pravo), cuya circunstancia epocal podríamos calificar como «de los años de plomo». Parece paradójico que la imagen romántica de la Martini se vaya haciendo si- multáneamente a las Brigadas Rojas, Potere Operaio, Lotta Continua o Prima Linea (o tal vez no lo sea tan- to: en el lp antes comentado, entre lamentos y lamentos de corazón atormentado y sufrido, se incluye —clara elección de la propia cantante, pues la letra en italiano la firma ella— una potente versión del «Mother» len- noniano que nos asoma a una Mia Martini más fuerte y oscura de lo que podríamos sospechar entonces por su imagen y mayoría de repertorio). Esta etapa román- tica, una de las más brillantes en cuanto a selección de material de toda la historia del pop italiano, se cierra en el 75 con el single «Inno»/«E stelle stan piovendo». La cara a supone la última contribución de Dario Baldan a la carrera de Mia. Un par de años después, Mia inicia una nueva sin- gladura más agresiva. Abandona la discográfica Dischi Ricordi y pasa a Come Il Vento/RCA (donde también estaba haciendo sus pinitos en solitario su ex mentor Dario Baldan). Candidata a Eurovisión con «Libera», nuestra Colombina se destapa tanto de look como de temática y, dejando las grandes orquestas, optando por fondos mucho más rockeros y funkies (a cargo de arre- glistas como Maurizio Fabrizio o Ruggero Cini —éste último también director musical de la punketta Anna Oxa), y eligiendo motivos donde las exigencias de insu- misión femenina se repiten una y otra vez, en el 78 (en pleno paroxismo de los años de plomo) mostrará toda

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su energía en el álbum Per amarti. Un crescendo de Ri- chard Cocciante («Da capo») le permite, echando el resto, hacer una réplica perfecta (por más elegante) del desgarro histriónico del creador de «Bella senza ani- ma». También son particularmente energéticas las ver- siones del «Somebody to love» de Queen y de «Give a little bit» de los Kinks. La vena romántica, más curtida y rebelde que en el pasado, se recoge en cortes como el que encabeza el álbum, o en «Canto malinconico», «Shadow dance» (uno de los hitos de su carrera, miste- rioso y lleno de encanto) o «Sentimento». El feminismo esplende en su suave panfleto «Ritratto di donna» y en la narcisista «Innamorata di me». Mi último rastro discográfico de Mia me lo daría un single aparecido en el 81 («E non finisce mica il cie- lo»/«Voglio te»). El lado 1 lo firmaba Ivano Fossatti, arreglista y autor con quien nuestra Colombina llevaba haciendo cosas desde finales de los 70. La otra cara su- pone el primer título con letra y música de la propia cantante (quien, hasta entonces, se había limitado a fir- mar las letras en italiano de algunas versiones de temas anglosajones). Este disco parece situarse en una postura de serena síntesis de todas sus épocas, menos marchoso que los inmediatamente anteriores pero abordando el desgarro amoroso desde un prisma más confidencial, sin la grandilocuencia de la primera etapa. Antes de las tristes revelaciones de Paco Clavel, re- cuerdo una conversación allá por el 90 con Carlos Tena (quien conoció a la Martini breve pero intensamente, según me dijo): de sus comentarios saqué el retrato de una mujer socialmente comprometida, autoexigente, insatisfecha, buscando siempre...

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¿Qué la llevaría a la muerte? ¿Una carrera descen- dente, una sociedad podrida, un desengaño amoroso? Tal vez todo junto. Y perfectamente comprensible. Al menos, para algunos.

[Publicado en Discobarsa.] [1997]

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Nico: la belleza solitaria

Una de las piedras angulares de mi santoral es la can- tautora y actriz Nico. A ella he dedicado algunas pági- nas en mi fanzine El corazón del bosque y, antes, por Radio Nacional (en el aquel pequeño rincón de madru- gada que el amigo Carlos Tena me concedió donosa- mente entre el 89 y el 91) dediqué cinco entregas de me- dia hora, entre julio y agosto del 89, a conmemorar el primer aniversario de su muerte. ¿Un buen modo de definir a Nico? Tal vez éste: un Ernst Jünger transexuado y condenado a vivir en una versión de Desayuno en ’s escrita por Céline. En sus cincuenta años de existencia, Nico (nacida como Christa Paffgen) tuvo tiempo para muchas cosas: dar los primeros pasos y balbuceos en un III Reich todavía pletórico en lo material (aunque ya abocado al desastre por las pulsiones autodestructivas de quien dirigía el cotarro); o sentir el eco cercano de los bombardeos aliados sobre objetivos civiles (esos bombardeos que la posteridad tratará con sordina pero que nunca podrán borrarse del recuerdo de quienes los sufrieron); o ser es- piada al orinar por «mongoles» del Ejército Rojo de ocupación que estuvieron en un tris de violarla (al final, el premio —¡una muñeca para el caballero!— se lo lle- varía un sargento negro del también ocupante US Army

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cuando nuestra heroína rondaba los catorce años); o deambular entre escombros y cementerios fumándose las clases y soñando con ser estrella (émula gótica y pre- coz de Holly Golightly); o tratar de hacerse perdonar su infancia alemana inventando mil fantasías en torno a su origen (desgermanizando una y otra vez sus antece- dentes —padre turco, padres judíos muertos en campo de concentración, padre árabe «muy amigo de Ghan- di», padres rusos...— en un afán, comprensible en la ló- gica de la supervivencia, por ser aceptada en el mundo de los vencedores); o vivir el París de los 50 de Juliette Greco y la haute coutoure (donde, al fin, sería lanzada como modelo internacional y donde, en cavas de la rive gauche, intervenía en discusiones sobre la independen- cia de Argelia tomando partido a favor de ésta bajo la consigna —acuñada desde sus propias vivencias de in- fancia—: « siempre me han disgustado»), la Roma de La dolce vita (su primera incursión en el cine, en una breve aparición que nos recuerda, con otro sexo y otro perfil étnico, más «boreal», los papelitos ornamentales de José Luis de Vilallonga) y el swinging London (donde pudo iniciarse en sustancias prohibidas y practicar el sexo anal y el sadomasoquismo con Brian Jones —aunque no logró que éste la tomase en serio como cantante); o quedar embarazada de Alain Delon (quien jamás reconocería a su hijo Ari, pese a conver- tirse éste en su clónico a medida que crecía —y pese a vivir largas temporadas con la hermanastra y la madre del actor); o protagonizar un film erótico en el Caribe (con el explícito título de Striptease); o conseguir ¡al fin! un cierto reconocimiento más allá del rol de animal de pasarela y couché publicitario gracias a Andy War-

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hol, que la convertiría en su consorte de la Factory du- rante años y le daría diversas oportunidades (como cantante con The Velvet Underground y en los prime- ros escarceos musicales en solitario, y como actriz en sus films experimentales); o ser tratada como una com- pleta basura por Bob Dylan y Lou Reed (es muy apeti- toso lo que se dice en el libro de ambos —y digna de Drieu La Rochelle la cáustica frase con que Nico anun- cia la ruptura de su breve aventura con el segundo); o ser introducida en el misterio de la creatividad y la en- teogénesis por Jim Morrison (sin él, es seguro que nun- ca se habría decidido a componer sus propias cancio- nes); o desconfiar del hippismo (que definió con maligna lucidez como una especie de «mercado negro que le recordaba al de su adolescencia berlinesa») y rei- vindicar, como algo completamente distinto y mucho menos coyuntural, la bohemia; o apostar por el situa- cionismo en las explosiones del 68 y, marcada de ma- nera indeleble por la lectura del nietzscheano «más allá del bien y del mal», definirse políticamente como «ni- hilista» (algo que le llevaría tiempo después a simpati- zar profundamente con Andreas Baader y Ulrike Mein- hoff, a quienes dedicaría algunas de sus canciones —incluida su controvertida versión del «Deustchland über alles»); o ser amada a distancia por Leonard Co- hen, el cual, tras asistir a actuaciones suyas como chan- teuse, se decidió a dar el paso ante el micro (recorde- mos la frase de Warhol: «igualito que Nico, pero patilludo»); o iniciar una accidentada carrera como cantautora, bajo la tutela productora de John Cale, que le permitiría grabar espléndidos y herméticos álbumes, recibir insultos de los freakies (mi primer contacto con

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Nico fue en el enrrolle de León en el 76, yo vendiendo prensa marginal, ella tocando el «Deustchland...» y un montón de peludos increpándola por «fascista» —pre- gunta del millón: ¿a qué se dedicarán hoy esos peludos de antaño?) y también escupitajos de los punks, pero, además, ser capaz de seducir a nombres clave del pop/rock contemporáneo como Patti Smith (quien le regalaría un armonio al enterarse de que le habían ro- bado el que tenía), Iggy Pop (quien lamería devoto la hidromiel de su hiperbóreo pubis) y Siouxie Sioux (quien, como Cohen antes, también la tomaría como influencia vocal y trataría de relanzarla ante nuevos pú- blicos compartiendo conciertos —el resultado fue de- sastroso, según la propia Siouxie testimonia: «Fue ho- rrible. El público no le dio ninguna oportunidad. En general, en cuanto los medios de comunicación se hi- cieron con el punk, fue a peor. Fomentaba que se des- atara ese elemento de pandilla. No eran más que un pu- ñado de borrachos cabreados. Resultaba paradójico que esa gente, que supuestamente representaba el mo- vimiento punk, fuera tan estrecha de miras. Nico se convirtió en la diana de toda su rabia, porque no se pa- recía a nada de lo que habían visto hasta entonces»); o hacer cine y viajar to the end of the night en compañía de Philippe Garrel (con el que rodaría varios trabajos experimentales y se habituaría a la heroína, tratando de conjurar la cascada de fantasmas que se le acumulaban —muertos y más muertos a los que ella amó alguna vez: Jones, Morrison, Hendrix, Sedgwick, Baader/ Meinhoff, Seberg, Warhol, su madre Grete Schultz... — y de poner sordina a los reproches por no haber po- dido ofrecer una infancia plena a su hijo Ari); o perder

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buena parte de su precioso tiempo (que podría haber dedicado a escribir canciones —hubo incluso un amago de proyecto de reorganizar a los Doors con Nico susti- tuyendo a Morrison—, a perfeccionar su técnica como organista, a grabar más discos y a disfrutar más de la vida —incluido el reencuentro con Ari) no exactamen- te en el consumo de heroína, sino en la compra clan- destina de dicha sustancia (que la obligaba a actuar por razones meramente alimenticias —¡mil conciertos entre el 81 y el 88!— dejando, pese a todo, buenas muestras de su hacer en los numerosos álbumes en vivo que han quedado para el recuerdo —¡hasta diez, incluido algu- no doble, desde el 83!—, y a saltar de un país a otro en busca de jaco) y en la ingesta ocasional de sucedáneos criminales, incluida la embotadora metadona; o volver mil veces a Ibiza (lugar que descubrió a comienzos de los 60), donde acabaría muriendo y no precisamente por sobredosis de heroína sino gracias a la negligente asistencia hospitalaria local (las palabras de su último manager, Alan Wise, son muy gráficas al respecto: «En realidad, su muerte [se había despeñado mientras iba en bicicleta por la empinada carretera de Ses Figuere- tes] fue un disparate que terminó en tragedia. Tres de los hospitales no quisieron saber nada de ella, sólo por- que les pareció una beatnik, así de sencillo. Luego, en el cuarto, no había ningún médico de guardia y la enfer- mera diagnosticó equivocadamente una insolación; el médico que le diagnóstico la hemorragia me lo contó. Para cuando la visitó a la mañana siguiente, el derrame cerebral ya era de consideración. Me horroriza saber que sufrió una larga agonía. Si lo que quieres es una moraleja, la única que se desprende de la vida de Nico

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es: «No te pongas enfermo en España». Su muerte no es más que una clara denuncia del sistema de sanidad es- pañol»). Nico deja una estela musical densa y melancólica que, en mi experiencia, se ha traducido hasta la fecha en álbumes como el primero de la Velvet, publicado origi- nalmente en el 67 —edición española: Polydor, 1977 (en el que mis cuatro temas favoritos —«All tomorrow par- ties», «Femme fatale», «I’ll be your mirror» y «Sunday morning»— están interpretados por Nico; el último a pachas con Lou Reed, quien impuso a última hora su voz, preso de celos por el carisma de la teutona, a la que acabaría prácticamente por echar de la banda en pleno furor de estrellato); como su primer lp en solitario, Chelsea Girl, aparecido en el 68 —edición española: Polydor, 1977 (uno de mis discos fetiche de siempre, del que me resulta difícil elegir títulos, pues todos me fasci- nan —tal vez dos más que el resto, «Little sister» y «Winter song», ambos bajo la autoría de John Cale, el mentor de la carrera en solitario de nuestra rubia triste); como sus dos trabajos como cantautora en los 70, De- sertshore —edición inglesa: Reprise, 1971— y The End — edición española: Island—Ariola, 1974—, en los cua- les desgrana, con su carismático armonio y los sutiles fondos de Cale, títulos propios tan sobrecogedores como «Afraid», «All that is my own», «Janitor of lu- nacy», «Abschied», «Secret side», «Valley of the kings» o «We’ve got the gold», amén de las dos versiones más importantes de su carrera, el «The end» morrisoniano y el «Deustchland über alles» —motivo éste, junto con al- gunos de los antes citados, que dedicaría a sus compa- triotas Andreas Baader y Ulrike Meinhoff, encarnacio-

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nes de lo más cercano que puede hallarse en Nico a un compromiso político— como su último trabajo en estu- dio, Camera Obscura —edición USA: Beggars Banquet, 1985 (en donde, anticipando a su fiel epígono Leonard Cohen —en «I’m Your Man»—, introduce elementos tecno en algunos cortes y permite que la nueva década permee con delicadeza su estilo de siempre, cuyo resul- tado son joyas como las versiones de «My funny Valen- tine» y de «Das lied von einsanen madchens» —home- naje a las canciones que acompañaron sus recuerdos de postguerra— o temas propios como «Konig» —clásico de sí mismo, que nos revierte a otros títulos de Nico en alemán— o «My heart is empty»); o como sus recopila- ciones de conciertos Behind the Iron Curtain (edición francesa: Dojo, 1986) y Live Heroes —edición cana- diense: Performance Records, 1986 (en las que he podi- do descubrir temas inéditos para mí —bien por no tener los correspondientes trabajos en estudio bien por ser au- ténticas primicias alive—, caso de la versión del «Hero- es» de Bowie o de temas propios como «Purple lips», «Procession» o «60/40» —de aire muy meridional, casi rumbero en su ritmo, empapado del amor de Nico por el sol ibicenco y que contrasta con las brumas habitua- les en su repertorio). Su búsqueda musical, heredada desde Siouxie and the Banshees a toda una serie de grupos de los llamados «góticos» y «oscuros» (Joy Division, Deathin June, Sol Invictus entre los punteros de una marea ingente), por otras sensibilidades que, como nunca antes, convierten en algo a compartir la definición que daba la Diosa de la Luna a sus composiciones: «Yo quiero ir más allá de la historia. Mis canciones son visionarias, son mitos».

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Búsqueda reflejada en las palabras de sus incondi- cionales («Nico tenía un estilo como de otro mundo, acentuado por el carácter coral del órgano que tocaba. Era como un ángel misterioso ya maduro» —Siouxie; «Leonard Cohen solía sentarse entre el público a escri- bir. Ya en aquella época era un personaje apasionante, un poeta que acababa de ver grabadas sus canciones in- terpretadas por Judy Collins. Saltaba a la vista que, probablemente, debía de ser la persona más inteligente y culta de toda la sala, un auténtico poeta. Solía dejar- se caer para ver a Nico, noche tras noche, y hablaba con ella y de ella con verdadera admiración» —Jackson Browne; «Hungry as an archway trough which the tro- ops have passed, I stand in ruins behind you. With your winter clothes, your broken sandal/straps» —fragmen- to de una canción de Leonard Cohen dedicada a Nico). Nico, si reflexionamos sobre su biografía, no preten- dió otra cosa que continuar la bohemia que, antes del triunfo hitleriano, había dado a la corrupta época de Weimar su único perfil presentable: la mística expresio- nista, romántica y alucinada, de cineastas, dramatur- gos, novelistas, ensayistas, esoteristas, vandervogel y músicos. En su perenne diáspora buscó almas gemelas con quienes redimir su germanidad del fraude mesocrá- tico nazi (que pesaba sobre ella como una letra escarla- ta por mor de arbitrarias propagandas reduccionistas de un claro racismo a la inversa —¿acaso debía pedir perdón por su físico, por su acento, por su talante? ¿No quedaba claro con sus opciones estéticas y vivenciales que, de haber crecido en un Reich triunfante, su incon- formismo la habría llevado a la misma situación de marginalidad que sufrió en el llamado «mundo libre»?

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¿Hay diferencia entre el filisteísmo nazi y el de quienes atacan a Nico por su excentricidad? ¿El calvario de su muerte en Ibiza no resulta tan «eutanásico» como si lo hubiese padecido en la Alemania de su niñez bajo el Mengele de turno?) para recuperar la verdadera con- ciencia de su patria como hecho cultural en permanen- te subversión. Y, como puede traslucirse en este artículo, está pre- sente en mí: cada vez que pienso en ella con esa mezcla inefable de envidia y deseo que no muchas personas me inspiran; o cuando hilo unas páginas de narrativa en las cuales, indefectiblemente, algún personaje femenino (dominante, mágico, desasosegador, divinamente ambi- guo) toma las riendas de la situación; o al escribir una canción de espaldas a un público que, generalmente, no se entera de nada. (Muchos datos biográficos, así como las citas sobre Nico, se han recogido del libro Nico de Richard Witts, Ed. Circe.)

[Versión para Discobarsa del texto publicado previamente en El corazón del bosque.] [1997/98]

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Dos superestrella(da)s

Edie Sedgwick y Nico fueron, en la época dorada de la Factory warholiana (1965—68), las reinas de ese mi- crocosmos alucinante donde la vanguardia y la auto- destrucción se vivían con todo el filoso riesgo con que siempre se ha vivido la bohemia. Después, una feminis- ta cabreada dispararía contra Warhol, éste se asustaría de caminar por el lado salvaje y la factoría bohemia se convertiría en empresa comercial expendedora de si- mulacros underground. Veamos lo que dice el biógrafo Richard Witts (Nico, Ed. Circe, Barcelona, 1995) sobre la pérdida de in- fluencia en la corte warholiana de Edie Sedgwick a fa- vor de Nico: «»Superstar» era un título, como «Lady», «Countess» o «Queen», y se concedía a todas las corte- sanas leales y a las mujeres atractivas —rara vez a los hombres— que acompañaban a Warhol a las fiestas y a las inauguraciones de las galerías. Del mismo modo, cuando llegaba el momento de librarse de la Superstar reinante, se le retiraba el tratamiento. Y Warhol estaba por destronar a una cuando Nico puso los pies por vez primera en la Factory [...] Todos conocían a la señorita Sedgwick como Edie, del mismo modo que conocían a la señorita Päffgen como Nico. Era la perfecta mod, an- drógina, de ojos enormes, de una delgadez anfetamíni-

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ca y cubierta de maquillaje («cara lavada, mal; maqui- llaje, bien»). Warhol comentó a propósito de ella: «Sal- taba a la vista que tenía más problemas que la gente a la que conocía o iba a conocer jamás». De ahí que Edie fuera su perfecta Superstar». Edie Sedgwick, pobre niña rica americana, huyendo siempre de un padre patricio hermosamente monstruo- so, narcisista y (por tanto, si hay hijos por medio) ten- dente al incesto, se lanzó a la vorágine neoyorkina a base de estimulantes, bulimia anoréxica, crisis depresi- vas, inyecciones prohibidas (al principio, de vitaminas —aquel mítico «Dr. Roberts» cantado por los Beatles; más tarde, de heroína —de cabeza al «Chelsea Hotel» cantado por Leonard Cohen y también por la propia Nico, con palabras y música de Lou Reed, en su «Chel- sea girls»), poco sueño y mucho sexo (sin amor —pura gimnasia y «experimentación»), juegos frente a una cá- mara y un tremendo pánico a envejecer. Ciento por cien- to norteamericana, abocada al diván del psicoanalista o a la tumba temprana (en su caso, a las dos cosas inclui- dos también y pabellón de reposo—). Nada creativa (salvo en su vivir —como aquellos suicidas lac- tantes del primer surrealismo que morían sin apenas haber escrito una línea pero dejando una huella impe- recedera en quienes los trataron), pura materia molde- able/sacrificial para que otros creasen/devorasen/vam- pirizasen a partir de ella. Prima hermana rica de otros conflictivos pedazos de arcilla (Neal Cassidy, Marilyn Monroe...) que, para mediados los 60, ya habían dado lo mejor de sí. Warhol dixit: «Nico correspondía al nuevo tipo de Superstar femenina. Baby Jane y Edie eran las dos ex-

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travertidas, norteamericanas, sociables, brillantes, vi- vaces, parlanchinas... mientras que Nico era extraña y taciturna. Le preguntabas cualquier cosa y, con suerte, te contestaba al cabo de cinco minutos. Cuando la gen- te la describía empleaba palabras como «memento mori» y «macabro». No era la clase de persona que se pone de pie encima de una mesa y empieza a bailar, como podrían haber hecho Edie o Jane. Habría optado más bien por esconderse bajo la mesa que por bailar en- cima de ella. Era misteriosa y europea, el tipo Diosa de la Luna de verdad». Warhol, al repudiar a la Sedgwick por Nico, llegaba a la madurez en su estilo de luciférico Pigmalión y pasaba del platinado vértigo de una remo- zada «nueva época Gatsby» a preludiar todos los goti- cismos que habrían de venir. Nunca el frívolo Andy de- mostró tanta profundidad en un gesto suyo como cuando hizo de Nico su Superstar. No me extenderé sobre Nico, remitiendo a quienes me leen al perfil sobre ella que publiqué en estas mis- mas páginas en febrero del pasado año. Sí señalaré los puntos en común biográficos con Edie Sedgwick, su an- tecesora en el rol de emperatriz warholiana. Así, cuando definía a Nico en el citado artículo como «un Ernst Jünger transexuado y condenado a vivir en una versión de Desayuno en Tiffany’s escrita por Céli- ne», podría decirse de Edie Sedgwick que sería más bien la Mia Farrow de El gran Gatsby(acelerada de r.p.m., claro: aunque en la vida real parece ser que la Farrow de entonces era bastante más frenética y «depravada» que en sus películas) sin transexuar y condenada a vivir en una versión de Desayuno en Tiffany’s escrita por Tru- man Capote (sí, pero el T.C. de Plegarias atendidas).

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Otro dato biográfico compartido por ambas supers- tars fue el ser tratadas como objeto de consumo sexual por Bob Dylan (en el caso de Edie, el trato incluyó las dedicatorias de «Blonde on blonde» y «Just like a wo- man» y, según Warhol, la iniciación en la heroína) y por Lou Reed. También ambas, en compensación, sedujeron con su carisma a esa poetisa pansexual del rock llamada Patti Smith, que las adoró platónicamente y, particularizan- do sobre la Sedgwick, quedaría un palpitante testimo- nio elegíaco, del que selecciono este fragmento: «oh it inst fair / oh it inst fair / how her ermine hair / turned men around / she was white on white / so blonde on blonde / and her long long legs / how I used to beg / to dance with her / but I never had / a chance with her...». Nico amó a su antecesora en el trono de la Factory desde la simetría de los complementarios (simetría de la que trataré a continuación) y, cuando Edie murió en el 71 a la vez que la madre de Nico, que Jim Morrison y que Jimi Hendrix, dejó patente ese amor con la siguien- te frase: «En un año se han muerto cuatro miembros de mi familia». Pero Nico, a diferencia de la pobre niña rica Edie Sedgwick, era una teutona activa y testaruda, llena de cosas que decir (tanto con su voz como con su anacró- nico y chirriante armónium) y no mero pretexto para la creatividad ajena (los egos masculinos —en su acepción más donjuanesca y vituperable— solían verse heridos por la fuerza de Nico tanto como reconfortados por la debilidad de Edie —tal vez por eso, sólo desde la ambi- güedad visceral de un Warhol o desde la honda sensibi- lidad poética de un Cohen, los hombres podían valorar

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verdaderamente a la Diosa de la Luna). La Sedgwick, tan norteamericana en su dificultad para el crecimiento emocional, murió ahogada en su cama como un bebé (poco después de haberse inflado las tetas para «ser una estrella de Hollywood» —ilusión concebida con el ro- daje de su único trabajo serio tras sus escarceos pulu- lantes por los cortos experimentales de la Factory, el film Ciao Manhattan, biopic basado en jirones de su propia vida, con Edie Sedgwick as herself) cuando su organismo minado por el caballo tiró la toalla. Nico, en cambio, trasegando mucha más heroína (sus íntimos se asombraban de la fortaleza de su físico por no haber re- ventado ya), murió al despeñarse con su bicicleta por un cantil ibicenco, como una labriega del lugar (o como una campesina de su vaterland natal —en cualquier caso, como una europea inmemorial surgida de un re- moto pasado). No hubo suicidio como acto puntual en ninguna de estas muertes. Tanto en Edie como en Nico el suicidio había comenzado (como demiúrgica y trági- ca cuenta atrás) el mismo día de su nacimiento. Una consideración final respecto a Edie Sedgwick (quien, a diferencia de Nico —presente para la posteri- dad en sus múltiples grabaciones tanto en estudio como en directo así como en diversos films, la mayor parte de ellos con participación creativa como guionista—, no dejó prácticamente obra alguna —salvo lo ya mencio- nado y fugaces testimonios en couché de su etapa como pin/up swinging): en el film—fetiche juvenil de la tran- sición 80/90, Solteros (encuentros y desencuentros emocionales de especímenes de la generación X con la escena grunge de Seattle como telón de fondo), hay va- rios guiños a su figura (tanto en referencias directas

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como en algunas reflexiones sobre la inseguridad feme- nina resuelta a través de la promiscuidad sexual y de la silicona, además de por la estimulante presencia de su sobrina, Kyra Sedgwick —versión cult de Julia Roberts, según algunos, y una de las mejores actrices jóvenes de esta década). Tal vez no sea mucho, pero si se estudia en profundidad el personaje de Edie Sedgwick compa- rándolo con la juventud sin horizonte que enfiló la últi- ma vuelta de tuerca de este siglo, nos hallamos con que su etopeya se nos antoja de una actualidad sorprenden- te (se recomienda para ello la biografía de Stein y Plim- pton, Ed. Circe, Barcelona, 1988).

[Publicado en Discobarsa.] [1999]

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The beat goes on

El pasado verano, por TVE—2, se emitieron un par de biopics sobre sendas parejas de la llamada «música li- gera» (Tina, sobre Ike & Tina Turner, y The beat goes on, sobre Sonny & Cher), un reportaje en torno al gru- po Abba (plagado de intimidades) y unas memorias de infancia de Spike Lee (Crooklyn, escritas por Spike y varios Lee más: ¿hermanos tal vez?). Con todo ello hay pie para un artículo sobre las relaciones de pareja (amor, competencia, tedio, odio, manipulación) en el mundillo del pop-rock. El perfil más simétricamente maniqueo (por sus coincidencias y sus discrepancias) se da en los dos bio- pics: tanto los Turner como los Bono son pareja artísti- ca y sentimental; hay un común rasgo étnico en Tina y Cher (la mezcla de sangre india); ambos dúos pasan en algún momento por el planeta Spector (que unge a Ike & Tina con el hit «River deep, mountain high» y a Sonny & Cher con títulos como «Then he kissed me», «You baby» o «Why don’t they let us fall in love»; por cierto, no habría desentonado un tercer biopic sobre la pareja racialmente mixta Phil & Ronnie Spector, a ca- ballo por sus tortuosas relaciones entre las dos citadas); con el paso del tiempo los varones (que dirigen pigma- liónicamente el business y componen buena parte del

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repertorio) van eclipsándose en carisma e inspiración frente al poderío interpretativo de sus respectivas cón- yuges; y, por último, la atracción inicial se va degra- dando por cuestiones de competencia artística hasta lle- gar al crack total. En cuanto a las diferencias: un Ike semifamosillo en el panorama negro de fines de los 50 elige a Tina de una especie de harén de fans a las que trata con bastante displicencia, mientras que un Sonny desconocido en el incipiente Frisco de los floreados 60 se pega a Cher convencido de haber hallado a la mujer de su vida y la llave para entrar en el mundo del pop; la prepotencia machista de Ike en su relación con Tina (incluyendo infidelidades mil) contrasta simétricamente con la condescendencia de Cher frente a Sonny (a quien gusta de humillar en sus shows en directo por su menor estatura, peor voz y presencia más bien penosa —no queda muy claro en el biopic si el juego es mutuamente consentido aunque se sospecha una vena masoquista no pequeña del señor Bono, como parece explicitar la reacción, tras encontrar a Cher holgando en la cama con un técnico de sonido, de irse a dormir al sofá sin decir ni mú); los chuleos económicos de Ike adminis- trando arbitrariamente los bienes conyugales tienen su opuesto en las disparatadas empresas de Sonny para te- ner a su esposa en el pedestal que se merece (la película sobre Sonny & Cher realizada por el propio Sonny y que no llegará a estrenarse en cines, o la casa enorme que le compra para estar a la altura de las estrellas cali- fornianas, o el terminal show televisivo del 71); el te- rror de Tina ante las palizas de Ike no es, desde luego, lo mismo que el tedio de Cher ante las muestras de ado- ración de Sonny, que ella acaba por considerar como

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una explotación mercantilista de sus relaciones de pa- reja; por último, el crack de Ike & Tina se resuelve en amenazas de muerte por parte de él, en un surrealista proceso en el que Tina reclama seguir utilizando el ape- llido de su ex como talismán para su nueva carrera en solitario (una cierta muestra de alienación —pues, en realidad, cuando la pareja se disuelve, a los ojos del pú- blico es ella el mito y Ike una reliquia del pasado), en el triunfo esplendoroso de ella y en la condena carcelaria de Ike por narcotráfico. El crack de Sonny & Cher se resuelve de manera mucho menos traumática con el abandono de la música por parte de él para dedicarse a la política (alcalde y congresista republicano) y rehacer su vida con otra mujer, y con la relativamente lenta (en comparación con Tina) ascensión de Cher en solitario al superestrellato (primero como cantante —«Gypsies, tramps and thieves», «Dark lady», «Half breed»...— y, tras las tropecientas operaciones de cirugía plástica, como actriz —Las brujas de Eastwick, Máscara, He- chizo de luna...), para reencontrarse años más tarde en un show de televisión y recordar los buenos viejos tiem- pos y, a la muerte de Sonny, glosar Cher a lágrima viva al hombre que (al margen de cualquier otra considera- ción) más la valoró en su vida. La tentación maniquea con visos racistas sobre los comportamientos más o menos liberales y/o civilizados de pareja en el mundo del pop-rock se agudiza si pasa- mos a reflexionar sobre los destinos de los dos matri- monios de Abba, que no sólo continuarían durante un tiempo unidos artísticamente tras separarse en lo con- yugal sino que incluso cantarían sin el menor rebozo sobre estas separaciones en sus últimos años («The

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winner takes it all», «Happy new year», «When all is said and done»...). ¿Hay una fatalista escala cromática que va desde las palizas del oscuro y suburbial Ike a los himnos divorcistas de los rubísimos y suequísimos Abba? Spike Lee, con su autobiográfica Crooklyn, parece desmentir que la generalidad de las parejas afroameri- canas sean como los Turner y deba considerarse un ras- go identitario obligado de la población negra el brear y humillar a sus mujeres: en la familia descrita en este film no hay un cabeza de familia sino más bien dos (ti- rando incluso el mayor componente de autoridad hacia la esposa —más práctica y con trabajo fijo en la ense- ñanza—, frente al marido, músico y con frecuentes pro- blemas de desempleo —quien, a diferencia de las para- noias de virilidad amenazada de Ike Turner, reacciona ante la enérgica figura de su mujer con una actitud de respeto y de creciente inseguridad por la propia valía). Quizá una buena forma de terminar este artículo sea con letras de canciones que creo vienen bastante al caso: «I don’t wanna marry, I don’t want your money but love’s come our way: just a warm companion is what I want, honey. Life is complicated. Funny: love can be that way when just a warm companion is what I want, honey. A very special trust. A very special lust. Walk inside the rain, laughter in the dark. That lovin’ lovin’ spark like the sky above me, like a bird born to sing. Harmony: is what I want, honey, a very special trust». («Companion», Laura Nyro.) «I don’t wanna talk about the things we’ve gone through. Though it’s hurting me: now it’s history. I’ve played all my cards and that’s what you’ve done too.

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Nothing more to say, no more ace to play. The winner takes it all, the loser standing small. Beside the victory: that’s her destiny. I was in your arms: thinking I belon- ged there I figured it made sense building me a fence, building me a home. Thinking I’d be strong there but I was a fool playing by the rules. The gods may throw a dice, their minds as cold as ice and someone way down here loses someone dear. The winner takes it all, the lo- ser has to fall: it’s simple and it’s plain. Why should I complain. But tell me does she kiss like I used to kiss you. Does it feel the same when she calls your name. Somewhere deep inside you must know I miss you but what can I say rules must be obeyed. The judges will decide, the likes of me abide: spectators of the show all- ways staying low. The game is on again: a lover or a friend, a big thing or a small, the winner takes it all. I don’t wanna talk if it makes you feel sad and I unders- tand you’ve come to shake my hand. I apologize if it makes you feel bad seeing me so tense, no self—confi- dence, the winner takes it all.» («The winner takes it all», Abba.) «No existe el tiempo, no existe el tiempo: si no lo cambias lo cambio yo. No me preguntes, no te contes- to: las cosas salen si yo las quiero decir. No me defino, nada es completo: soy como un árbol en invierno. No finjo ideas que ya no pienso. No llevo ropas para otro cuerpo...» (fragmento de «Bajo tus luces», Kikí D’Akí)

[Publicado en Discobarsa.] [1999]

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Cecilia: la dama ausente (Algunas notas sobre su elaboración)

«Vamos a buscar y a rescatar cualquier dama ausente en cualquier lugar» ROMÁNTICA BANDA LOCAL

Querido Fernando:

He leído tus cartas y tus poemas con mucha atención. No soy crítico literario, por tanto no sé decirte si son buenos o malos. Te encuentro sumamente obsesionado por dar un cau- ce público a tus creaciones. Yo no estoy en una postura como para poder ayudarte ya que en mi casa de discos manda el director y, por otra parte, no me siento capaci- tada para producir. Como amiga y sabiendo lo que pasa más o menos por tu cabeza, ya que en otro tiempo pasó también por la mía, te diré que no merece la pena. El ar- tista puede ser artista en su casa escribiendo o cantando. El salir a la luz pública tiene muchas ventajas pero te ase- guro que tiene muchos inconvenientes. No pretendo ser pedante, sólo pretendo decirte que me resulta muy difícil poder ayudarte.

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Un abrazo, Cecilia

[Carta a un servidor en 1974.]

Navidades del 72. Una tienda de discos y libros (hoy desaparecida) en Bravo Murillo esquina al callejón pa- ralelo con Donoso Cortés. De allí salí con el disco de la chica del guante de boxeo. La que por Los 40 Principa- les sonaba una y otra vez con su «Dama, dama». La había descubierto unos meses antes en la revista Mundo Joven. Un anuncio sin comentario alguno: sólo la portada del álbum. Una chica dentona en camiseta y vaqueros con un guante de boxeo. La foto, tamaño póster, ocupaba toda la carpeta doble en vertical. Aque- llo parecía norteamericano (hasta la fecha, ningún in- terprete autóctono había sido puesto en órbita con una carpeta así) y hacía pensar en muchas cosas (algunas de las cuales no descubriría hasta mucho después): en las riot girls, en Salinger, en Melanie, en Woodstock y Wight, en otra foto carismática (Mapplethorpe en vez de Ontañón) que cuatro años después también habría de fascinarme (en esta ocasión, una buitresa escuálida y de mirada obsesiva con pelo alborotado a lo paje —un paje eléctrico, eléctrico— y vestida de hombre), en imá- genes cantadas por Simon & Garfunkel, en Shelley Du- val, en Altman, hasta en Woody Allen... Hace unos meses le dije a una chica que me recorda- ba a Cecilia en sus rasgos. No pareció entender la li- sonja («Pero Cecilia era muy fea»). Me quedé perplejo: nunca he pensado en Cecilia como «fea». Siempre que recuerdo su cara (y, por tanto, que recuerdo sus cancio-

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nes y la carta arriba mostrada) me siento bien, me es- ponjo por dentro, exactamente lo opuesto a lo que me ocurre con determinadas «guapas» (Madonna, Leticia Sabater, Courtney Love...) las cuales no me transmiten el menor esponjamiento sino vacío (a su lado, la muñe- ca de Tamaño natural posee la profundidad de una Emily Brontë) y un arribismo sin límites (exactamente lo contrario de lo que expresa Cecilia en sus canciones y en su carta). Incluso me ha ocurrido el hallar mucho más atractiva a Lucía Dominguín que a su hermano Miguel en tanto en cuanto la asociaba con Cecilia. Por supuesto, traté de explicarle a esa joven que yo no veía a Cecilia como «fea» sino como una cara que me hace sentir bien (si eso no es belleza, no sé qué pue- de ser). La única manera de hacer efectiva mi explica- ción era, obviamente, tratar de compartir con ella todo lo que guardaba esa cara (la voz, las melodías, las can- ciones). La cinta que le pasé la dejó bastante tocada: presumo que, en el futuro, no considerará tan alegre- mente a Cecilia como «fea». Pero retomemos el hilo en plan curricular. Eva So- bredo, hija de embajador, criada lejos de España y ha- bituada al inglés tanto como a nuestro idioma (o tal vez más), entra en el mundo de la música al iniciarse la dé- cada de los 70 de la mano del por entonces floreciente movimiento «progresivo»: hizo coros con Los Canarios (puede reconocerse su peculiar voz en algún corte del Canarios vivos) y, con Julio Seijas, montó el grupo fol- kie/rockero Expresión. Ecos de esta impronta progresi- va quedan en temas como la elegía beatlemaníaca «Reuníos» (cara b de su primer single, aparecido en el 71 sin pena ni gloria), «Mi gata Luna», «Equilibrista»,

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la versión minimalista de «Dear Prudence» o algunos cortes en inglés («Sister of the sand», «Between the blinds») recuperados póstumamente en los 80. En el 72, y tras el single de marras (cuya cara a, «Ma- ñana», una balada amorosa, sin estar del todo mal, ca- rece del carisma de futuras e inminentes creaciones y suena en algún momento —concretamente el estribi- llo— al tópico folk universitario de postal de campus), la recién creada CBS española apuesta fuerte por Cecilia (nombre artístico en el que pueden intuirse tanto un ho- menaje a la canción de Simon & Garfunkel como un re- cuerdo a su hermana ciega —por aquello de la santa pa- trona de los invidentes). Resultado: el álbum del guante de boxeo. Visiones satíricas de la alta sociedad que la chica conoce a través de su entorno familiar («Dama, dama», «Fauna», «Al son del clarín»). Recuerdos y gor- jeos infantiles que asociamos inmediatamente en su me- lancólica dulzura con Melanie Safka («Mi gata Luna», «Portraits and pictures», «Mama, don’t you cry»). Re- flexiones sentimentales de una inusitada amargura en ocasiones («Llora», «Canción de desamor», «Señor y dueño», «Fui»). Autorretratos demoledores («Nada de nada»). Todo ello guitarreado acústicamente por Julio Seijas y la propia Cecilia y orquestado (en, a mi juicio, su mejor trabajo como arreglista) por un Juan Carlos Calderón por entonces con arrestos para experimentar y sacarle la lengua a la standarización. La batuta produc- tora, a cargo de José Luis de Carlos (de cuyas hazañas en la CBS hablé con delectación en mi artículo sobre Las Grecas —ver Discobarsa, noviembre ‘96). Al año siguiente aparece Cecilia 2, tras una polémi- ca con la foto de portada (Cecilia embarazada) y el tí-

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tulo («Me quedaré soltera») inicialmente pensados, todo ello tirado por la censura. Otros contratiempos fueron la mala relación de Cecilia con el nuevo arre- glista (Pepe Nieto), que, si bien no se trasluce en el re- sultado final (aunque se pierda el ambiente intimista del primer álbum por un clima más ostentóreo y gran- dilocuente en la orquestación), sí fue recalcado por ella en alguna entrevista. No es aventurado achacar a la, por entonces, relación sentimental de Cecilia con el a la sazón miembro de Aguaviva Luis Gómez Escolar, tanto la elección del nuevo arreglista (habitual de Aguaviva) como el aura descaradamente cercana a este grupo de dos de los títulos («Un millón de sueños» —recuerdo de nuestra guerra civil, con unos coros poderosos y una improvisación final de la voz solista que se asocia tam- bién sin dificultades con otro tema arreglado por Pepe Nieto prácticamente por las mismas fechas, el «Evan- gelio según San Lucas» de Vainica Doble— y «Andar» —de resonancias machadianas). Estos temas señalan un nuevo terreno de exploración estilística de la can- tautora: las reflexiones sobre una España que ahora co- menzaba a conocer como vivencia próxima y que pare- cen muy marcadas (se verá sobre todo en el disco siguiente) por el 98. Las canciones en inglés desapare- cen y la sátira social del primer lp aquí se limita a un de- licioso apunte autobiográfico («Equilibrista», ornado con los mágicos punteos del ex miembro de Canarios Lennox Hollness) y a una protesta ecológica («Mi ciu- dad»). Para mi gusto, lo mejor del álbum (amén del mencionado «Equilibrista») se halla en los temas de amor y confidencias íntimas («Me quedaré soltera» — la creación más climatérica de Cecilia, a caballo entre

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Mari Trini y las Vainicas—, «Si no fuera porque...» — estremecedor relato secreto de sus pulsiones suicidas en las horas más bajas—, «Con los ojos en paz» —un mo- mento casi místico y, sin duda, de los más bellos del re- pertorio—, «Cuando yo era pequeña» —regreso al te- rreno tan querido de las exhumaciones infantiles—, «Canción de amor» —uno de los hits del álbum junto con «Andar» y su título más sensual— y «Me iré de aquí» —la pollita que deja el nido y tal y tal). En el 75 aparece el tercer trabajo de larga duración, «Un ramito de violetas». Decorado con pinturas naif de la propia Cecilia, es una obra, a mi entender, bastante irregular y presagio de un futuro incierto respecto a la creatividad de nuestra amiga (curiosamente, por la mis- ma época, otra cantautora, Maria del Mar Bonet, había pasado por una crisis similar con su tercer lp —el de la portada de Miró—, lo que llevó a su productor, Alain Milhaud, a reforzar las melodías del disco con la parti- cipación creativa de Hilario Camacho). Junto a títulos que mantienen el alto nivel de entregas anteriores («Un ramito de violetas» —trama rosácea que habría dado pie sin problema a una dramaturgia de Edgar Neville, José López Rubio o Víctor Ruiz Iriarte y que, tras el éxito inicial de esta primera versión, reverdecería sus laureles en el homenaje póstumo a cargo de Manzani- ta—, «La primera comunión» —enésima inmersión en el fecundo océano de los retratos infantiles—, «Decir adiós» —confidencia acibarada del estilo de «Nada de nada» o de «Canción de desamor»— o «Nuestro cuar- to» —pincelada intimista musicada a lo Jobim por Luis Alfonso Méndez de Vigo y primer título original escri- to en colaboración, tal vez confirmando, como ya dije

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antes sobre la Bonet, la pérdida de fuelle creativo—), el resto del material resulta bastante flojo (por su tributo excesivo a cantautores como Serrat o Víctor Manuel — «Sevilla», «Esta tierra», «Don Roque»—, cuya impreg- nación en la sensibilidad de Cecilia no parece dejar tan buenos resultados como los nombres norteamericanos que ella mamó en un principio —empezando por Mela- nie o Simon & Garfunkel). Hay títulos intimistas («Tu retrato», «Mi pobre piano») que son pálidos reflejos de joyas de su primer lp (pienso en «Mi gata Luna» o «Portraits and pictures»). Y, en cuanto al otro tema de éxito de este último álbum, «Mi querida España» (en realidad éxito póstumo pues se popularizó sobre todo como sintonía en los primeros 80 de cierto programa de televisión —no recuerdo ahora mismo si de Tola o de Raúl del Pozo), cae peligrosamente en la standariza- ción (uno se lo imagina mejor en voces de grupos tipo Mocedades o La Pequeña Compañía). Juan Carlos Cal- derón vuelve a hacerse cargo de los arreglos pero (salvo las excepciones antes mentadas) da igual: la magia del 72 se ha perdido. Resumiendo: la loable (desde el pun- to de vista vivencial) exploración noventayochista de Cecilia no llega a superar estéticamente a su bagaje pri- mero propiamente anglosajón. También puede ser que influya en este dudoso resultado de «Un ramito de vio- letas» el que las tareas de producción que José Luis de Carlos había desempeñado en los dos primeros lps aquí las realiza un recién llegado Honorio Herrero (compa- ñero de Gómez Escolar en los megaprogres Aguaviva y, ya en el 75, mutado —con aquél y con Julio Seijas— hacia las astracanadas monstruosas —«Saca el güisky, cheli», La Charanga del Tío Honorio, Ernestito Blan-

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caflor y sus Mariposas Locas—, anticipo de lo que dos décadas más tarde vomitarán con incontinencia digna de Heliogábalo por la pequeña pantalla Navarro, Arús y Sardá para elevar el gusto de la audiencia —como dijo el otro, «¡Todo por la pasta!»—, sin olvidar a gru- pos musicales de tan exquisito gusto como Mojinos Es- cozíos —perdonen esta clorhídrica digresión pero siem- pre que me vienen a las mientes Honorio Herrero y/o Luis Gómez Escolar me da el nervio, como diría Tony Leblanc). La standarización gira otra vuelta de tuerca con la kafkiana presencia de Cecilia en el festival de la OTI con un título, «Amor de medianoche», escrito a pachas con Calderón y de un tópico subido. Uno ya no sabe si es Cecilia quien canta o es Amaya o Mari Trini. Sé que lo que voy a decir va a sonar muy duro pero, como en el caso de Dean o de Marilyn, la muerte de nuestra he- roína unos meses más tarde en accidente de tráfico nos evitó tal vez sufrir la degradación de nuestra más inte- resante (con las Vainicas) cantautora exprimida por los condicionamientos industriales hasta dejarla sin una brizna de chispa ni personalidad (aunque tal vez —¿tal vez?: quiero creer que con seguridad—, de tomar las cosas ese sesgo, la autora de la carta del principio ha- bría mandado todo a tomar vientos y se hubiese retira- do del mundo musical). No es de recibo que, tras el lanzamiento póstumo de la sosita y no menos adocenada «Tú y yo» (la cara b, «Una guerra», no es sino un remake algo pesado de «Un millón de sueños»), el resto del material post— mortem (el single «El viaje»/«Lluvia» —lanzado fan- tasmalmente a fines del 76 sin promoción alguna— y el

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lp Canciones inéditas —año 83) esté compuesto de can- ciones primerizas descartadas en su momento (y, para- dójicamente, mucho mejores que buena parte del mate- rial aparecido en el 75). Del álbum Canciones inéditas, destacar la cuidada producción del ex Pasos Joaquín Torres (quien ya había dejado muestra de su buen hacer en estas labores un par de años antes con el segundo lp de Rodrigo García), la excelente labor de conjunción de las bases originales (Julio Seijas y Cecilia) con los fondos a posteriori (Juan Carlos Calderón, Joaquín Torres, Tito Duarte, Fernan- do Sancho). Las canciones, mayormente, son de un ni- vel que se echaba de menos desde el Cecilia 2. Reapare- cen títulos en inglés («Lady in the limousine», «Between the blinds», «Sister of the sand»), hay una acertada adaptación de un poema de Valle—Inclán («Doña Estefaldina»), muchas referencias fúnebres («El testamento» —de aire quevediano y original de Carlos F. Tejero, autor para el grupo La Compañía del «Tema para Ana»: ¿amigo por tanto de Julio Seijas?—, «Tocan a muerto» y «El juego de la vida» —en la vena, respectivamente, de «El viaje» y «Con los ojos en paz»), intimismos («Nana del prisionero», «Perdimos algo»), lapidarios bufidos («Quiero vivir palabras»)... Lo más flojito, el toque antimilitarista («Soldadito de plomo») y el canto al ciudadano agobiado («¿Cómo puede vivir?» —mucho más redondo, viniendo a decir lo mismo, «El hombre que vivía en las nubes» de Don Francisco y José Luis). A fines de los 80 varios modelnos grabaron un lp ho- menaje versioneando temas de Cecilia. ¿Que cómo no se me llamó, habida cuenta de lo leído en el presente ar-

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tículo? La verdad es que nunca hasta hoy he exteriori- zado mi pasión por Cecilia (alguna vez en la radio pero sin la insistencia con que me ocupé de, por ejemplo, Vainica Doble); por otra parte, sospecho que, aunque hubiese hecho pública tal pasión, cuando se estaba ges- tando aquel disco yo no era que digamos muy solicita- do por la industria del pop (pero eso —como diría Dal- ton Trumbo en el Hollywood de los 50: jor, jor, jor, qué malo soy— es otra historia).

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Tenía una gata…

«Tenía una gata de nombre Luna, era de plumas de rui- señor, sus ojos eran de vidrio verde, su hocico negro de cartón. Murió mi gata de Angora blanca, murió mi tro- zo de ilusión y entre cuatro la llevamos envuelta en paño de algodón. Cavé un hoyo detrás de un chopo, con mi cuchara y mi tenedor, la he cubierto de arena fina y un crisantemo en flor. La he rezado un padrenuestro, y he llorado mi último adiós: qué sola muere mi gata Luna, qué sola y triste vivo yo. » («Mi gata Luna.) «Si es en el ayer donde pesan amores y amoríos, sin- sabores, desvaríos, debes ser un amante competente, pero un hombre vacío. Si es en el ayer donde se mienten sentimientos, palabras, sentidos, debes ser un hombre con pasado, no lo dudo, pero sin futuro. Te levantas si- lencioso, incluso así te veo partir, no volverás, qué pena me da, tienes que marchar. Y te veo en el espejo detrás de mí, no hay más que hacer ni que decir, qué pena me da, tienes que marchar.» («Canción de desamor».) «Si yo me quedara tranquila, y al acostarme en mi cama, no hubiera nada que me preocupara, ¿cómo se- ría mi vida?, si vivir es morir cada día. Si yo me llama- ra profeta, poeta de causas perdidas, cantor de triste- zas, cantor de alegrías, ¿cómo serían mis versos?, si cada verso que escribo está muerto. Si yo no hubiera

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naufragado, cerrado mi puerta con llave, si no hubiera heridas en las despedidas, ¿cómo diría te quiero?, si lo digo y no me lo creo. Quién pudiera mirar con los ojos en paz, y verme a mí misma por el mismo prisma que a los demás.» («Con los ojos en paz».) «Cae esa lluvia pequeña, menuda, que raya mis ven- tanales, lluvia en las ciudades. Cae esa rítmica lluvia que baila en los asfaltos de estaño, espejo de mis años. Lluvia de amores y encuentros, somos plumas leves, so- mos fuegos lentos. Cae esa tímida lluvia en los charcos, a la vuelta del colegio, primera lluvia de invierno. Es esa lluvia que hace canales a la salida de clase, hay ríos en las calles. Lluvia de mares sin puerto, somos dos bar- quitos, somos marineros. »Cae esa lluvia fría y callada que se enreda en mi pelo, que resbala en mi cara. Y es esa última lluvia de tarde que salpica mi impermeable según me alejo. Llu- via de adioses amargos, somos noches cortas, somos días largos.» («Lluvia».) «Jugar al juego—juego de la vida, una rueda triste, una rueda amarga, cuando tú vienes al mundo lloras, y cuando marchas el mundo calla. Jugar al juego—juego de la vida, una guerra y mil batallas, un enemigo sin ban- dera que no da tregua, que nunca falla. Jugar al juego— juego de la vida, un fuego lento de llanto y llama, te que- ma el cuerpo desde dentro, te abre heridas, te cierra el alma. ¿Quién pudiera ser piedra en esta tierra? ¿Quién pudiera no ser nada? Ser un viento tibio sobre el mar, ser una brisa fría de mañana.» («El juego de la vida».)

[Publicado en Discobarsa.] [1999]

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LINEALÍNEA DE SOMBRA

Dibujando fresones en la madrugada: pluma y carmín sobre tu espalda.

No recuerdo tu nombre ni de qué me hablabas pero al dormir rozo tu cara.

La noche sangra, tu sombra se derrama hasta empapar toda mi cama.

La mar en calma, ni una pizca de viento. Ya no hay dolores, tampoco hay deseos.

A través del espejo tú me descubriste: aún no lo sé cómo lo hiciste.

El tablero cayó con todas las piezas

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desde el peón hasta la reina.

[Incluido en el cd «Sangre sabia».] [2002]

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Antología sumarísima

DESAYUNO CON DIAMANTES

Holly se pega al escaparate de la joyería más famosa del distrito.

Cuando amaneció ella estaba allí antes de regar las calles, antes de que los barrenderos apareciesen.

Holly no falta a ningún party: busca un millonario que la redima de tantos días grises confiándole sus sueños al gato.

Holly quiere ganar: por eso juega. Holly está en la ciudad y sigue sus reglas.

[Incluido en el cd Sangre sabia.] [2002]

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El eterno femenino

MOIRA TE ESPERA

Moira te espera impaciente en la esquina. No es nada personal: no te guarda inquina. Dice sólo que tu vida se termina. Quizás siga algo mejor.

Moira te espera impaciente de noche. Lleva un vestido negro y conduce un buen coche. Guarda un poco de veneno en su broche para echar en el champagne.

Moira te espera y tú tienes la culpa por hacerla esperar. Moira es tu novia y con ella una noche tú te vas a escapar.

Moira te espera impaciente en la cama. Con un dulce mohín se quita el pijama. Tú la besas y piensas que ella te ama, que no eres un hombre más.

Moira te espera impaciente en la meta. Su piel parece mármol, sus ojos, violetas. Tú la abrazas y ella ríe coqueta: ha llegado tu final.

[Incluido en el cd Sangre sabia.] [2002]

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Antología sumarísima

SUNSET BOULEVARD

Y la luz se marchará por un rincón y mil lunas quedarán bajo la piel.

Canción que se diluye a través del tiempo: mi pelo blanco y tu pelo azul.

Un día pasearemos por Sunset Boulevard.

Allí duerme lo mejor de lo mejor. Tú eres Eva y yo, tu Adán, y Dios no está.

Rockeros centenarios hoy seducen niñas y en el solarium reposa la actriz.

Un día posaremos en Sunset Boulevard.

Escalón tras escalón hasta llegar a la estrella que perdió polvo y disfraz.

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El eterno femenino

¿Qué fue de aquellos nombres que ya no recuerdo?: son el futuro de nosotros dos.

Un día pasaremos a Sunset Boulevard

[Incluido en el cd Sangre sabia.] [2002]

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Antología sumarísima

ESPEJISMO

Desearía buscarte en la ciudad y no sé dónde buscar: laberinto que me trae a mal traer porque no te puedo ver, porque siempre te me vas, cuando creo alcanzarte ya no estás, no.

Espejismo puñetero y cruel, por favor, déjame en paz: mi equilibrio está en la cuerda floja y ya no puedo más.

Yo sé bien que nunca te tendré, sólo te quiero olvidar, déjame hacerme a la idea y vete ya, oh, vete ya.

No quiero buscarte en la ciudad: estoy harto de buscar, que juegues al escondite con mi amor, ya no juego, no, señor, gallinita ciega soy pero esto se acaba en el día de hoy, sí.

[Incluido en el cd Sangre sabia.] [2002]

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El eterno femenino

NORMA KENNEDY (There was a crooked woman…)

«Sé lo que hago. Sé lo que tengo que decir.» (Recogido en La novela de Perón de Tomás Eloy Martínez)

«O quizá simplemente le regale una rosa...» (Leonardo Favio)

Anoche soñé contigo tratando de recordar ciertas líneas de Panero.

En la cárcel te escaldaron tras la violación en masa: resplandores irisados se dibujan por tu piel.

Norma, tú, madre de Norman, feto de plomo alumbrado una mañana de Ezeiza entre disparos a dar: supervillana menor de la intrahistoria oficial, las buenas gentes escupen sobre tu vil trayectoria de pasiones y revanchas

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Antología sumarísima

(doppelgangster of Evita, neurasténica Lilith).

Y tu tocaya Aleandro no ha de performar tus pasos y ni Serrat ni Sabina han de ofrecerte, caprinos, una balada de otoño (pero ¿qué importa si aún late en lo más hondo del pozo la rosa de Juan Moreira —florcita de celuloide brillante como esos días cuando ángeles y diablos compartíais la esperanza?).

Jamás vi una foto tuya: te reinvento cada noche con esas mujeres raras que me bajo de la Red.

Tras el indulto jugaste a la Némesis okupa conduciendo a los sin techo al más completo desastre (como John Brown con los negros —tú, claro, con peor prensa).

Javier Iglesias me habló de ti sin odio, con la suave conmiseración que se dedica a quienes,

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El eterno femenino

una y otra y otra vez, meten la pata.

Norma, moira de plaza de Mayo (nuestra señora del desastre —la más cabal metáfora de tu país), inasequible a la sobreactuación desde tu oscura locura («locura, no: monstruosidad» corrige Panero ante el espejo de aguas fecales), más real que el resto, eres de lo poco argentino que todavía respeto.

[Publicado en Casatomada.] [2003]

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Antología sumarísima

UNA CICATRIZ

Una cicatriz junto a la nariz es la línea que quiero besar.

El pasado te dibujó en la piel algo que no quieres recordar.

El dolor ha vuelto a aparecer en tus sueños vueltos del revés. La ciudad te marca con la decepción de lo que no fue, sólo te lo pareció.

Un puñado de felicidad que no existe más que en el papel. La canción que un día se te prometió se hace de rogar y seca tu corazón.

[Incluido en el cd Mi colección de Kiki d’Akí.] [2004]

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EN BLANCO

Ella es una chica de lo más vicioso: destruye su vida de un modo espantoso. Su cara parece un papel en blanco: ella está de vuelta en todos los campos.

Ella empezó siendo la mar de sencilla: ha cambiado tanto que me maravilla. Lo ha probado todo sin comprender mucho pero eso le pasa a casi todo el mundo.

Aunque va siempre de luto siempre la encuentran en blanco con la palabra en la boca que antes había olvidado.

La soledad no es problema si niega el significado: es una chica sencilla que siempre encuentran en blanco, en blanco.

[Incluido en el cd Espejos de Bel Divioleta.] [2005]

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Antología sumarísima

CON PACIENCIA

Doblaré la esquina del silencio recostado sobre tus sospechas; soñaré con besos que no existen hasta el día que a ti te parezca.

Y jamás diré lo que ya sabes: mimaré cada uno de tus miedos por si alguna vez quieres plantarles cara y hacer tuyos todos mis deseos.

El tiempo pasa pero no me importa: me basta y sobra con tu presencia. Esta partida yo voy a ganarla solamente con paciencia.

[Incluido como bonus en el cd Pop Deco. La Exposición Internacional de los 80.] [2006]

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Por razones de espacio, y dada su mayor asequibilidad, se han omitido en esta selección todos los textos escri- tos ex profeso para internet; quienes lo deseen, pueden continuar la marginalia más allá de las páginas del pre- sente libro explorando materiales acordes con su temá- tica e inquietudes en los siguientes links:

http://shadowline1.com/lineadesombra/ http://elzurdo.blog.com/ http://zurdman.blogspot.com/ http://luminar21.blogspot.com/ http://dildodrome.blogsome.com/category/durmientes- invitados/

A quien, tras la lectura de esta marginalia, le interese conseguir tanto la revista El corazón del bosque como el libro La canción del amor, le remito a los enlaces in- cluidos en el portal de Línea de sombra.

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Este libro se terminó de imprimir en Barcelona en febrero del 2009 Eterno Femenino.qxd 2/2/09 12:45 Página 246 Eterno Femenino.qxd 2/2/09 12:45 Página 247 Eterno Femenino.qxd 2/2/09 12:45 Página 248