
El Hombre lobo de Allariz Carlos Maza Gómez © Carlos Maza Gómez, 2011 Todos los derechos reservados Índice Ourense, 1852 …………………………… 5 Vida y costumbres de Romasanta 13 ………….. Confesión ………………………………... 25 Los hombres lobo ………………………... 33 El juicio ………………………………….. 39 Un extraño final ………………………….. 49 Ourense, 1852 Nuestra primera historia se sitúa en la provincia gallega de Ourense, a mediados del siglo XIX. En esta época, esta región (como toda España) sufría periódicas crisis de subsistencia: los precios de los productos agrícolas descendían, al tiempo que los costes se mantenían altos, teniendo en cuenta la falta de mecanización de las labores del campo, el escaso empleo de los abonos o los métodos anticuados y poco eficientes de producción. Aunque el siglo irá conociendo la introducción de nuevos métodos y procedimientos más eficaces, no será Galicia la abanderada de los mismos sino otras regiones de España. Teniendo en cuenta que la base principal de la economía del país era por entonces la agricultura, que el pescado era un producto secundario en la mesa española y, por tanto, la pesca no alcanzaba en Galicia la importancia que posee hoy en día, se podrá suponer la pobreza económica de esta región. Ante las hambrunas periódicas debido a las inclemencias del tiempo o a los vaivenes de los precios agrícolas, los gallegos vivían en condiciones muy precarias. La Junta de Agricultura de la provincia de Ourense explica a las autoridades centrales en 1850: “Esta provincia, con motivo de los foros y estar la propiedad sumamente subdividida, pocos jornaleros agrícolas hay que no sean propietarios y posean alguna finca aunque muy diminuta…, pero todo esto llega a muy poco cuando tienen mujer y numerosa familia, como casi siempre suele acaecer a la gente pobre; entonces, mientras no llegan los hijos a poder ganar algún jornal, no pueden aprender algún oficio o entrar a servir de criados domésticos en casa de algún propietario más rico, pasan las mayores necesidades, y si enferman, se entregan a la providencia… El vestido de todos, con especialidad de la mujer e hijos, se compone de miserables harapos que apenas llegan a cubrir sus partes vergonzosas” (Del Moral, J. 1979: “La agricultura española a mediados del siglo XIX”. Ministerio de Agricultura, p. 160). Paisaje orensano En un terreno geográficamente quebrado, montañoso, con muy malas comunicaciones que en la mayoría de los casos se reducían a caminos entre montañas y bosques, o bien a las típicas “corredoiras”, cursos rápidos de agua, la agricultura se reducía a pequeñas parcelas que, trabajadas con métodos arcaicos, producían muy poco, revelándose insuficientes para una familia con numerosos hijos, como era lo habitual. De manera que quedaba un camino para sobrevivir a la penuria y al exceso de la población respecto a los medios de alimentarla: la emigración. El informe continúa diciendo: “Pueden regularse en un 25 % la población que no puede subsistir sin ganar algún jornal, y la prueba de este aserto lo atestiguan los muchos miles de hombres que van a trabajar a las Castillas, Portugal o las Andalucías, que no hallan dónde emplearse en el país” (Ídem., p. 165). Una salida importante, pues, era la emigración, particularmente hacia Buenos Aires, una tierra donde se hablaba el mismo idioma, una ciudad próspera con la posibilidad de prosperar trabajando duro. Desde finales de la década de los treinta la emigración gallega y asturiana empieza a ser más numerosa que la andaluza, hasta entonces preponderante desde los puertos gaditanos y onubenses. Imagen de la emigración En 1850 el cónsul español en Montevideo afirmaba que, en un lustro, habían llegado hasta la capital bonaerense unos cinco mil gallegos. Es un hecho difícilmente comprobable puesto que no había registro de estas llegadas. Otros datos permiten suponer que la entrada era más modesta: unos 170 al año desde 1835 a 1846, incrementándose a unos 700 anuales desde entonces hasta la década de los sesenta, cuando la llegada se contó efectivamente por miles de gallegos cada doce meses. Para 1855, el 42 % de los habitantes de Buenos Aires estaba formado por inmigrantes de distintos países, entre los que el 15 % de los mismos eran españoles, unos 1500 gallegos entre ellos. Las navieras de la época hacían su agosto hacinando a estos desesperados emigrantes en barcos pequeños, con unas malas condiciones sanitarias, faltos de comida en muchos casos, sin asistencia de ningún tipo. En los pueblos había agentes de estas navieras, encargados de captar a los campesinos, facilitarles los papeles necesarios para emigrar, llevarles hasta los puertos de embarque cobrándoles cantidades crecidas por sus servicios. En esos puntos de embarque se agolpaban muchos hombres jóvenes y mayores, hambrientos, personas sin futuro que procuraban alcanzar uno en las tierras de América. En este contexto de pobreza y búsqueda de nuevos horizontes, sea marchando a las Américas, o yendo temporalmente a trabajar a otras regiones limítrofes, es donde surge la historia desarrollada en una de las zonas más accidentadas de Ourense. Cerca de la capital se encuentra Regueiro, la localidad donde en 1809 naciera el protagonista de la narración: Manuel Blanco Romasanta. Algo más allá se extiende la sierra de San Mamede, principal referencia del macizo central orensano. Allí, entre las fragosidades de un terreno accidentado, se encuentran varios “concellos” (municipios): los de Vilar de Barrio, Laza, Montederramo y Esgos, en el último de los cuales se sitúa Regueiro. Otras localidades cercanas (Rebordechao, A Ermida, Allariz, Xinzo de Limia) serán los escenarios entre los que se moverá Manuel Blanco. “Este país, cubierto de brezo, no es visitado más que por algunos habitantes de las miserables aldeas de sus contornos, que por escabrosos y serpenteantes senderos conducen en verano sus ganados por aquellas angosturas e imponentes hoquedades; o por ágiles y atrevidos cazadores de jabalíes, ciervos y corzos, que en unión de los lobos reinan en aquellas comarcas, asiento casi perenne de la nieve, la bruma y la tempestad” (La Época, 21.10.1852, p. 4). Éste es el terreno Romasanta. Vida y crímenes de Romasanta Manuel Blanco tuvo una efímera presencia en los periódicos de la época desde su detención en 1852 hasta dos años después en que su condena fuera definitiva, tras una serie de incidencias judiciales. Los diarios apenas disponían de cuatro hojas donde la información aparecía bastante resumida. Es por ello que, al contrastar los diversos datos existentes sobre la vida de Manuel Blanco, surgen muchas imprecisiones, facetas poco exploradas, con todo lo cual se hubiera podido trazar una biografía detallada, algo que sólo podremos hacer con ligereza, aunque tratando los momentos fundamentales de su vida y sus crímenes. Nació, como hemos dicho anteriormente, en la pequeña localidad de Regueiro, “concello” de Esgos. Actualmente es un pueblo casi abandonado. Un detalle destaca de sus primeros meses de vida: su madre le vistió de niña durante un año y, en particular, fue registrado en el bautismo como Manuela Blanco. Como veremos más adelante, él adoptará costumbres y oficios femeninos no pocas veces, incluso se hablará de él como afeminado en algún periódico. Este hecho pudo tener relación con la confianza que siempre le mostraron las mujeres, algo importante en el tipo de asesinatos que cometió. Romasanta Pocos detalles más se saben de aquellos primeros años. Nacido en 1809, quince años después tomaría la confirmación con sus hermanos, de manera que poco después empieza a desempeñar una serie de oficios, en ninguno de los cuales se detiene bastante tiempo. Estamos en una época, como dijimos, de pobreza. No hay mucha información sobre sus padres, pero probablemente fueran campesinos propietarios de alguna pequeña parcela que, en ningún caso, era bastante para atender las necesidades familiares. Habiendo varios hijos, la consecuencia es inmediata: cada uno tenía que apañárselas como pudiera para trabajar, ganar algún dinero y no ser una carga familiar. Así pues, Manuel Blanco Romasanta emprende una vida de tendero ambulante (así se le motejará por entonces, Manuel “el tendero”), sastre, buhonero… Empieza a mostrar un deseo de cambio de lugar y destino, de caminar por veredas y senderos para comerciar con unos productos y otros. Esto sucedía en los años treinta, cuando tenía poco más de veinte años. En aquel tiempo (1831) consta que se casó con Francisca Gómez, que no le aportó mucha estabilidad puesto que moría tres años después sin haberle dado ningún hijo. A partir de ese momento (1834) nuestro protagonista incrementará su oficio de buhonero, viajando de un pueblo a otro sin pertenecer propiamente a ninguno. Hacía negocios, algunos legales, otros probablemente ilegales, generaba sospechas de las que huía constantemente. Se decía de él que era el “home do unto”, es decir, que utilizaba una clase de unto muy especial: la grasa humana. El “unto” es un producto elaborado con la grasa animal para acompañar a algunas comidas, con una apariencia semejante al tocino y que hoy en día sigue siendo frecuente en la cocina gallega. Pues bien, he encontrado referencias vagas y mal situadas cronológicamente respecto a ese calificativo. En algún momento se decía de él que comerciaba con unto humano tanto en Galicia como en sus viajes a Portugal. En el juicio que tuvo lugar nada de esto fue comentado. El apelativo parece responder más bien a los oscuros trapicheos de Manuel Blanco en tierras de Ourense, tamizados con las creencias de las poblaciones de entonces. Hubo un suceso importante en su vida, un primer crimen, poco después de quedar viudo. Parece que entre un compañero de fechorías y él mataron en un camino a un proveedor de telas al que debían dinero. Luego, el propio Manuel aplastaría la cabeza de su compañero una noche en que estaba durmiendo. Con todo el género ya en su poder, pudo salvar una serie de deudas que arrastraba, pero se puso en el punto de mira de la justicia de entonces.
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