INSULA CRIOLLA (Novela sanluiseña) GILBERTO SOSA LOYOLA (NARCISO COBAS) (1944) INDICE: DOS PALABRAS .............................................................................. 3 CAPITULO I: RECUERDOS Y EVOCACIONES BUROCRATICAS 4 CAPITULO II: SAN LUIS DE ENTONCES ....................................... 8 CAPITULO III: UN FILOSOFO DE TOGA GAUCHESCA ............. 13 CAPITULO IV: RENACE UN PARTIDO POLITICO...................... 18 CAPITULO V: PERIODISMO DE PLATOS FUERTES.................. 23 “EL CHANCHO ASTIGUETA” .................................................... 27 CAPITULO VI: LA INOLVIDABLE FIESTA DE DOÑA LEONOR . 29 CAPITULO VII: BAJO EL ALERO DEL SENADOR BARBOSA .. 36 CAPITULO VIII: ALBERTO SALVATIERRA Y ROSAURA DELGADO ....................................................................................... 44 CAPITULO IX: ESTAMPAS ELECTORALES................................ 49 CAPITULO X: ¿LA NOVIA EN CASA DEL CONTRARIO? .......... 55 CAPITULO XI: AQUELARRES DE CONSPIRACION ................... 60 CAPITULO XII: AGASAJOS AL GOBERNADOR D. MARCOS SUAREZ. TODA UNA SOCIEDAD ................................................. 66 CAPITULO XIII: VISPERAS SICILIANAS. PRESENTIMIENTOS . 76 CAPITULO XIV: ¡HA ESTALLADO UN MOTIN SEDICIOSO! ...... 81 CAPITULO XV: DERROCAMIENTO DE UNA DINASTIA. ILUSIONES...................................................................................... 87 CAPITULO XVI: UNA INCULPACION PERVERSA. EL AMOR IMPOSIBLE ..................................................................................... 92 CAPITULO XVII: LA DESENCANTADA RETIRADA DEL DESTINO ......................................................................................................... 99 CAPITULO XVIII: LA ARENGA DE LA EXPERIENCIA .............. 103 DOS PALABRAS Debemos dar una breve explicación sobre el libro que vamos a copiar y que escribió hace años don Narciso Cobas, viejo empleado de la administración pública de la provincia. El libro pretende evocar al San Luis de hace cincuenta años, su ambiente social, sus modalidades políticas, el espíritu de aquella época pasada… Carece de toda clave y no se sitúa en fecha alguna precisa, como se desprende de su lectura. Los personajes que actúan en sus páginas, parecen no ser retratos de individualidades reales. Eso sí, están hechos con la sustancia y con los colores que seguramente recogió el autor en el medio donde pudieron vivir y actuar. Menester es sin embargo una exclusiva salvedad para la figura del gobernador que se disfraza bajo el nombre de don Lauro Quijano, que se acerca a una tipología que existió y cuya regocijante memoria se trae a cada rato en nuestras conversaciones diarias. No habría para qué ocultarlo desde que es casi transparente. En cuanto a lo demás, defendiendo al autor de los suspicaces, si aún lo hubiere después de esta leal explicación crítica, nos permitimos transcribir la desbaratadora teoría de un penetrante espíritu que explicó sabiamente el proceso mental de la creación de los entes de la fantasía literaria. “Pueden encontrarse -dice- ciertos rasgos copiados en un verdadero personaje cómico; pero entre esta realidad copiada por un momento y abandonada después, y la invención, o sea la creación que la continúa, que la transporta y que la transfigura, el límite es indeterminado. El vulgo superficial toma al paso un rasgo que conoce y exclama: Es el retrato de tal persona. Se coloca para mayor comodidad, un marbete conocido a un personaje nuevo. Pero, verdaderamente, sólo el autor sabe hasta dónde llega la copia y dónde comienza la invención; sólo él distingue la línea sinuosa, el ensamble… llevada a cabo en la espalda de Pélops”. (Sainte-Beuve). CAPITULO I RECUERDOS Y EVOCACIONES BUROCRATICAS …Soy Oficial 1º del Ministerio de Gobierno de la Provincia de San Luis, con cuarenta años de servicio. Me firmo Narciso Cobas, tengo 65 años de edad, estado viudo y sin hijos. (1) En estas tardes tibias, después de las ocho en que la Casa de Gobierno 1 queda desierta -cesado el trajín de la vida oficial- suelo sentarme en los bancos de la acera de la calle que da a la plaza Independencia, paseo umbrío, melancólico y a menudo solitario. Me dan su sombra benévola unos viejos aguaribayes que corren a lo largo de toda la cuadra, y bajo cuyo abrigo el resplandor del sol en el estío se hace soportable y hasta bienhechor. Burócrata empedernido -¡viejo destino!- me resigno con frecuencia a recibir el encargo de quedarme hasta el anochecer al cuidado de la oficina en espera de novedades telegráficas que aguarda el señor ministro, nervioso, por los sucesos graves ocurridos en el departamento cuarto y de que los periódicos opositores hacen responsable al gobierno con toda mala fe. El viejo Celestino Ozán, ordenanza de mi despacho, leal servidor y buen anecdotista de cosas criollas de su tiempo, me pasa el mate a intervalos regulares y prudentes según el rito provinciano. A veces platicamos sobre cosas banales, naderías, chismes, con despreocupación y gracia. Hacia la derecha, como a setenta metros, está el antiguo caserón del Departamento de Policía. Veo la garita del centinela, ubicada frente al portón de hierro, viejo reducto que también podría narrar sus memorias. Por frente a ella, se pasea inacabablemente el milico de guardia, alto, de rostro broncíneo, vestido con un viejo uniforme pardo. El rémington cae recio sobre el huesudo hombro del criollo, que va y viene con gesto recogido y adusto como si su custodia importara la seguridad del Estado. A veces suele correrse desde la policía un viejo comisario de servicio hasta mi banco, deseoso de pegar la hebra al consorcio del mate amigo. Nuestras desganadas charlas, son apenas como estopa para rellenar los anchos y profundos vacíos de nuestra ociosidad. Por la calle y la plaza no pasa “ni un alma”. A veces llega una de alquiler hasta el Departamento: victoria 1 Antiguo caserón sobre la calle 25 de Mayo. Cuando quedo sólo y una lenta penumbra va envolviendo las cosas y el paisaje circundante -a medida que el sol se pone hacia mi izquierda-, suelo pensar en mi vida y en mi pasado. De mis pocas lecturas recuerdo que Hugo llama “la hora de la conciencia” a esta del crepúsculo. Porque a pesar de mi aspecto anodino, de mis desempeños modestos y de mi habitual y respetuoso silencio, tengo el prurito de examinar de vez en cuando mi yermo campo moral, juzgar y pensar las cosas y los hombres de mi tiempo, que he visto pasar por mi vereda… Ningún observatorio más suavemente reposado que éste que gozo desde mi banco habitual. Los rumores de la ciudad casi aldeana van apagándose cual si se alejaran; las viejas y cantarinas campanas de la iglesia de Santo Domingo, alargan sus beatos sones en el amplio y casto silencio. En la lejanía, unos leñadores infantiles, conduciendo su tarda récua de burrillos, dejan oír su cansino pregón, con voz doliente para que el eco sea más perdurable… Suelo entonces enunciar como un cascado monólogo interior. Remonto mis recuerdos. He visto las cosas de mi tierra, para mí muy solemne. En cuarenta años de empleo, desde mi puesto, he contemplado el desfile de acontecimientos y de hombres que fueron dejando en mí, una huella leve o profunda, amarga o risueña. En estos medios de provincia -¡hagamos el filósofo!- la vida suele ofrecernos espectáculos en pequeño, aleccionadores y llenos de sugestión, que asumen en nuestra soledad tamaño de acontecimiento. Toléreseme entonces la desproporción del juicio o del comentario. Sobre todo cuando tratemos del gobierno o de la política, que llegan a constituir la teología permanente que agita a las ínsulas hogareñas. Las crisis ardientes, hondas, que a mis coterráneos suelen desazonarlas cuando un partido sube y el otro cae, no han turbado mi espíritu, ni mucho menos me poseyeron. Yo no siento ni he sentido el pudor de la firmeza partidaria, emoción tan estimada en esta tierra hasta hacer de ella un culto, cada vez con menos fieles, dicho sea en suerte, para mi parecer… Con mis hábitos rutinarios mi fisonomía somnolienta, que actúa para desmerecer aún, mi eterno pucho de cigarrillo adherido a los labios, no desperté sospechas, envidias ni odios. Fui quedando siempre adherido al gobierno, como hongo al palo, sin que la vertiginosidad de las correntadas políticas, me despegara con su agua turbia y fétida, pasando por debajo del carcomido puente… En cuatro décadas he podido ver llegar al gobierno hombres de todos los jaeces y los portes. Los he conocido y visto pasar a través de las gafas frailunas que, más que la ceguera de la edad, me requirieron las tareas de deletrear garrapatos ministeriales y corregir la ortografía maltrecha de los estadistas locales. Mi cortaplumas de amanuense pudo así cortar en la abigarrada y ancha tela, con disimulo zorruno, eso sí, porque ¡guay! De la malicia criolla cuando despierta; es vengativa, rencorosa y cruel. Este caserón viejo e incómodo que llamamos Casa de Gobierno ha sido el teatro estrecho pero apropiado, donde los políticos y gobernantes de mi tierra sortearon con ventura despareja y varia, las mil acechanzas que tiene el gobierno de las Huancavélicas de tierra adentro. Por el zaguán ancho y desgastadas baldosas que tengo hacia la derecha de mi banco, han llegado al sillón de gobernante -¡sillón desvencijado de terciopelo rojo que hasta hace poco yacía en la sala de recepciones y de baile!- los siete u ocho gobernadores que cayeron en el campo de mi observación. Me llega, un poco confusamente, el recuerdo del renovado espectáculo, de los 18 ó 30 de Agosto de cada cuatro o tres años, fechas de la “asunción del mando”, como rezaban
Details
-
File Typepdf
-
Upload Time-
-
Content LanguagesEnglish
-
Upload UserAnonymous/Not logged-in
-
File Pages107 Page
-
File Size-